jueves, 1 de marzo de 2012

Una verdad incómoda


Queridos lectores,

A los españoles quizás os suene la frase “dar confianza a los mercados”, o de forma más concisa, el sintagma nominal “los mercados”. Desde la izquierda se dice que “los mercados” tienen nombres y apellidos ¿Tan difícil es saber lo que es un mercado? ¿No estaremos abusando del lenguaje? ¿Cuánta ideología hay en esas palabras?

Adam Smith, el padre de esta “ciencia” lúgubre (las comillas están bien puestas) que es la economía, acuñó el término “mano invisible” como metáfora del poder autorregulador de libre mercado. La idea es sencilla: mediante un mecanismo de competencia los que lo hacen mal, fracasan, los que lo hacen bien perduran; eso, no sólo enriquece a los empresarios virtuosos, sino que redunda en el bienestar social puesto que son puestos a disposición del público mejores bienes y servicios a un precio más barato.

Esta idea aparece de forma muy marginal en la obra cumbre de Smith, “La riqueza de las naciones”. De hecho, el término “mano invisible” aparece una sola vez, pero ha sido una idea central de las clases privilegiadas de la sociedad durante los siglos XIX, XX y comienzos del XXI, y desde esa cúspide lo ha inundado todo. Polemistas-filósofos-economistas como Ludwig von Mises o Friedrich August von Hayek y economistas como Milton Friedman incrustaron este concepto en el centro de su discurso.

En un panfleto audiovisual que se rodó a finales de los setenta, y que se llamó Libre para elegir” Milton Friedman afirma “El mercado libre permite a las personas ingresar a cualquier industria que quieran o comerciar con quien quieran, comprar en el mercado más barato del mundo o vender en el marcado más caro del mundo, pero, lo más importante es, que si fracasan, deben soportar la pérdida”. Posiblemente esto de soportar la pérdida os esté recordando a todos los bancos rescatados durante la actual crisis financiera.

Fernand Braudel

Pero ¿ha existido alguna vez un mercado libre? La respuesta es evidentemente afirmativa. Dejando a un lado ideologías y construcciones abstractas, así como modelos matemáticos de economistas, os propongo echar un vistazo a la historia de la mano de Fernand Braudel y de su libro “Civilización material, economía y capitalismo. Siglos XIV – XVIII”

Los juegos del intercambio, el segundo tomo

Quizás el siglo XVIII os parezca un tanto lejano, así que luego seguiremos sin la ayuda de Braudel hasta llegar a la actualidad.

Braudel es, en efecto, un historiador, que revolucionó la historiografía al considerar la influencia de la economía y otros factores, en la historia, y obviando que es de los más influyentes del siglo XX, es importante el hecho de que afronta estas cuestiones, no con la intención de ofrecer un modelo matemático basado en proposiciones más o menos axiomáticas sobre la condición humana, sino revolviendo los archivos de todos los países civilizados desde el siglo XIV hasta el XVIII: archivos urbanos, archivos privados de familias de comerciantes, documentos jurídicos y policiales, deliberaciones de las cámaras de comercio, registros de notarios, censos, son el objeto de su estudio “al margen de la teoría, de todas las teorías, bajo el exclusivo signo de la observación concreta y la historia comparada”.

La idea de Braudel de lo que Friedman y Hayek llaman mercado es tan intuitiva y sencilla que parece increíble que pueda ser enterrada bajo montañas de ideología. Para él existen tres niveles.

El primero sería la vida material, de importancia económica pero enfocada en el autoconsumo. Ese sería el nivel sobre el cual crecen los demás, las “espaldas anchas”, capaces de soportar el enorme peso de la actividad con valor monetario. Hoy en día tiene todavía gran importancia, aunque cada vez externalizamos mayor parte de él al mercado: cuando compramos comida preparada en vez de cocinar para un ser querido, o cuando delegamos el cuidado de los hijos o los ancianos a guarderías y residencias. Quizás llegamos a preguntarnos si merece la pena, pero muchas veces no tenemos otra opción para sobrevivir o simplemente para mantener nuestro nivel de consumo, pero yo recomiendo valorar si compensa o no en términos de un bien no monetario que algunos llaman felicidad.

El siguiente nivel sería el mercado tal y como lo entiende Braudel. Mercado, como zona de intercambios. En los siglos XIV a XVIII está representado por las ferias, las ciudades, bolsas de mercancías y de valores financieros. Sus propiedades son la transparencia, la regularidad y una capacidad para equilibrar la oferta y la demanda por medio de la competencia que todavía hoy se extiende por amplias capas de nuestra sociedad. Hay muchos ejemplos, pero yo suelo poner el de los bares, que intentarán distinguirse por su precio, su atención, la calidad y originalidad de sus tapas o su ambiente, cada uno adaptado a su tipo de cliente y bajo el peso de “aceptar la pérdida” si no consigue la aprobación de un número suficiente de ellos.

Por último estaría el nivel superior, en palabras de Braudel “Por encima de la enorme masa de la vida material diaria, la economía de mercado ha tendido sus redes y mantenido vivos sus diversos entramados. Y fue, de ordinario, por encima de la economía de mercado propiamente dicha por donde prosperó el capitalismo. Podríamos afirmar que la economía del mundo entero se hace visible en un auténtico mapa de relieve.”

Capitalismo como distinto de la economía de mercado: “El capitalismo (de ayer y de hoy aunque con fases más o menos fuertemente monopólicas) no elimina enteramente la libre competencia de la economía de mercado, de la cual surgió (y de la cual se nutre); existe por encima de ella y al lado de ella, pues la economía de los siglo XV y XVIII, comporta, ella dos niveles: los monopolios de hecho o de derecho, y la competencia; dicho de otra forma, el capitalismo tal y como he tratado de definirlo y la economía de mercado en desarrollo…… En esta zona estrecha y sensible del mercado es donde resulta posible y lógico actuar. En ella repercuten las medidas tomadas, como demuestra la práctica diaria. Tanto es así que se ha llegado a creer, con razón o sin ella, que los intercambios juegan por sí solos un papel decisivo, equilibrante, que allanan los desniveles mediante la competencia, ajustan la oferta y la demanda, y que el mercado es un dios escondido y benévolo, la “mano invisible” de Adam Smith, el mercado autorregulador del siglo XIX y la piedra angular de la economía, si nos atenemos al laissez faire, laissez passer. Hay en esto una parte de verdad y otra de mala fe, pero también de ilusión. ¿Podemos acaso olvidar cuántas veces el mercado fue invertido y falseado, arbitrariamente fijados sus precios por los monopolios de hecho y de derecho? Y sobre todo, si admitimos las virtudes competidoras del mercado (“el primer ordenador puesto al servicio de los hombres”), es importante señalar al menos que el mercado no es sino un nexo imperfecto entre producción y consumo, aunque sólo fuese en la medida en que sigue siendo parcial. Subrayemos esta última palabra: parcial. Creo de hecho en las virtudes y en la importancia de una economía de mercado, pero no en su reinado exclusivo. Esto no impide que, hasta una época relativamente cercana, los economistas razonasen única­mente a partir de sus esquemas y de sus lecciones. Para Turgot, la circulación se identifica realmente con el conjunto de la vida económica. Del mismo modo y mucho después, David Ricardo no ve más que el río, estrecho pero vivo, de la economía de mercado. Y si bien los economistas, desde hace más de cincuenta años e instruidos por la experiencia, ya no defienden las virtudes automáticas del laissez faire, el mito sigue aún presente en el ámbito de la opinión pública y de las discusiones políticas actuales”

Capitalismo como un mecanismo de acumulación de potencia, de la puesta en marcha de una relación de dominación específica sobre otros sectores de la sociedad, es decir, una jerarquía: “Las reglas de la economía de mercado, tal cual las describe la economía clásica, influyen mucho menos frecuentemente bajo su aspecto de libre competencia en la zona superior, que es la de los cálculos y la especulación. Aquí comienza una zona de sombra, de contraluz, de actividades para iniciados, que yo considero que están en la raíz de lo que puede comprenderse bajo la palabra capitalismo, siendo este una acumulación de poder (que basa los intercambios en una relación de fuerzas tanto más que en la reciprocidad de necesidades), un parasitismo social, inevitable o no, como tantos otros.”

Esta acumulación se multiplica con el comercio a larga distancia, y al mismo tiempo, la propia acumulación previa, necesaria para entrar en ese mercado, aseguran el monopolio: “El Fernhandel (comercio a distancia) es, por excelencia, un campo en el que se maniobra libremente, opera a unas distancias que le ponen a resguardo de los controles ordinarios, o que le permiten sortearlos; actuará, según los casos, desde las costas de Coromandel o las riberas de Bengala hasta Amsterdam; desde Amsterdam hasta cualquier almacén de reventas de Persia, de la China o del Japón. En esta extensa zona de operaciones, cuenta con la posibilidad de escoger, y escogerá aquello que le proporcione los máximos beneficios: ¿el comercio en las Antillas ya sólo produce beneficios modestos? Da lo mismo, ya que, en ese mismo instante, el comercio de la India y de la China garantiza la obtención de beneficios dobles. Basta, pues, con cambiar de punto de mira. De estos grandes beneficios se derivan considerables acumulaciones de capital, tanto más cuanto que el comercio a larga distancia sólo se reparte entre unas pocas manos. No entra cualquiera en él.”


