miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un mundo fragmentado: la globalización cae sobre nuestras cabezas

Los datos y los acontecimientos no admiten discusión, el paradigma económico, político y social bajo el que hemos vivido durante las últimas tres décadas, la globalización, se encuentra en franco retroceso. Nadie puede señalar un culpable salvo a aquellos que lo impulsaron a pesar de todas sus contradicciones. Ahora se trata de que las ruinas de este desastre no caigan sobre nuestras cabezas, y para ello es urgente movilizarse en torno a dos objetivos estratégicos, un modelo de cooperación internacional que descanse sobre pilares distintos a la libertad de comercio y de movilidad de capital, y un sistema político que gane legitimidad, frente a la crisis del gobierno representativo y el auge del autoritarismo.


DAS ENDE DER WELT: EL FIN DEL MUNDO. Fuente: Der Spiegel

 
Hace ahora algo más de un año el periodista James Meadway se preguntaba en el periódico británico The Guardian si habíamos alcanzado el cénit de la globalización. El mismo se respondía afirmativamente ante unos datos que dejan poco espacio para la duda. Como había expresado en una conferencia un miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra, los flujos financieros entre países habían descendido un 60% desde el punto álgido anterior a la crisis de 2008.


Este significativo descenso estaba dirigido por una importante reducción de las operaciones internacionales entre bancos. Aunque la razón de este cambio no es importante dentro de la línea argumental del artículo, incluyo esta imagen de los cambios en los flujos financieros entre los sistemas bancarios de un conjunto selecto de países. Es curioso como las operaciones entre bancos españoles y alemanes, franceses y holandeses se han reducido, mientras que han aumentado las que se realizan con bancos de Reino Unido y Estados Unidos.


Las inversiones en cartera también se han reducido, aunque algo menos, mientras que la inversión extranjera directa se mantiene más o menos en los niveles anteriores a la crisis.

Por otro lado, el comercio, que se recuperó extraordinariamente bien tras su desplome en 2008, como muestra este índice que sintetiza el tráfico de contenedores de mercancías


se encuentra estancado desde finales del año 2014. De hecho en el primer trimestre del año cayó un 1,1%, mientras que en el segundo aumentó tan solo un 0,3%, a pesar de lo cual se mantiene una previsión de crecimiento del 1,7% para este año, por debajo del crecimiento del PIB.


El comercio no crece ni siquiera lo que crece la producción, es decir, disminuye en términos relativos, lo que indica que la tendencia de las economías es a volver a mirar hacia el mercado interno.

La evolución de los acontecimiento levanta ampollas entre la generación de tecnócratas que nos gobierna y sus consejeros y economistas formados en esas universidades que encabezan los rankings que ellos mismos elaboran. Así por ejemplo, el Director General de la Organización Mundial del Comercio, que lleva décadas con su agenda paralizada, afirma:

La dramática reducción del crecimiento del comercio es serio y debería servir como toque de atención. Es particularmente preocupante en el contexto de un creciente sentimiento anti-globalización. Necesitamos asegurarnos que esto no se traslada en malas políticas que pueden empeorar la situación todavía más, no sólo desde la perspectiva del comercio sino también para la creación de empleo, el crecimiento y el desarrollo, que están estrechamente vinculados a un sistema comercial abierto.

El problema de este discurso es que da por supuestas una serie de premisas que no están nada claras, como ha explicado, entre otros, Ha-Joon Chang en varias de sus obras. Así por ejemplo, podemos volver a reproducir un fragmento de una reseña de un libro suyo que ya enlazamos cuando explicamos por qué la crisis no había cambiado las ideas de los políticos, de sus asesores o de los académicos con tribuna en algún medio de relevancia:

Chang llama la atención sobre los aspectos más importantes de la política económica y de exhortación ideológica llevada a cabo por el gobierno coreano, que generaron un gran crecimiento y un aumento notable del nivel de vida. Tales resultados se debieron a una potente burocracia, a un “proyecto nacional de transformación” y a la implantación de mecanismos redistributivos para reducir la inseguridad generada por los rápidos cambios estructurales y las influencias cíclicas. La protección a la industria pasó por medidas tan drásticas como la prohibición de fumar cigarrillos extranjeros, y el control de las reservas de divisas llegó a ser tan absoluto que las infracciones en materia de cambios podían ser castigadas hasta con la pena de muerte.

