Hace un par de años, dejando a un lado problemas más
profundos de índole estructural, pusimos nombre a los males más inmediatos y urgentes
que aquejaban la economía española; sufríamos lo que en la jerga económica y financiera vienen
llamando desde que comenzó la globalización un “Sudden Stop”, que definíamos de
la siguiente forma:
Un ajuste del déficit por cuenta corriente provocado por el exterior. Hablando claro, como país nadie nos presta un penique, necesitamos esa financiación, y como no la tenemos, está cayendo la demanda interna, el consumo, la inversión, el empleo y los salarios.
Es un proceso que se viene repitiendo en muchos países desde los años 80, una crisis típica de la época de la libertad de movimiento de capital: Suecia, Noruega, Finlandia, México, Tailandia, Indonesia, Malasia, Filipinas, Corea, Rusia, Brasil, Argentina, Turquía, son algunos ejemplos.
Hay tres razones fundamentales para que exista esta crisis de liquidez y la deuda española sea cara:
a) La situación del sistema financiero, que le impide captar pasivo con el que dar crédito, tanto al estado como a toda la economía.
b) El riesgo de ruptura del euro, que ha provocado un auténtico “bank run” en la eurozona. Eso hace que el pasivo del sistema financiero español no sólo no crezca sino que disminuya.
Y por último
c) El balance del país, público y privado, con un desequilibrio exterior muy grande y por tanto muy apalancado sobre la deuda externa.
Diagnóstico que resultó, aunque esté mal que yo lo diga,
bastante certero. España se había comprometido con Europa a atajar el problema
del sector financiero, el primero de los mencionados en esa lista, y tras
firmar las condiciones de un paquete de ayuda, y por encima de todo, formarse
un nuevo gobierno en Grecia que garantizaba el cumplimiento de las obligaciones
financieras del país heleno, el BCE se decidió por fin a actuar. Mario Draghi
afirmó aquello de que haría “lo que fuese necesario, para salvar el euro”, y el segundo problema de la lista se desvaneció,
con resultados espectaculares. Desde esa fecha, las condiciones de financiación
mejoraron de forma paulatina, pero vigorosa, lo cual parece indicar que nuestro
análisis era acertado.



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