Los capitalistas se aprovechan de las oportunidades de difícil acceso para los demás: la especulación sobre el futuro o sobre mercados lejanos, y en segundo lugar, se alían al estado para asegurar la capacidad de dominar desde las cumbres de la sociedad. El capital es un mecanismo de poder. El estado es otro, ciertamente. Pero lo importante es comprender que ambas potencias se complementan o se estorban sin que pueda entenderse la dimensión de cada una de ellas sin hacer intervenir la otra: “¿Hace falta señalar que estos capitalistas, tanto en el Islam como en la cristiandad, son los amigos del príncipe, aliados o explotadores del Estado?”

En definitiva, supone una acumulación que va más allá de los capitales, si bien estos son la condición inicial para toda otra suerte de ventajas como puede ser el crédito: “Muy pronto, desde el principio, traspasarán los límites nacionales y se entenderán con los mercaderes de otras plazas extranjeras. Poseen mil medios para falsear el juego a su favor, mediante la manipulación del crédito y el fructuoso juego de las buenas monedas contra las falsas: las buenas monedas de oro y plata se destinan a las grandes transacciones, al Capital; y las de cobre a los pequeños salarios y a los pagos cotidianos, al Trabajo, en consecuencia. Cuentan con la superioridad de la información, de la inteligencia y de la cultura. Y se apoderan a su alrededor de lo que es bueno aprehender: la tierra, los edificios, los ingresos… ¿Quién pondría en duda que tienen a su disposición los monopolios, o simplemente el poder suficiente para anular en un noventa por ciento de los casos a la competencia? Al escribir a uno de sus agentes de Burdeos, un mercader holandés le recomendaba que mantuviera secretos sus proyectos; si no, añadía, “le ocurriría a este negocio lo que a tantos otros en los que, en el momento en que surge la competencia, ¡ya se acabaron los beneficios!” Finalmente, y gracias a la masa de los capitales, pueden los capitalistas preservar sus privilegios y reservarse los grandes negocios internacionales de su tiempo. De una parte, porque en esta época de lentísimos transportes, el gran comercio impone largos plazos a la circulación de capitales: son necesarios meses, y a veces años, para que retornen las sumas invertidas, engrosadas por sus beneficios. De otra parte, porque generalmente el gran mercader no utiliza sólo capitales: recurre al crédito, al dinero de los demás.”

La sociedad como conjunto de conjuntos, estado y capitalismo son cosas distintas, aunque pensar en el último como baluarte de defensa contra el primero podría ser un espejismo, o quizás no: “Como privilegio de una minoría, el capitalismo es impensable sin la complicidad activa de la sociedad. De ahí que el Estado moderno, que no ha creado el capitalismo pero sí lo ha heredado, tan pronto lo favorezca como lo desfavorezca; a veces lo deja expandirse y otras le corta sus competencias. El capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado. En su primera gran fase, la de las ciudades-Estado de Italia, en Venecia, en Génova y en Florencia, la élite del dinero es la que ejerce el poder. En Holanda, en el siglo XV, la aristocracia de los Regentes gobierna siguiendo el interés e incluso las directrices de los hombres de negocios, negociantes o proveedores de fondos. En Inglaterra, con la revolución de 1688, se llega asimismo a un compromiso semejante al holandés. Francia mantiene un retraso de más de un siglo: sólo con la revolución de julio, en 1830, se instalará por fin cómodamente la burguesía de los negocios en el gobierno. Así pues, el Estado se muestra favorable u hostil al mundo del dinero según lo imponga su propio equilibrio y su propia capacidad de resistencia. Lo mismo ocurre con la cultura y con la religión.”

Para terminar: “Resumiendo, hay dos tipos de intercambio: uno, elemental y competitivo, ya que es transparente; el otro, superior, sofisticado y dominante. Si de ordinario no se hace una distinción entre capitalismo y economía de mercado es porque ambos han progresado a la vez, desde la Edad Media hasta nuestros días, y porque se ha presentado a menudo al capitalismo como el motor y la plenitud del desarrollo económico. En realidad, todo se sostiene sobre los anchos hombros de la vida material: si ésta crece, todo va hacia delante.”

Este concepto de acumulación de potencia recuerda mucho al principio que ya enunció Karl Marx del “Aumento sostenido de la concentración de capital”. Marx vivió en el siglo XIX, y escribe El Capital en 1.867, cuando ya se atisba la Segunda revolución industrial o Gran capitalismo, un periodo donde se acuñarían las mayores fortunas de la historia en términos reales (descontando la pérdida de valor del dinero o inflación), la época de los llamados Robber Barons (Barones Ladrones), una denominación que se acuñó para designar a los industriales americanos de este periodo, que amasaron sus inmensas fortunas mediante métodos poco éticos.



El término originalmente hacía referencia a señores feudales que cobraban cuantiosos aranceles a los barcos que transportaban mercancías por el Rhin. Hay varias metodologías para comparar fortunas a lo largo de la historia, pero con cualquiera de las utilizadas los barones ladrones copan los primeros puestos: John D. Rockefeller aparece en primer lugar (entre 600 y 400 mil millones), Andrew Carnagie (300 mil millones) en segundo, y los Vanderbilt (Cornelius y William, padre e hijo, 200 mil millones) cerca de la tercera posición.

Si a Cornelius Vanderbilt se le atribuye la frase “¿Por qué he de preocuparme por la ley? ¿No tengo ya el poder?”, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles: la “mano invisible” de Smith ensalzando a unos a una opulencia más allá de la exuberancia y enviando a otros a la más absoluta de las miserias. Pero Smith, en los comienzos de la Revolución Industrial inglesa no había contemplado la fastuosa acumulación de potencia, en palabras de Braudel, que consiguió John D. Logró acelerar este proceso de acaparación cuando su tamaño fue suficiente para pactar precios especiales con sus proveedores en la distribución de hidrocarburos, las compañías de ferrocarriles, pero dejó tras de sí un rastro de irregularidades, artimañas, sobornos y extorsiones. Por poner un ejemplo, Harry F. Sinclair, uno de sus principales competidores, fue a parar nueve meses a prisión por unas acusaciones falsas. De una u otra forma consiguió arruinar a sus rivales, hasta lograr un monopolio absoluto del refino y la distribución de hidrocarburos en Estados Unidos.

Rockefeller mantuvo ese monopolio durante los 21 años que pasó batallando con el gobierno, que finalmente logró disolverlo, aunque por aquel entonces ya había extendido sus redes por otros negocios, formando el primer trust, o conglomerado de empresas. Entre esos nuevos intereses estaba el carbón y en concreto su explotación en Colorado. Fue allí donde años más tarde, en 1.914, llevando ya las riendas del negocio el hijo de John D, en un lugar llamado Ludlow, 1.200 mineros que se jugaban la vida todos los días fueron a la huelga. En aquella época y en aquellos lugares las huelgas no eran como ahora, los patronos contrataban nuevos trabajadores (había mucha más flexibilidad laboral) y los huelguistas trataban de impedir su acceso al trabajo en violentos enfrentamientos. El campamento de los mineros terminó asediado por seguridad privada y por la guardia nacional

Hombres de la agencia Baldwin-Felts controlando el campamento de huelguistas

fue tiroteado e incendiado

El campamento tras el incendio

y murieron entre 19 y 25 personas, entre ellos 2 mujeres y 11 niños que no pudieron escapar de una tienda en llamas


El entierro de las víctimas

la mano invisible, quizás se ensañó demasiado esta vez con los “inútiles”

Estas confrontaciones por los derechos laborales nos parecen hoy lejanas, aunque seguramente las condiciones de los mineros de Ludlow no son tan diferentes de otras que se puedan encontrar ahora en el planeta. Pero si aún así todavía conservamos una idea simple y lineal del progreso, deberemos admitir que “los monopolios de hecho y de derecho”, siguen siendo una realidad muy tangible. Por ejemplo, la norteamericana Boeing fue el único fabricante de grandes aviones comerciales durante 30 años, hasta hace apenas 10 años. La competencia entre Boeing y Airbus (una empresa público – privada controlada por industriales alemanes y los gobiernos francés y español) es un ejemplo, a tenor de las revelaciones de wikileaks sobre presiones políticas para cerrar los contratos, de complementación entre estado y capitalismo.

Las formas de adueñarse de un mercado, han sido sistematizadas para ser enseñadas en las escuelas de negocio y hoy se conocen como las cinco fuerzas de Porter.



Que por cierto son ideas bien sencillas:

Poder de negociación de los compradores o clientes: Esto es más o menos lo que hace Microsoft cuando nos obliga a pagar 120 euros en licencias por un sistema operativo que podríamos adquirir gratis. Microsoft lo que hace es “negociar” con los fabricantes de ordenadores, para que solo vendan sus equipos con el sistema operativo ya instalado. Si bien es posible adquirir ordenadores sin sistema operativo, y en ese caso el usuario podría instalar uno gratis, en España solo puedes hacerlo en determinadas ciudades y acudiendo a sitios específicos, que son desconocidos por el gran público.