Esto no parece inquietar al Director General de la OMC, que nota que algo va mal, sí, pero nada que le haga cambiar de rumbo, hay que seguir haciendo lo mismo, estamos en un hoyo pero hay que seguir cavando, cambiando un poco quizás la posición de la pala al ser introducida en la tierra:

Mientras que los beneficios del comercio son evidentes, es también evidente que deben ser compartidos de forma más amplia. Debemos intentar construir un sistema comercial más inclusivo que vaya más allá para apoyar a que los países más pobres reciban parte de los beneficios, así como los emprendedores, las pequeñas empresas, y los grupos marginados en cualquier economía.

Algo parecido ha debido pensar Barack Obama, que desde una Grecia destrozada por la globalización europea nos exhorta a “corregir el rumbo de la globalización”. Mensaje vacío, tanto a él como a mi nos gustaría saber como corregir el rumbo, pero lo cierto es que no parece posible, ¿como corregir el rumbo de un navío sin timón?

El principio rector de la globalización es, por encima de la libertad de comercio, la libertad de movimiento de capital. Esa libertad llevaría al capital a desplazarse a donde pudiese obtener mayor rentabilidad, que según el pensamiento panglosiano dominante de nuestra época (gracias a los economistas), sería precisamente donde más necesario fuese. Esta primacía de la movilidad fue expresada por Albert J. Dunlap de la siguiente manera “La empresa pertenece a los que invierten en ella: no a sus empleados, sus proveedores ni la localidad donde está situada”. No fue un economista, sino un sociólogo, Zygmunt Bauman, quién de forma más preclara se percató de las consecuencias de esto:

El autor tenía en mente, sobre todo, que los empleados, proveedores y voceros de la comunidad no tienen voz en las decisiones que pueden tomar las “personas que invierten”; que los inversores, los verdaderos tomadores de decisiones, tienen el derecho de descartar sin más, de declarar inoportunos y viciados de nulidad los postulados que puedan formular esas personas con respecto a su forma de dirigir la empresa.
Profundicemos en el principio de Dunlap. Los empleados provienen de la población local y, retenidos por deberes familiares, propiedad de la vivienda y otros factores afines, difícilmente pueden seguir a la empresa cuando se traslada a otra parte. Los proveedores deben entregar su mercadería y el bajo coste del transporte les da a los locales una ventaja que desaparece apenas la empresa se traslada. En cuanto a la “localidad”, es evidente que se quedará donde está, difícilmente seguirá a la empresa a su nueva dirección. Entre todos los candidatos a tener voz en la gestión empresarial, sólo las “personas que invierten” –los accionistas- no están en absoluto sujetos al espacio; pueden comprar acciones en cualquier bolsa y a cualquier agente bursátil, y la proximidad o distancia geográfica de la empresa será probablemente la menor de sus consideraciones al tomar la decisión de comprar o vender.
La empresa “pertenece” a ellos –a los accionistas- y solo a ellos. Por consiguiente, les compete trasladarla allí donde descubren o anticipan la posibilidad de mejorar los dividendos, y dejar a los demás –que están atados a la localidad- las tareas de lamer las heridas, reparar los daños y ocuparse de los desechos. La empresa tiene libertad para trasladarse; las consecuencias no pueden sino permanecer en el lugar. Quien tenga libertad para escapar de la localidad, la tiene para huir de las consecuencias. Éste es el botín más importante de la victoriosa guerra por el espacio.