Poder de negociación de los proveedores o compradores: Esto es lo que hizo John D. Rockefeller con las compañías de transporte ferroviario. Él tenía gran parte de los hidrocarburos refinados y había bastantes compañías de transporte. Como gran cliente fue capaz de negociar con varias compañías hasta que logró el precio mínimo. Hoy hacen lo mismo las grandes distribuidoras de alimentos, que en España son Mercadona, Carrefour, Alcampo, y dentro de un ámbito más amplio que la alimentación, El Corte Ingles.

Amenaza de nuevos entrantes: Aquí tenemos en parte el concepto de Braudel de acumulación, en el sentido de que hay ciertos negocios, por ejemplo la fabricación de aviones, que necesitan una inversión inicial altísima; y otros en los que si bien se pueden entrar, están sometidos a economías de escala; es decir, que el coste de producción disminuye cuando se fabrican más productos y por tanto podrá fabricar más barato quien fabrique mayor número.

Amenaza de productos sustitutivos: Puede producirse por el cambio tecnológico, y las empresas lo que hacen, cuando son grandes y tienen poder de presión, es tratar de censurar o cerrar el camino a estos nuevos productos.

Rivalidad entre competidores: No es más que el resultado de la aplicación de las cuatro anteriores.

Porter se “olvidó” de otra fuerza que estamos comprobando que es fundamental, pero que Braudel, al que le es indiferente la corrección política, no hubiera olvidado. Aportamos entonces mediante este post una mejora del modelo de Porter, que sugerimos se incluya a partir de este momento en todas las escuelas de negocio, y que podríamos llamar “fuerza de Braudel”

Poder de negociación de los reguladores y supervisores (el estado): Esto es lo que hacen los too big to fail cuando presionan para ser rescatados con fondos públicos, con la excusa del bien común, y aquí no habría que hablar solo de los bancos, muchas otras industrias han sido subvencionadas. Normalmente lo que se hace es ofrecer dinero por achatarrar un bien que funciona perfectamente para que compres otro.

Esta sexta fuerza es la única en la que se fijan los liberales, que adolecen de una miopía importante al no reconocer que la corrupción es cosa de dos complementarios, tal y como los define Braudel: capitalismo y estado. La naturaleza del capitalista es acumular, nos dicen, igual que la naturaleza del escorpión fue picar a la rana cuando ambos atravesaban el río; y acto seguido nos dicen que la solución es adelgazar el estado en un “argumento exótico” del tipo: “si el perro que vigila las gallinas es perezoso ¿Por qué no dejamos el gallinero sin vigilancia y a merced del zorro?”

Las reglas del juego no son inmutables y la tecnología puede cambiarlas, y un sector explotado de forma capitalista puede sumergirse en el mercado o incluso en la vida material. Eso es lo que está pasando con la industria discográfica y de la información, y para evitarlo, cuando no se puede recurrir a las fuerzas de Porter, los capitalistas recurren a la sexta fuerza, la de Braudel, tratando de imponer leyes irracionales y coercitivas como las leyes SINDE y SOPA. Algunos argumentan que se están perdiendo puestos de trabajo, y muchas veces el sintagma “puestos de trabajo” tiene adjetivo de localización, en el caso de la industria de contenidos “en America (por USA)”, o en cualquier lugar donde estén radicados los monopolios. Esto es muy discutible, por ejemplo en la prensa se están creando periódicos digítales con unos beneficios muy reducidos, y menores salarios para los directivos. Pero incluso si se perdiesen puestos de trabajo, porque la gente decide utilizar su tiempo libre para crear y difundir contenidos de forma gratuita, solo puede verse de forma positiva. Lo que implicaría esto es que esa actividad está regresando al ámbito de la vida material y el autoconsumo. Dicho de otra forma: que no paguemos por respirar no significa que estemos perdiendo una “actividad económica” y en consecuencia “puestos de trabajo”, el problema es nuestra forma de distribuir la producción, siendo las únicas opciones trabajar una jornada de 40 horas o más o cobrar un subsidio por no hacer nada.

El problema es también el sobreprecio que pagamos por todo como consecuencia de su producción monopólica u oligopólica. Porque no lo dudéis, John D. fue el más eficiente mientras existían competidores, pero una vez eliminados todos pudo fijar el precio que maximizaba sus beneficios, que en un monopolio es aquel en el que una subida adicional provocaría una caída de las ventas que disminuiría dicho beneficio. Pero hasta llegar a ese punto se puede elevar el precio un buen trecho. Lo que significa que mucha gente tuvo que consumir menos aceite para lámparas, o incluso prescindir de su consumo y no poder estudiar por las noches. Y significa también que las ciudades podían iluminar menos calles.

Podría parecer que el destino, el creador o la ley natural, lo que más os guste, tiene un extraño sentido del humor. De esta forma se podría entender que un siglo después, el bisnieto del hombre que fue capaz de imponer un monopolio puro, se lamente de forma apasionada en el senado americano, y clame contra la tecnología que está poniendo contra las cuerdas los monopolios de la industria de contenidos.


Sin embargo, no hay humor ni casualidad en esto, sino unas indicaciones muy claras sobre donde vivimos, como es nuestro mundo. Internet no debería haber existido, dice Rockefeller, y el argumento es “la seguridad” ¿La seguridad de quien, cabría preguntar? Para vosotros wikileaks es una amenaza, pero no para mí. Sin duda, otro “argumento exótico”, el capitalismo siempre encuentra gente que se vende barato para defender cualquier idea absurda. No me refiero a Rockefeller claro, él no necesita venderse. Me refiero a la tropa que salió a criticar el libro sobre los barones ladrones, con el argumento de que estos grandes capitalistas habían dado “un orden” a la industrialización de Norteamérica. Primero se nos dice que hay una mano invisible que crea un “orden natural”, que resulta ser el mejor de los posibles, y cuando esto no ocurre se nos dice que en realidad el orden natural era desordenado y tuvieron que llegar los barones ladrones para ordenarlo.

A mi personalmente me parece que tras 30 años de globalización, otra vez estamos rodeados de barones ladrones. Rodeados casi como lo estaban los mineros en Ludlow


La libertad de movimiento de capitales ha supuesto un gran impulso para favorecer la concentración de capital. Esto no es tanto por el comercio, ya que libertad de movimiento de capital y comercio en realidad son cosas distintas, sino por la desregulación financiera y la facilidad de acceso al crédito, que se ha utilizado para comprar empresas en casa o en el extranjero.

Hace unos meses algunos se sorprendían con un estudio empírico que revelaba que tan solo 147 empresas transnacionales controlaban el 40% del ingreso global. Al decir controlaban, no quiero decir que ese beneficio vaya a parar a esas 147 empresas. El esquema es el de una interconexión, y esa interconexión se realiza mediante un vínculo de propiedad y decisión a través de la compra de acciones.

Representación de las interconexiones entre multinacionales, los puntos rojos serían  las 147 empresas del núcleo

Es muy sencillo, la empresa transnacional X compra entre el 2 o el 20% de la empresa transnacional Y. Si compra el 2% eso le permitirá designar un consejero y por tanto conocer todos los movimientos y decisiones de Y, si por el contrario compra el 20% colocará 3 consejeros y elegirá al presidente, es decir, tomará las decisiones. En la cima de esta red están las empresas financieras, lo cual es lógico, recordad lo que nos decía Braudel sobre el capitalismo y la facilidad de acceso al crédito.

Esta formidable acumulación de potencia, casi deja en pañales a la del monopolio del viejo John D, no tanto a nivel lucrativo, porque las participaciones en otras empresas son pequeñas, como a nivel de poder e información. Una verdad sencilla que mucha gente rechazará, puesto que exige cambios profundos en nuestra idea del mundo y de nosotros mismos; puesto que podría perturbar nuestro sueño. Pero, ¿acaso no hemos visto a lo largo de la historia que la lógica del capitalismo es la acumulación y la jerarquía? ¿Acaso no dijo ya Marx que había una tendencia (que podría ser contrarestada eventualmente por otras contratendencias) al incremento sostenido de la concentración de capital?

En los 80 observamos en Estados Unidos una fiebre de fusiones y adquisiciones con apalancamiento, es decir, Wall Street comprando empresas y formando conglomerados más lucrativos. En España observamos como un “gran” y desconocido empresario aparecía con capitales foráneos y a base de crédito formaba un gran Holding que se llamó RUMASA. Cuando se vio incapaz de devolver los préstamos estuvo a punto de provocar una quiebra en cadena de todo ese entramado empresarial, a un paso de derrumbarse como un dominó, por la interconexión que provoca el apalancamiento. Estos sucesos son conocidos puesto que fueron mediáticos (lo de EEUU dio lugar a una película de Oliver Stone) pero no son más que la espuma por encima de un gigantesco océano, las “chispas” visibles de un proceso oculto de concentración y acumulación sin parangón en la historia de la humanidad.