No es posible “moderar” o “atemperar” la globalización, ni siquiera mitigar sus consecuencias ¿Cómo proteger a los perjudicados si la empresa se desplaza allí donde menor protección hay? ¿Será el estado quién lo haga? ¿Cómo hacerlo si el capital se desplaza allí donde la fiscalidad es más favorable? Las bases fiscales se erosionan, y la deuda pública se dispara, y aunque ello, en general, no es demasiado importante para la marcha de la economía, se insiste en el ridículo requisito del equilibrio fiscal para seguir beneficiando a los ganadores del juego.

Obama y el Director General de la OMC son los cronistas de una muerte anunciada. Primero fueron las finanzas las que sin que nos diésemos cuenta se desglobalizaron, allá por el año 2008, luego fue el comercio el que dejó de crecer allá por el año 2014, y con mucho retraso ha llegado la onda a la política, que en 2016 ha visto como los ciudadanos de Reino Unido votaron el 23 de junio de este año por abandonar la Unión Europea, una zona de libre comercio y libre movimiento de capitales y personas. La decisión, frente a las casandras que advertían de consecuencias nefastas, por el momento está saliendo bien. Luego llegó la victoria de Trump, con un discurso que aboga por la regulación del comercio, y entonces sí se dispararon todas las alarmas. En realidad es una etapa dentro de un proceso cuyo desarrollo no era difícil anticipar.

Estamos en lo que Manuel Monereo llama el “momento Polanyi”, segunda parte de un doble movimiento que se inicia con la ampliación de la esfera de influencia del mercado, promocionada por el estado, al que sigue una respuesta automática de autopretección de la sociedad frente a él. Esta segunda fase de autoprotección toma velocidad de crucero con las derrotas de los representantes del status quo pro-globalización en los referendos de Reino Unido y Estados Unidos. Esto es bastante evidente, conviene aquí resaltar que tanto el fascismo en los años 30 como los nacionalismos conservadores que vemos surgir en la actualidad son, según la interpretación, a mi juicio acertada, de Polanyi, reacciones de autoprotección de la sociedad ante la dislocaciones económicas y sociales que provoca el empeño de dejar toda la vida, toda la sociedad, bajo el dominio del mercado autoregulador.

La globalización se muere, sí, pero sus ruinas amenazan con caer sobre nuestras cabezas ¿Por qué la reacción contra la globalización se ha encarnado en un nacionalismo conservador, en algunos casos cercano a la xenofobia, y no en un movimiento más constructivo? Cuando la sociedad busca protección aquellas ideas políticas que apuestan por la igualdad real de todos los seres humanos se están viendo arrinconadas, es necesario y urgente preguntarse por qué.

Aquí Polanyi también puede sernos de ayuda, en el capítulo diecinueve de La Gran Transformación, titulado Gobierno popular y economía de mercado, nos cuenta como en el periodo de entreguerras los gobiernos socialdemócratas de la época fueron perdiendo el favor de la población:

En Gran Bretaña, desde 1925, la moneda estaba en una situación poco saneada. La vuelta al patrón-oro no se vio acompañada de un ajuste correspondiente al nivel de precios, el cual estaba claramente por debajo de la paridad mundial. Pocos fueron aquellos que se dieron cuenta de la absurda vía en la que el gobierno y la banca, los partidos y los sindicatos se habían embarcado de común acuerdo. Snowden, ministro de Hacienda en el primer gobierno laborista (1924), fue un acérrimo partidario del patrón-oro, y, sin embargo, fue incapaz de darse cuenta de que, al intentar restaurar la libra, había comprometido a su partido a encajar una disminución de los salarios o a perder el rumbo. Siete años más tarde, este mismo partido se encontró obligado -por el mismo Snowden- a hacer ambas cosas. En el otoño de 1931, la sangría continua de la depresión comenzó a afectar a la libra, y fue en vano que el fracaso de la huelga general de 1926 hubiese garantizado que no habría una ulterior elevación del nivel salarial, lo que no fue óbice para que se elevase el peso económico de los servicios sociales, a causa concretamente de los subsidios de desempleo concedidos incondicionalmente. No hacia falta un «golpe de mano» de los banqueros -golpe de mano que realmente existió- para hacer comprender claramente al país la alternativa entre, por una parte una moneda saneada y presupuestos saneados y, por otra, servicios sociales mejores y una moneda depreciada -estuviese la depreciación producida por los salarios elevados y por una caída de las exportaciones o simplemente por gastos financiados mediante un déficit-. Dicho en otros términos, había que optar entre una reducción de los servicios sociales o un descenso de las tasas de intercambio. Y, dado que el partido laborista era incapaz de decidirse por una de las dos medidas -la reducción era contraria a la línea política de los sindicatos y el abandono del oro habría sido considerado un sacrilegio- el partido laborista fue barrido y los partidos tradicionales redujeron los servicios sociales y, a fin de cuentas, abandonaron el oro.

En definitiva, el partido laborista no pudo articular políticas para favorecer a sus votantes, de reducción del desempleo e incremento del nivel de vida, por su adhesión al dogma del patrón oro. Pero no fue un caso único

En todos los países importantes de Europa se puso en marcha un mecanismo similar que produjo efectos enormemente semejantes entre sí. Los partidos socialistas tuvieron que abandonar el poder, en Austria en 1923, en Bélgica en 1926 y en Francia en 1931, para poder «salvar la moneda». Hombres de Estado como Seipel, Franqui, Poincaré o Brüning echaron a los socialistas del gobierno, redujeron los servicios sociales e intentaron romper la resistencia de los sindicatos mediante el ajuste salarial.

La situación actual es la misma, la adhesión al paradigma de la globalización impide a los partidos de la izquierda moderada brindar una mínima protección a sus votantes. Pero ¿por qué se adhieren a ese paradigma? Las puertas giratorias y la connivencia con las oligarquías solo explican una pequeña parte del problema, si no existe un discurso igualitario y crítico con la globalización hay que plantear la hipótesis de que no hay un ecosistema de votantes que pueda sentirse identificado con ese mensaje. Hay un problema de valores, de lo que George Lakoff denomina “moral politics”. Lakoff, que se define como un científico cognitivo, cree que el lenguaje que utilizamos evoca marcos conceptuales, la mejor forma de explicarlo es con un ejemplo.

Pondré un ejemplo. El día que George W. Bush llegó a la Casa Blanca, empezó a salir de la Casa Blanca la expresión alivio fiscal. Y lo sigue haciendo: fue utilizada varias veces en el Discurso sobre el Estado de la Unión de ese año y reapareció continuamente en los discursos preelectorales cuatro años después.
Pensemos en el enmarcado de alivio. Para que se produzca un alivio, ha tenido que haberle ocurrido a alguien antes algo adverso, un tipo de desgracia, y ha tenido que haber también alguien capaz de aliviar esa desgracia, y que por tanto viene a ser un héroe. Pero si hay gentes que intentan parar al héroe, esas gentes se convierten en villanos porque tratan de impedir el alivio.
Cuando a la palabra fiscal se le añade alivio, el resultado es una metáfora: los impuestos son una desgracia; la persona que los suprime es un héroe, y quienquiera que intente frenarlo es un mal tipo. Esto es un marco. Se construye con ideas como desgracia y héroe. El lenguaje que evoca el marco sale de la Casa Blanca y se distribuye, a través de notas de prensa, a todas las emisoras de radio, a todos los canales de televisión, a todos los periódicos. Al cabo de poco tiempo, el The New York Times utilizará ya alivio fiscal. Y se hablará de ello no sólo en la Fox; también en la CNN y en la BBC, porque es el «Plan de alivio fiscal del Presidente». Y muy pronto los demócratas, tirando piedras contra su propio tejado, empezarán a utilizar también alivio fiscal.