Las consecuencias de este proceso son muchas, algunas no necesitamos pensar mucho para alcanzarlas: quien tiene poder lo ejerce. Os invito a reflexionar sobre unos hechos concretos, los que describe el documental “Who killed the electric car?” No me gusta razonar en base a ejemplos puntuales, pero los sucesos descritos en este documental son tremendamente esclarecedores de lo que implica la interconexión y la acumulación de potencia.



A mediados de los 90 General Motors presentó lo que se denomina un coche conceptual, es decir, un producto para potenciar su imagen de marca. La imagen de marca, junto con la publicidad, son estrategias que son particularmente efectivas para expandir la economía capitalista sobre el mercado, en aquellos sectores donde no funcionan las estrategias de Porter, como la hostelería. Es así como el capitalismo de los McDonalds y Starbucks intenta imponerse sobre el mercado. Este producto meramente publicitario era un coche completamente eléctrico. Unos políticos tenían graves problemas por la contaminación ambiental, así que tomaron una decisión imprevista: si existe, hay que venderlo.

El coche eléctrico, llamado EV1, no era ninguna maravilla, todo hay que decirlo. Tenía una imagen frágil y un tanto ridícula y una autonomía de apenas 100 km. Pese a ello, y sorprendentemente, había gente interesada en el vehículo, y sobre esto hay controversia en el número, pero es indiferente de cara a nuestras conclusiones: da igual que fuesen 100 o 5.000. El final de esta historia es lo que resulta ilustrativo. GM decidió recuperar los coches y achatarrarlos, y esta decisión no se puede justificar desde un punto de vista económico, por muchos “argumentos exóticos” que se acumulen en un tratado de gestión empresarial. El coche estaba fabricado, se había incurrido ya en unos costos de fabricación, se podía recuperar parte de los costos vendiendo el coche, da igual que fuesen 50 unidades o 1.000, el beneficio siempre sería mayor que con la decisión adoptada: en lugar de obtener un ingreso incurrir en un nuevo costo, transporte hasta desguace, achatarramiento y deposición en vertedero. Esta decisión nos muestra que GM es capaz de invertir dinero en defender el motor de combustión interna, y dado que a ellos les da igual producir coches con uno u otro motor la única explicación viable es que los propietarios de GM tienen intereses más amplios, por ejemplo en los hidrocarburos.

Ya lo he dicho: quien tiene poder lo ejerce, y lo hará en función de sus intereses, que pueden no coincidir con los del 99% de la población.

Para terminar, una última reflexión de Braudel “Lenin, que tenía una mente perspicaz, escribe lo siguiente en el mismo folleto de 1917: Lo que caracterizaba al antiguo capitalismo, en el que reinaba la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo actual, en el que reinan los monopolios, es la “exportación de capitales. Estas afirmaciones son más que discutibles: el capitalismo ha sido siempre monopolista, y mercancías y capitales no han cesado nunca de viajar simultáneamente, al haber sido siempre los capitales y el crédito el medio más seguro de lograr y forzar un mercado exterior. Mucho antes del siglo XX, la exportación de capitales fue una realidad cotidiana. Lo que, por mi parte, siento, no como historiador sino como hombre de mi tiempo, es que tanto en el mundo capitalista como en el mundo socialista no se quiera distinguir capitalismo de economía de mercado. A aquellos que, en Occidente, critican los defectos del capitalismo, los políticos y economistas responden que es un mal menor, el reverso inevitable de la libre empresa y de la economía de mercado. No lo creo en absoluto. A los que, por el contrario, siguiendo una tendencia sensible incluso en la URSS, les preocupa la pesadez de la economía socialista y quisieran facilitarle un poco más de “espontaneidad” (yo traduciría: un poco más de libertad), se les responde que es éste un mal menor, el reverso obligatorio de la destrucción del azote capitalista. Tampoco lo creo.”

Mercado, capitalismo y estado son cosas distintas. Tenemos que buscar, por un lado, una disposición del estado más favorable a los intereses del mercado, donde se encuentra el 99%. Por otro lado debemos ampliar el campo de batalla y defender todas las posiciones que favorecen el mercado; en particular me parecen importantes aquellas que se derivan de las nuevas tecnologías. Sin olvidar otras herramientas, viejas conocidas, como la producción pública de aquellos bienes que por ser intensivos en capital o por constituir un monopolio natural nunca podrán desarrollarse dentro de un mercado, el mutualismo, el asociacionismo: laboral o de consumo, y otras, no pretendo ser exhaustivo en estos momentos. Hay mucho camino por recorrer para comprender porque esas viejas herramientas han empezado a ser menos efectivas, a raíz de la expansión del sector servicios en los años 80, de la mano de la globalización y de la expansión de la sociedad de consumo, con la segmentación de los mercados para adaptarse al nuevo individualismo, en un mundo donde la información era producida de forma capitalista y por tanto oligopólica, y prometía de forma insistente la liberación a través de la presunta libertad económica. Hay mucho pensamiento que desarrollar para adaptar las viejas herramientas a las nuevas realidades de la posmodernidad que nos describe Zygmunt Bauman.

El mundo continuará girando y la sociedad evolucionando, en un proceso dialéctico de imprevisible resultado. Hemos estudiado un único ejemplo, pero sin duda el más importante, de lo que los economistas llaman fallos de mercado. Ellos definen esto como poder de mercado. La pretensión de poder encerrar el mundo en un estrecho modelo, construido a partir unos pocos axiomas o leyes naturales, encierra a veces una gran carga ideológica; pero lo que llaman poder de mercado es la esencia del capitalismo, que a su vez es muy distinto del mercado, lo que a algunos les resultará una verdad incómoda.

lunes, 30 de enero de 2012

Ampliación del campo de batalla


Queridos lectores,
 
Ampliación del campo de batalla
es un libro de Michel Houellebecq publicado por primera vez en Francia en 1.994 que trata de la alienación de su protagonista en la búsqueda del placer sexual, convertido en obsesión. A lo largo de la década de los setenta se produce la liberación sexual de la mujer y con la multiplicación de la oportunidad y variedad de los encuentros sexuales se abre un nuevo campo de batalla en la lucha entre individuos y en la construcción de la identidad individual por oposición a la del resto de congéneres. Antes de la citada época, esta humana “batalla” se limitaba al éxito económico y profesional, sin embargo, el protagonista de la novela, pese a su inteligencia y vivir acomodadamente carece del atractivo físico o la habilidad emocional para la seducción. Por supuesto sería capaz de encontrar una pareja de su “estilo”, lo cual es absolutamente insuficiente. Este “post”, lógicamente, no trata sobre el sexo, pero el título del libro encaja cómo un guante en el asunto a tratar y lo que se plantea en él es sumamente interesante si lo extrapolamos a un ámbito más general. Un suceso, un logro positivo y liberador, como es la ruptura completa de los tabús sexuales, termina produciendo su contraparte negativa en forma de alienación cuando el individuo es incapaz de alcanzar a colmar sus deseos, que se fusionan con su propia identidad, la idea de sí mismo.

La humanidad parece condenada a avanzar en un proceso dialéctico tal y como plantea Zygmunt Bauman “Una vida de vacilaciones es una alternativa a un código ético estricto, preciso y, sobre todo, vinculante, quizás incluso autoritario. La búsqueda implacable e infatigable de las maneras de alejar el mal difícilmente puede dibujar una línea recta, ya que, como norma, los pasos dados para alcanzar el bien traen nuevos males, con lo cual, bajo un examen más atento, dejan de parecer lo buenos que se había esperado en un principio. Semejante visión del modo de ser humano respira tolerancia, ofrece el beneficio de la duda y enseña la modestia y la contención” No deberíamos olvidar esto, que no es ni mucho menos una idea nueva, proviene de Hegel, que influyó de forma decisiva en Feuerbach, cuyas teorías tendrían un efecto profundo tanto en el pensamiento de Max Stirner y Bakunin como en las teorías de Marx y Engels.

El año 1.997, año de la crisis del sudeste asiático que explicamos en nuestro anterior post, marco un hito fundamental en el proceso de globalización a muy distintos niveles. Para los economistas significó darse cuenta que un excesivo endeudamiento del sector privado y no público, alimentado por los flujos de capital podía provocar una crisis. Esto fue ignorado nuevamente a mediados de la década pasada con argumentos tan exóticos como el de los economistas Ricardo Hausmann y Federico Sturzenegger de la Universidad de Harvard, que explicaban el creciente endeudamiento del sector privado y público estadounidense reflejado en el déficit por cuenta corriente por la existencia de una “materia oscura” en la economía norteamericana que estaba siendo adquirida por los extranjeros. Un cambio mucho más transcendente en la globalización fue el giro que dio a partir de esa fecha la política económica de los países emergentes que pasaron de ser receptores de los flujos de capital a ser exportadores netos de los mismos, lo que constituye una singularidad histórica sin precedentes, ya que han sido los países pobres los que han financiado el consumo que provocó la burbuja de la rica Norteamérica. Por último, ayudó a converger a distintos movimientos sociales en el movimiento altermundista que se hizo visible de forma sorpresiva en 1.999 en “La Batalla de Seattle”. Desde nuestro punto de vista eurocentrista aquella crisis y las que luego se propagaron por el resto de economías emergentes eran, tal y como expresó Bill Clinton, “sólo unas chispas en el medio del camino hacía la prosperidad económica”, de ahí que las protestas en Seattle en el año 1.999 parecían incomprensibles.

Por aquella época la célebre periodista Naomi Klein se encontraba escribiendo su famoso libro No Logo, un ensayo sobre el poder de las marcas en la sociedad actual y que ampliaba el objetivo del activismo y la acción política desde los gobiernos hacia las corporaciones. Para entender como puede ayudarnos esto a resolver los líos en los que estamos metidos debemos comprender como es nuestra sociedad y que papel tienen en ella las corporaciones.

El documental La corporación comienza con unas frases inquietantes y sorprendentes “Hace 150 años la corporación empresarial era algo absolutamente insignificante. Hoy es algo omnipresente, como la iglesia, la monarquía y el partido comunista de otras épocas y lugares la corporación es actualmente la institución dominante” Es difícil valorar realmente si las empresas son la institución dominante de nuestra época pero sin duda ejercen una influencia en nuestras vidas muy importante. La extraordinaria y galardonada serie documental, El siglo del Yo (traducido a castellano como El siglo del individualismo) nos muestra como el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, fue el primero en asociar productos fabricados en masa, no con necesidades, sino con los deseos inconscientes e irracionales de la población. El primer y gran ejemplo de esto fue su trabajo para la industria del tabaco. En aquella época (los años veinte) no estaba bien visto que las mujeres fumasen en público lo que hacía perder a los fabricantes de tabaco la mitad de sus clientes potenciales. Las tabacaleras recurrieron a Bernays el cual se inventó una parodia para remediarlo. Vinculó la idea de fumar con la desigualdad de género haciendo que un grupo de sufragistas fumasen en público como acto de protesta durante un gran evento.

Cree en ti misma.... gracias a Philip Morris

A esta acción le puso el nombre de “antorchas por la libertad”. Bernays contó todo esto en un libro llamado Propaganda

 
de hecho sus ideas fueron utilizadas por el partido Nazi, que creo el Ministerio de Propaganda e Información dirigido por Paul Joseph Goebbels.

Goebbels durante un bolo, propagando la barbarie y la locura nazi
La barbarie nazi terminó después de la guerra y la palabra “Propaganda” pasó a ser políticamente incorrecta por lo que Bernays inventó el término Relaciones Públicas, desde entonces su influencia no paró de crecer hasta transformar por completo la conciencia del individuo.

En aquellos felices años veinte el presidente Hoover había dicho a las corporaciones, “Habéis asumido la responsabilidad de crear deseo y de convertir a las masas en maquinas de felicidad en constante movimiento” Pero la incipiente sociedad consumista se vino abajo cuando una gran parte de la población pasó a preocuparse por las necesidades básicas de sustento, techo y salud en lugar de los caprichos de la autosatisfacción; había llegado la Gran Depresión. El nuevo presidente Roosevelt impulsó a la población a formar asociaciones de consumidores y sindicatos, o afiliarse a los existentes.

Este proceso de lucha dialéctica entre la conciencia colectiva y la satisfacción de necesidades individuales continuó hasta que dio un giro, de momento definitivo, allá por los años setenta. Fueron años de profunda crisis económica, guerras y fuertes movimientos de protesta tanto en Europa como en Estados Unidos


sin embargo, ya sea por la fuerte represión o por las propias contradicciones internas, los movimientos sociales languidecieron y se llegó al convencimiento de que el cambio de conciencia colectiva llegaría a través de un cambio de conciencia individual. Cuando se alcanzase una masa crítica de individuos socialmente conscientes sería el momento de dar el paso hacía la transformación. Pero bajo el sintagma “conciencia individual” se ocultaba un individualismo exacerbado hasta el límite y las corporaciones no tardaron en percibir el cambio y reaccionar en consecuencia. La producción se segmentó y gracias a la nueva tecnología se crearon productos adaptados a cada grupo de población. Las antiguas clases sociales ya no tenían sentido, o al menos la gente ya no se identificaba con ellas, el individuo buscaba la autoexpresión, formar una clase en si mismo y lo haría a través de la compra de objetos diferenciadores que definirían su “estilo de vida”. El corolario de este nuevo paradigma es que el éxito o el fracaso son una cuestión individual y por tanto la pobreza no es un problema social sino una “elección” del individuo en la que el estado no debe gastar los impuestos del contribuyente. Se fue así formando la increíble paradoja económica actual según la cual los ricos deben ser incentivados con más riqueza (reducción de impuestos) y los pobres con más pobreza (reducción de las ayudas).

Esta nueva conciencia individual tuvo su reflejo en la política, los individuos se ven como consumidores que pueden exigir a los políticos una contraprestación en pago a sus impuestos. En los años noventa, los partidos socialdemócratas, que perdían elección tras elección en la década anterior, deciden responder a la nueva realidad social mediante la elaboración de propuestas “a la carta” en los programas electorales para complacer al grupo de votantes indecisos. Se centrarían en propuestas como poner un teléfono móvil en los autobuses escolares y por descontado deberían bajar o mantener los impuestos, ya que el grupo de indecisos estaba formado por individuos que creían firmemente en las soluciones biográficas a sus problemas, harían valer su esfuerzo, inteligencia, habilidad y atractivo y les resultaba odioso “sufragar” a los menos hábiles que “elegían” ser pobres. Fue así como desapareció todo rastro de las antiguas preocupaciones sociales que habían llevado a Roosevelt a la victoria en los años de la Gran Depresión, ahora las políticas a desarrollar dependerían de la sensibilidad cambiante e incluso contradictoria de los votantes indecisos cuya principal preocupación es la autosatisfacción y la autoexpresión, o como se dice ahora en el partido laborista británico “ocho tipos bebiendo vino en Kettering”.

La idea de Edward Bernays de asociar los objetos producidos en masa con los deseos inconscientes de la población ha tenido un largo y exitoso camino paralelo al ascenso de las corporaciones, mientras los individuos están cada vez mas disociados unos de otros, y basan su identidad en ver cuantas necesidades creadas son capaces de satisfacer.

El libro de Naomi Klein y el movimiento altermundista tuvieron un considerable impacto en la cultura empresarial, hasta el punto de que un concepto antiguo pero desconocido, la Responsabilidad Social Corporativa, se hizo de repente omnipresente. Pero ¿puede una corporación compaginar su ánimo de lucro con el liderazgo en respeto a los derechos humanos, sostenibilidad, cuidado del medioambiente, redistribución de la riqueza? La gente que dirige las corporaciones, ¿son malvados? Una de mis escenas preferidas del documental La corporación es cuando unos activistas invaden la propiedad del Presidente de Dutch Sheel. Los manifestantes cuelgan una pancarta en la casa que dice “asesino”. El presidente y su mujer preparan café y té y charlan con ellos que finalmente afirman “el problema no es usted, es Shell”

Para Noam Chomsky hay que distinguir entre la institución y lo que representa y la gente que la forma, y pone el ejemplo de otra institución que perduró largo tiempo en Norteamérica: la esclavitud. Para Chomsky los propietarios de esclavos podían ser buena gente, buenos padres y ciudadanos e incluso tratar bien a sus esclavos, pero era la institución en sí lo que era execrable. El objetivo de las corporaciones es producir o comercializar productos y hacerlo con más éxito que sus competidores y dado que una parte importante del éxito es el coste del producto, la lógica de la competencia implica que la corporación que incurra en menores costes laborales, fiscales y medioambientales, la más nociva, es la que gana. Esa dinámica se mantendrá incluso aunque provoque un empobrecimiento general de la población que reduzca los beneficios de las corporaciones. En efecto, la mayoría de los mercados son controlados por unas pocas corporaciones de forma oligopólica. Cualquiera de ellas que pretendiera, por ejemplo, subir los salarios, dejar más dinero en manos de la gente para aumentar las ventas de sus productos, quedaría en desventaja con el resto de competidores si estos no siguen la misma filosofía. Incluso aunque llegasen a un acuerdo entre ellas, en forma de lobby, el incentivo de cualquiera de las mismas para saltarse ese acuerdo es muy fuerte, ya que siempre es posible beneficiarse de no colaborar si el opuesto lo hace, es un escenario que en teoría de juegos se denomina “Tragedia de los comunes”.

Por último, la estructura de propiedad de esta institución, en general constituida por acciones comercializables en bolsa, complica todavía más la situación. Podemos pensar que quizás algunos propietarios, algunos accionistas, puedan sentir cierta preocupación por el impacto social de la corporación en su entorno, pero lo que está claro es que todos buscan beneficio económico. La propiedad ha quedado desvinculada de la gestión hasta el punto que para la mayoría de las personas las acciones son prácticamente como el dinero, salvo por el hecho de que su valor sube o baja según el apetito de un mercado por esos papeles, que en realidad son títulos de propiedad. Cualquiera que observe las publicaciones económicas, con una mayor o menor sensibilidad social, más hacía la izquierda o más hacía la derecha, podrá observar que cuando se habla de la valoración en bolsa de las acciones de tal o cual empresa en ningún momento se valora si esta empresa tiene un impacto positivo o negativo en su entorno.