La palabra globalización también evoca un marco, confraternidad, tolerancia, igualdad de las personas con independencia de su nacionalidad, universalismo, aunque como ya explicamos, el internacionalismo sea lo contrario a la globalización. Retomando las palabras de Herman Daly:

La globalización, considerada por muchos como la ola inevitable del futuro, se confunde a menudo con internacionalización pero es, de hecho, algo totalmente diferente. La internacionalización se refiere al incremento de la importancia del comercio internacional, las relaciones internacionales, tratados, alianzas, etc. Inter-nacional, por supuesto, significa entre naciones. La unidad básica continúa siendo la nación, aun cuando las relaciones entre naciones sean cada vez más necesarias e importantes. La globalización se refiere a la integración económica global de muchas antiguas economías nacionales convertidas en una economía global, principalmente por el libre comercio y la libre circulación de capitales, pero también mediante una migración fácil o, incontrolada. Es la efectiva erosión de las fronteras nacionales por motivos económicos. Lo que era internacional deviene interregional. Lo que era gobernado por la ventaja comparativa ahora es dictado por la ventaja absoluta. Lo que era muchos se convierte en uno. La misma palabra “integración” deriva de “entero”, significa uno, completo o, todo. Integración es el acto de combinar en un todo. Debido a que debe haber un todo, una sola unidad con referencia a la cual las partes se integran, se sigue que la integración económica global implica lógicamente la desintegración económica nacional. Por des-integración no quiero decir que la dotación industrial de cada país es aniquilada, sino que sus partes son arrancadas de su contexto nacional (des-integradas), para ser re-integradas en un nuevo todo, la economía globalizada. Como dice el refrán, para hacer una tortilla tienes que romper algunos huevos. La desintegración del huevo nacional es necesaria para integrarlo en la tortilla global.

Volviendo a Lakoff, en su libro nos habla de como pensamos los valores progresistas.

El núcleo de los valores progresistas lo forman los valores familiares —los de una familia generosa y responsable.
• Preocupación por los demás y responsabilidad, ejercidas con fortaleza. Estos valores nucleares abarcan todo el espectro de los valores progresistas. Aquí tenemos esos valores progresistas y la lógica que los engarza con los valores nucleares.
• Protección, realización en la vida, justicia. Cuando te preocupas por alguien, quieres protegerlo del peligro, quieres que sus sueños se hagan realidad y quieres que lo traten con justicia.
• Libertad, oportunidades, prosperidad. No hay realización sin libertad, ni libertad sin oportunidades, ni oportunidades sin prosperidad.
• Comunidad, servicio, cooperación. Son las comunidades las que llevan a cabo la formación de los niños. La responsabilidad requiere servicio y ayuda para formar tu comunidad. Eso requiere cooperación.
• Confianza, honradez, comunicación abierta. No hay cooperación sin confianza, ni confianza sin honradez, ni cooperación sin comunicación abierta.
Precisamente porque estos valores derivan de la generosidad y de la responsabilidad, todos los otros valores progresistas derivan de éstos. La igualdad deriva de la justicia; la empatia forma parte de la generosidad; la diversidad, de la empatía y de la igualdad.

Son los valores de una familia protectora. Es complicado rechazar la globalización, con su relato de universalismo e igualdad (aunque sea todo lo contrario) desde estos valores. En un momento en que el malestar por la globalización aumenta eso pone a los progresistas en una posición de enorme debilidad.

Para revertir esa situación se necesita hacer creíble las promesas de protección hacia la población residente, mientras se mantiene un discurso crítico con la globalización, abogando por una economía más local, con la imposición de aranceles que podrían estar relacionados con el impacto medioambiental de los productos (incluido el transporte), y con restricciones a los movimientos de capital que pueden incluir desde regulaciones bancarias más estrictas (como la separación de la actividad de la banca comercial, que implica creación de dinero, y la de inversión), o impuestos como la eterna promesa de la tasa Tobin. Respecto a los movimientos de personas, habría que apostar por limitarlos, en la medida de lo posible, mientras se defiende la igualdad de derechos de todos los residentes legales, nacionales y extranjeros, y el respeto y cuidado de la riqueza que implica la diversidad cultural.