Por tanto los daños que produce está institución son intrínsecos a su funcionamiento y sólo en ocasiones excepcionales y en general empresas pequeñas, que no coticen en bolsa, podrán adoptar un comportamiento socialmente responsable, pese a que las Relaciones Públicas creadas por Edward Bernays y que han moldeado la conciencia del ser humano a lo largo del siglo XX, incapacitándole para cualquier tipo de acción social, nos digan lo contrario.

A principios de este siglo John Stauber y Sheldom Rampton publicaron el libro Trust Us, We're Experts (Confía en nosotros, somos expertos)


en el que denuncian cómo las corporaciones están manipulando incluso la ciencia. Según estos autores hoy en día toda la investigación científica está orientada al beneficio económico, incluso las corporaciones han acuñado el sintagma “ciencia chatarra” para la ciencia de base. Pero la auténtica ciencia chatarra es la orientada al beneficio inmediato de inventar juguetes destinados a cubrir necesidades creadas por las propias corporaciones en base a estilos de vida, la idea de uno mismo que tienen los individuos de una sociedad aparentemente opulenta que se cae a pedazos. Las implicaciones del libro son terribles puesto que la población confía en el progreso científico como salida a la encrucijada en la que se encuentra el planeta, para hacer nuestra sociedad sostenible.

El movimiento anti-corporativo ha cosechado importantes victorias, por ejemplo el Instituto por el trabajo global y los derechos humanos, consiguió de Wall-Mart y GAP rectificaciones públicas y cambios en su política laboral en los países emergentes donde empleaban a menores de edad. Recientemente ha sido un éxito mediático la historia de una niñera americana de 22 años que a través de una petición en Change.org consiguió que Bank of America retirase las comisiones que pretendía cobrar por el uso de las tarjetas de débito.

La actividad de las corporaciones nos influye en nuestro día a día incluso aunque no seamos conscientes de ello, por ejemplo, sabemos gracias a wikileaks que la funesta Ley Sinde fue impulsada durante años por la embajada de EEUU en España. Detrás del interés de EEUU estaba la Motion Picture Association, un lobby que agrupa a las principales productoras de cine americano: Disney, Paramount, Twenty Century Fox, Universal, Warner Brothers y Sony Pictures. En uno de los cables de la embajada en Madrid filtrados por wikileaks se puede observar esto claramente, el embajador le dice a Rajoy “El presidente de la Motion Picture Association of America me llamo ayer para comentarme su preocupación sobre España. En un reciente estreno en Madrid los ejecutivos de Warner Brothers comentaron que las ventas de nuevas películas en DVD habían caído un 80 por ciento”.

Pese a protestas masivas el reglamento que desarrolla la Ley Sinde ha sido finalmente aprobado por el nuevo gobierno mientras en EEUU se debatía la SOPA, una ley tremendamente restrictiva, que finalmente no fue aprobada. Casualmente, tras el fracaso de la SOPA, un tema de gran importancia pero menor de cara a la opinión pública, los periódicos nos ofrecieron portadas sorprendentes

que a mi me recuerdan mucho a Edward Bernays. Tras el cierre de MegaUpload los internautas proponen un boicot llamado marzo negro. No tendrá impacto en la industria puesto que está muy mal planteado. Pretende abarcar a todos los productos culturales y las acciones de este tipo que han tenido éxito siempre han sido dirigidas contra empresas concretas, nunca contra algo tan amplio como un mercado, ni mucho menos un agregado de varios mercados distintos como es “la cultura”. Hay que tener en cuenta el aletargamiento de la conciencia colectiva bajo el mantra de la falta de alternativas, y precisamente la acción tal y como está planteada no ofrece demasiadas alternativas. Iguala a un productor de cine independiente como Michael Moore con las empresas que financian las campañas electorales americanas y que llaman a la embajada española para comprobar los progresos de la Ley Sinde y no ofrece una alternativa al usuario. Hay que tener en cuenta que aunque el objetivo de cualquier corporación es el beneficio económico, este sólo se puede asegurar en el medio y largo plazo controlando un mercado, por lo que la gran preocupación de esta institución y como más fácilmente se puede actuar sobre ella es a través de la competencia. Adoptar un punto de vista excesivamente purista, según el cual todas son iguales, sólo conduce al fracaso por medio del mantra de la falta de alternativas. Puestos a buscar razones, que a priori parecen evidentes, se podría haber reparado en que las empresas que están detrás de la Ley Sinde y de la SOPA acumulan denuncias por su escasa identificación con los derechos humanos.

La propuesta de No Logo: El poder de las marcas ha sido criticada puesto que asumiríamos que somos consumidores y utilizaríamos herramientas propias del capitalismo, como es la competencia en un mercado. Es una crítica que considero falaz, puesto que se olvida que la realidad es dialéctica y que por tanto la utopía, la sociedad que queremos lograr (suponiendo que la mayoría de la gente considerase que no debe ser capitalista, lo que está por ver), no es más que un modelo teórico inalcanzable. A cada acción, le sigue su reacción, y no se puede afirmar a ciencia cierta que una acción de boicot a un producto sometido a una competencia en un mercado puede perpetuar una conciencia colectiva capitalista. En los setenta el cambio de conciencia individual podría parecer algo positivo, sin embargo condujo a un capitalismo más exacerbado. Por otro lado, la competencia no es una característica exclusiva del capitalismo, cierto es que nos la han querido vender como una cosmovisión, pero no debemos negar que es una característica del ser humano junto con la cooperación. Una sociedad futura podría potenciar la cooperación, al contrario de lo que se hace actualmente, pero en un mundo libre nunca se podrá eliminar la competencia.

Tenemos una tarea por delante difícil y compleja, por no decir titánica, restaurar una conciencia individual que vaya más allá de la autosatisfacción y de la autoexpresión para aprehender que las raíces de nuestros males son sociales y que sólo podrán ser arrancadas socialmente. Lo que nos propone Naomi Klein en su libro, a mi juicio, no es abandonar el campo de batalla tradicional de la política, sino ampliar el campo de batalla.

lunes, 16 de enero de 2012

La exuberancia irracional de los capitales flotantes y otras historias de pánicos incontrolados


Queridos lectores,


Exuberancia irracional fue un término acuñado por Alan “burbujas” Greenspan para referirse a la sobrevaloración de los mercados bursátiles. La frase fue pronunciada en 1996 y fue seguida de un desplome limitado y fugaz de las bolsas. La burbuja estallaría en el año 2001, siendo un claro ejemplo de que las advertencias de las autoridades son insuficientes para frenar el furor especulador. Pero este post, aborda sólo tangencialmente la problemática de las burbujas, nos centraremos en los capitales flotantes.


Hay una correlación tan abrumadora entre la libertad de movimientos de capital y las crisis bancarias que asusta.

Crisis bancarias (en azul) y libertad de movimiento de capital según un índice creado por los economistas Obstfeld y Taylor
Como vemos en la gráfica, cuando los capitales pasan de ser sólidos a ser flotantes se suceden un número creciente de crisis financieras y pánicos bancarios. Esto ha sido así también en periodos durante los cuales los países estaban sometidos a un estrecho corsé monetario, cómo el patrón oro, e incluso con anterioridad a la creación de los bancos centrales (recordemos que la reserva Federal se crea en 1913).


En efecto, en 1890 la insolvencia de un banco argentino hizo quebrar al banco británico Barings, que tuvo que ser rescatado por una acción coordinada de los bancos de Inglaterra, Francia y Rusia. Y en 1907, un año de inestabilidad financiera mundial iniciada en Japón, se produce un grave pánico bancario en Nueva York. El incidente fue la causa de la creación de la Reserva Federal.


Podríamos dejar aquí el post, ante la elocuencia sin paliativos del gráfico, y este sería el artículo más breve de La Proa del Argo, pero volvamos la vista ahora sobre la historia reciente. 


1997 marco un punto de inflexión en la historia de esta 2ª globalización. La crisis asiática se convirtió en el primer pánico financiero global, y las consecuencias que dejó, la respuesta de algunos países a estos sucesos, están en el origen de la crisis actual.


Ese año comenzó a discutirse el paradigma económico imperante hasta el momento, según el cual, el déficit comercial no tenía importancia. De hecho, hasta los noventa no se realizó ningún intento de establecer un modelo para las crisis cambiarias excepto el de Paul Krugman, en el año 1979. Un modelo simplón basado en un país que monetiza su déficit público hasta que el cambio de la moneda colapsa.


Recordemos que para mantener el tipo de cambio nominal los bancos centrales deben comprar su moneda en los mercados internacionales y vender divisas. En el modelo de Krugman, llamado de primera generación, se producía una inconsistencia entre la política fiscal del gobierno y la monetaria, y antes de que el Banco Central agotase sus reservas los especuladores cambiaban moneda local por divisas acelerando la devaluación. Era un modelo simple incluso en un mundo de capitales sólidos, pero absolutamente inconsistente en el mundo de los capitales flotantes. Esto se hizo patente en los países del sudeste asiático en el año 1997.


Tailandia, Indonesia, Malasia y Filipinas no tenían ningún problema de déficit público, al menos hasta que estalló la crisis, pero habían liberalizado el sector financiero, permitiendo su apertura al exterior y la convertibilidad plena de las monedas nacionales con las extranjeras. Tenían importantes déficit por cuenta corriente, pero esto, tal y como establecía el pensamiento económico dominante de Friedman y sus seguidores, no representaba ningún problema, ya que era una “inversión” en el país.


Incluso en una economía emergente es difícil que flujos de capital tan exuberantes no produzcan un problema de sobreinversión.


Si nos fijamos ahora en la cuenta financiera de la Balanza de Pagos, vemos que esta presenta varias subdivisiones:

  • Inversión Extranjera Directa. Es la compra o construcción de activos fijos en el país por parte de los extranjeros. Fabricas, empresas de servicios, etc.
  • Inversiones en cartera. Bonos y acciones. Son instrumentos líquidos, es decir, se pueden vender en cualquier momento.
  • Otros. Está partida incluye varias cosas pero básicamente se trata de prestamos de bancos extranjeros a empresas y bancos nacionales.
  • Divisas. Se obtienen principalmente de las exportaciones y son necesarias para la intervención del Banco Central en los mercados cambiarios.
Los persistentes déficits por cuenta corriente se traducían en una pérdida de divisas y activos de reserva. El país demandaba divisas para comprar productos extranjeros, pero no exportaba lo suficiente para captarlas. Eso hacía que la moneda se devaluase y el banco central trataba de compensarlo desprendiéndose de la suyas.


Estos países fijaban sus monedas al dólar como parte de una estrategia para atraer los capitales flotantes, lo cual creaba una ilusión de falsa seguridad a los extranjeros, que no tenían que afrontar el riesgo divisa.


Es una estrategia necesaria para el comercio, ya que una volatilidad excesiva del tipo de cambio puede arruinar a los exportadores e importadores; pero una cosa es el tipo de cambio nominal y otra el real, que es igual al nominal más inflación. El tipo de cambio real se había deteriorado, y esto se agravo cuando el yen empezó a declinar respecto al dólar, ya que Japón era uno de sus principales socios comerciales. La perdida de competitividad de las exportaciones se traducía en una perdida de divisas.


El perfil de los capitales flotantes se modificó con la liberalización y desregulación. Si antes predominaba la Inversión Extranjera Directa, ahora predominaban las inversiones en cartera, a través de diferentes Hedge Funds de Wall Street que en ese momento empezaban a crear instrumentos de inversión. Por último, los bancos y empresas locales se endeudaron en dólares, bajo la falsa seguridad del tipo de cambio fijo.


En definitiva, la conjunción de factores era la siguiente: déficits por cuenta corriente muy importantes, y por tanto gran necesidad de financiación extranjera; pérdida de competitividad y por tanto pérdida de divisas para defender el tipo de cambio; endeudamiento en moneda extranjera, vulnerable al tipo de cambio; flujos de capital volátiles, centrados en inversiones muy líquidas que se podían retirar rápidamente.

La vulnerabilidad era evidente incluso aunque no existiese ningún problema de déficit público. Cualquier suceso externo desencadenaría el tsunami incubado bajo el dogma de que el déficit por cuenta corriente no tenía importancia.


Como no podía ser de otra forma, la exuberancia irracional de los capitales flotantes había encontrado su camino en burbujas inmobiliarias y bursátiles. En febrero de 1997 una empresa Tailandesa deja de pagar deuda extranjera. Los capitales flotantes entran en pánico, los Hedge Funds deshacen sus inversiones en cartera, el banco central no puede absorber la oferta de moneda local que genera la salida de los Hedge Funds y deja flotar la moneda. Los bancos y empresas que se habían endeudado en moneda extranjera no pueden devolver los créditos. La economía quiebra.


Evolución del tipo de cambio de los "Tigres" y Corea. Destaca la Rupia de Indonesia que perdió un 80% respecto al dólar

La crisis afecto también a Corea del Sur, si bien los problemas de este país no tenían nada que ver con los de sus vecinos del este. Corea tenía un déficit en la balanza de pagos puntual, que no era persistente ni había sido sostenido durante largo tiempo, un crecimiento económico sólido y un bajo índice de desempleo. La deuda pública era tan sólo del 30% del PIB, un registro muy bajo, si bien las corporaciones industriales tenían un ratio deuda/capital muy alto, algo tradicional en el país ya que se sobrentendía que el gobierno garantiza la deuda de las mismas, y habían acumulado muchos vencimientos a corto plazo. Era un problema de liquidez puntual, más que de insolvencia. Sin embargo se vio sometido a ataques especulativos contra su moneda y está también cayo. La situación de Corea y su implicación en la crisis a pesar de sus problemas menores ha llevado a los economistas a hablar del “contagio”, un cambio de sentimiento no muy justificado de los mercados.


La realidad es que las variables macroeconómicas de los países del Sudeste asiático presentaban una gran correlación entre ellas, pero no con las de Corea. Sin embargo, con el estallido de la crisis todas muestran gran correlación entre si. La hipótesis de un cambio de sentimiento de los mercados parece correcta desde este punto de vista.


Los países solicitaron auxilio al Fondo Monetario Internacional, precisamente la institución había sido creada en el marco de los acuerdos de Bretton Woods para financiar los déficits en la cuenta corriente. La respuesta del Fondo Monetario Internacional ha sido criticada y con mucha razón. Para poder atender a los pagos internacionales, hay que generar divisas con exportaciones y reducir las importaciones. Para esto, la receta habitual suele ser reducir el consumo, tanto público (independientemente de que no haya problema de déficit público) como privado. Por lo que suele ser necesario aumentar los impuestos.


Está política parece justificada en el caso de los Tigres, pero no así en el de Corea. En cualquier caso también hay que considerar que con el colapso del tipo de cambio las importaciones se ajustarían “por lo sano”. Cuando la moneda pierde el 80% de su valor respecto a las divisas internacionales es de cajón que las importaciones se verán reducidas sin necesidad de reducir el gasto público.


Evolución de importaciones y exportaciones para los 5 países golpeados por la crisis

Además el fondo condicionó las ayudas a un paquete de medidas estructurales que nada tenían que ver con aumentar las exportaciones y reducir las importaciones. Medidas como permitir a los extranjeros la propiedad de empresas o eliminar barreras a la importación de coches japoneses, es decir, medidas que reflejaban los intereses de alguno de los países miembros del fondo. La actuación agravó la situación sobre todo en Corea y también en cierta forma en el resto de países. Finalmente se impuso la lógica y se eliminó el requisito de ajuste fiscal en Corea y se permitió a las corporaciones refinanciar los vencimientos de la deuda a más largo plazo.


Malasia no se acogió al programa del FMI e impuso controles al flujo de capitales flotantes. Congeló durante un año la repatriación de inversiones en cartera, al tiempo que anunciaba que no impondría medidas coercitivas a la inversión a largo plazo. Los economistas, que no habían previsto los problemas que podrían causar los déficits en cuanta corriente, anunciaron ahora el desastre, Malasia se quedaría fuera del mercado durante lustros.


Nuevamente se volvieron a equivocar, y de hecho Malasia se recuperó mejor que Tailandia e Indonesia, si bien no es fácil demostrar que fue merced a los controles de capital, ya que la situación de cada país era diferente. Con esas reservas, es de resaltar que los países emergentes que mayor desarrollo han experimentado son los que han establecido controles a los capitales flotantes. El ejemplo por excelencia es China, en ese país necesitas un certificado del gobierno para cambiar moneda nacional por moneda extranjera. Trascurrido un año, el gobierno malayo cambio el control por un impuesto, que luego iría retirando gradualmente.


La crisis afecto seriamente a Japón, cuyos bancos habían prestado sin conocimiento a los “Tigres”, y se encontraban en la situación de los florentinos y el Rey de Inglaterra. En noviembre se hundieron dos bancos y otros dos intermediarios financieros. Posteriormente, otros tuvieron que recurrir a fusiones y ampliaciones de capital, hasta que finalmente el gobierno recurre a las inyecciones de liquidez al sistema, que ya no pueden evitar la recesión.


La historia no terminó en Asia. El 11 de noviembre de 1997 el rublo sufre un ataque especulativo y el banco central defiende el tipo de cambio perdiendo 6.000 millones de dólares. Nueve meses después, el 17 de agosto de 1998, el rublo se devaluaba y el gobierno declaraba no hacerse cargo del pago de su deuda (en gran parte en manos de sus ciudadanos) y declaraba una suspensión de pagos de los créditos internacionales de sus bancos.


La crisis asiática había golpeado doblemente a la titubeante economía exsoviética. Por un lado había exacerbado la percepción del riesgo de tipo de cambio en los inversores, y por otro había provocado una disminución de la demanda de combustibles y metales no férreos, las principales exportaciones y fuente de divisa de la economía rusa.


Los efectos tangibles de la crisis fueron duros. La inflación y la ansiedad creada por el pánico dejaron las estanterías de las tiendas vacías.


Imagen de anaqueles vacíos en Rusia en 1998

Se produjo escasez. En el área circundante a Vladivostok estuvo a punto de imponerse el racionamiento.

Estados Unidos, que tres años antes había facilitado un préstamo de emergencia a México, declinó intervenir cuando estalló la crisis en Tailandia. El colapso del bath, la moneda tailandesa, eran tan solo “chispas en el camino hacía la prosperidad económica”, según su presidente Bill Clinton.

Pero imprevisiblemente un año más tarde la crisis alcanzaba el corazón del sistema. El tropezón de Rusia se llevaba por delante a Long Term Capital Management, un Hedge Fund fundado por dos premios Nobel de economía.

El valor de LTCM se redujo a cero en dos días.

La quiebra y liquidación de LTCM ponía en riesgo todo el sistema.

En septiembre de 1998, curiosamente diez años antes de la quiebra de Lehman Brothers, se reunían en la sede de la Reserva Federal de New York los principales actores (si, los Goldman Sachs, JP Morgan, Lehman Brothers) del sistema financiero norteamericano, para organizar un rescate.

Sede de la Reserva Federal de New York donde tuvieron lugar esta y otras reuniones clave

Pero eso es otra historia.

No sé a vosotros, pero a mi todo esto me produce bastante inquietud, por sus implicaciones respecto a la situación actual. Vamos a recapitular:


-          La libertad de movimientos capital, el paso de capitales sólidos a capitales flotantes, está en la raíz del incremento que se viene produciendo en la desigualdad, aunque ese es un tema de suficiente entidad para otro  post.


-          Los capitales flotantes hacen al sistema financiero tremendamente vulnerable. La evidencia histórica es abrumadora. Se podría argumentar que los países del Sudeste asiático y Corea del Sur habían liberalizado su sistema poco antes de la crisis, que los reguladores y las instituciones privadas eran inexpertos. Sin embargo, diez años después nos encontramos con una situación idéntica en Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda y España, donde han sido los flujos de capitales flotantes y su exuberancia irracional los que han financiado burbujas especulativas.


-          Se dice que la inestabilidad financiera se acrecienta cuando las grandes monedas fluctúan entre si. En este episodio es evidente que la depreciación del Yen frente al Dólar jugo su pequeño papel. Sin duda ayudaría utilizar una cesta de monedas como unidad de cuenta y de reserva. Está previsto ir aumentando el uso de los Derechos Especiales de Giro, pero no será hasta el año 2015 cuando se empiece a fomentar su uso.


-          La primera victima de las crisis bancarias es la liquidez y por lo tanto su remedio es un prestamista de última instancia. Japón había contemplado el estallido de su burbuja a comienzos de los 90, y ante la recesión la medicina oficial manda bajar los tipos de interés para que la gente vuelva a consumir y a invertir. Eso fue lo que hizo el Banco de Japón


Tipos de interés oficiales del Banco de Japón. En azul el tipo oficial, en rojo un tipo especial.

pero las familias y empresas se estaban desapalancando y no querían tomar prestado, y los bancos japoneses necesitaban arreglar sus ruinosos balances ¿Qué mejor forma de hacerlo que prestando a un alto tipo de interés a los “Tigres”? ese si es un “carry trade” rentable. Así que la “liquidez” del BoJ encontró su sitio en las burbujas de Tailandia e Indonesia. Estos países no pudieron pagar sus créditos y a su vez eso llevo a la ruina al sistema financiero japonés ¿Solución? ¿Otra vez están enfermos los bancos? Ningún problema, tenemos prestamista de última instancia, ¡marchando más liquidez! ¿Qué podemos esperar de las medidas excepcionales de liquidez de la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el BCE? ¡Emergentes, prepárense!


-          Existe una extensa literatura sobre la crisis del sudeste asiático, e incluso se han tratado de desarrollar modelos predictivos para crisis cambiarias. Uno de los supuestos de los que parten los modelos es que los capitales flotantes se comportan de forma racional ¿Se puede, bajo criterios de racionalidad, es decir, buscando maximizar el beneficio propio, invertir en una burbuja? Sin duda la respuesta es afirmativa, sólo hay que tener la precaución de salir antes que el resto. Por eso los bancos de inversión y los Hedge Funds han desarrollado instrumentos cada vez más líquidos, como los ETF, fondos ligados a un índice (como el IBEX), pero que se pueden vender instantáneamente en bolsa, igual que una acción o un bono. Son instrumentos ideales para que siempre gane el más informado, que será el que saldrá antes del derrumbe.


-          Si tal y como parece, el mero cambio de sentimiento de los mercados puede inducir un “contagio”, aun cuando la situación macroeconómica no sea excesivamente preocupante ¿eso no da un poder tremendo a aquellos que tienen mayor información y mayor influencia? En las sociedades de cazadores–recolectores que han podido ser estudiadas, se ha comprobado que una buena racha en la caza puede hacer crecer la ascendencia de un individuo sobre el grupo, al menos en cuanto a la consecución del sustento. Quizás por esto los grandes bancos de inversión de vez en cuando hacen publicas sus estrategias, como cuando JP Morgan aconsejo en su web especular contra la prima de riesgo española porque suponía que debería converger con la italiana.


-          La quiebra de un pequeño país, que representaba el 0,52% del PIB mundial, desencadenó un tsunami financiero que estuvo a punto de sumir al mundo en una gran depresión.

Como diría Cicerón “Cui prodest?” (¿A quien beneficia?) Para el economista Jagdish Bhagwati es el lobby Tesoro–Wall Street, trabajando codo con codo, el que ha impulsado una globalización sin más regla que la libertad de movimiento de los capitales flotantes. Para Bhagwati, uno de los mayores defensores del libre comercio, es muy distinto el comercio en bienes y en dólares. Las ventajas de la movilidad de capital se podrían alcanzar con la inversión extranjera directa, mientras el resto de movimientos deberían restringirse para evitar el daño potencial de las crisis.



El mito contrario fue creado por lo que podemos bautizar como "complejo Wall Street-Tesoro", siguiendo las huellas del Presidente Eisenhower, que nos advirtió contra el "complejo militar-industrial". Hasta que la crisis asiática sensibilizó a la opinión pública de que la realidad de los movimientos de capitales podrían generar crisis, mucha gente tenía como cierta la idea de que la movilidad de capitales era lo mismo que el comercio libre de bienes y servicios, que tenía el mismo efecto de ganancia mutua. De este modo, las restricciones a la movilidad de capitales, tal como el proteccionismo comercial, eran vistas como perniciosas, tanto en los países ricos como en los pobres. Nunca se había planteado la cuestión de que las ganancias podrían ser problemáticas frente al costo de las crisis que la movilidad de capitales podría generar. 

Y darnos cuenta de que la idea e ideología del comercio libre y de sus beneficios fue pirateada por quienes proponen la movilidad de capitales. Y estos reflejan "lobbies" que yo llamo "complejo Wall Street-Tesoro"

Tal y como demostramos más adelante, este lobby se beneficiaría enormemente de los mecanismos de la economía-mundo.

¿Y los europeos? Como diría el propio Herman Von Rumpey (presidente del consejo europeo) son buenos marcándose objetivos pero no alcanzándolos. Se hicieron declaraciones solemnes: “Hay que refundar el capitalismo sobre bases éticas”, “El desorden de las monedas está en el corazón de la crisis”, “Reuniere a los lideres mundiales en un nuevo Bretton Woods”, “Hay que volver al capitalismo industrial, no al financiero y especulativo”


Esa reunión fue el primer G20, y según ha mostrado wikileaks, los yanquis llegaron a inquietarse por la exuberancia de Sarkozy. Tanto es así que apoyaron la presencia del presidente de España en la cumbre, porque se opondría a la regulación de los capitales flotantes. Según el embajador americano en Madrid, España necesitaba esos flujos para financiar los déficits por cuenta corriente. Evidentemente el embajador sabía poco de economía, ya que la necesidad de los flujos es precisamente la razón para que estos desaparezcan. Desconozco cual fue la postura oficial de España al respecto, pero es fácil imaginar que a la administración Bush no le resulto difícil meter la cuña entre los propios europeos o entre estos y los BRICS. El único resultado de la cumbre fueron “los estímulos”, exacto, esos que dio el Banco de Japón a su sistema financiero antes de la crisis de los “Tigres”.


Los países del euro llevan tiempo discutiendo la implantación de un Impuesto a las Transacciones Financieras. Estaba previsto para finales del año 2011. Se trata de una medida “débil” pero que puede ser útil para una zona monetaria grande como la del euro, donde los movimientos de los capitales flotantes no causan tanta distorsión como en los países pequeños. Si bien, como era de esperar, los críticos consideran que la inversión huirá de Europa, la misma equivocada previsión que hicieron con Malasia, podría servir para potenciar la inversión a largo plazo frente a la especulativa, de corto plazo. La cuestión es si lograrán alcanzar este nuevo objetivo o se quedará en una propuesta más, discutida eternamente.