La colaboración democrática transnacional podría fundarse sobre instituciones centradas en el desarrollo y en la ecología, en particular la defensa de los bienes comunes globales. Aquí el cambio climático ofrece una oportunidad. El papel de los estados y la sociedad civil debe crecer, y el de las empresas reducirse. Los estados pueden asegurar flujos de capital desde los países más capitalizados a los menos capitalizados, a interés cero o casi cero, para financiar proyectos de desarrollo que permitan mitigar o revertir el cambio climático, la sexta gran extinción, o algún otro de los graves problemas medioambientales que padecemos. La reforestación, la recuperación de suelos y la agricultura local y sostenible es una buena opción para empezar.

Por último, y como sugiere el propio Daly, la ayuda al desarrollo puede fundarse sobre compartir información. La información es lo que los economistas llaman un bien no rival, una persona puede usarla sin disminuir la utilidad que supone para otra. Si yo uso el pan tú no puedes usarlo, pero la información, por ejemplo una patente, un libro, una canción, puede usarse infinitamente sin que disminuya su utilidad. Su precio se mantiene alto a través de la creación de “cercamientos”, estableciendo monopolios, que habría que intentar desmantelar.

Esa agenda tendría que ser impulsada en un momento en el que crece la desconfianza hacia la política, fruto de la crisis del sistema de gobierno representativo, que cada vez se percibe más como un sistema corrupto, al servicio de unas grandes empresas que son capaces de imponer una férrea agenda legislativa en su favor. La regulación del sistema eléctrico en España es un ejemplo palmario. El sistema, ante su falta de legitimidad, irá adoptando formas más autoritarias. Cada vez más miembros de la élite expresan públicamente su creencia en la incompatibilidad del sistema de mercado con la democracia, por ejemplo, Peter Thiel, gurú de Silicon Valley y partidario de Trump, se complace en afirmar: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles. A medio plazo, la perspectiva de dictaduras de mercado al estilo de la de Pinochet en Chile no es descabellada, aunque en principio lo que cabe esperar es un giro autoritario manteniendo formalmente la elección del partido de gobierno por sufragio. Leyes electorales cada vez más restrictivas, y represión de la protesta con leyes mordaza es lo que considero más probable a corto plazo. La lucha por por mantener un internet libre se antoja la más urgente, no en vano Trump ha ganado las elecciones sin el apoyo de los medios de comunicación de masas, no ha tenido el apoyo de prácticamente ninguno. Los medios masivos, con su estructura jerárquica, capaces de constituir auténticos monopolios de la información que forman y deforman la opinión pública están en franco retroceso. Las élites intentarán controlar internet para seguir aplicando su ingeniería del consentimiento y que el gobierno continúe siendo favorable a sus intereses.

Aquí la iniciativa popular debería apostar por la democracia como forma de moderar, controlar y constituir un contrapeso eficaz de la representación. A corto plazo se podría pensar en abogar por un lado por mayor autonomía local, en línea con una economía desglobalizada, donde la participación directa del ciudadano en los asuntos públicos puede ser mayor. En un ámbito geográfico más amplio se debería abogar por el sorteo y mayor poder de la población para condicionar la agenda legislativa de los parlamentos.

Tales propuestas en el ámbito político pueden parecer todavía más utópicas que las económicas, pero el curso de los acontecimientos nos da opciones que hasta ahora eran impensables. En este punto conviene recordar el trilema de Rodrick (que a nivel europeo se particulariza en el trilema de Nácher, y el fin, a no muy largo plazo ya, del euro), del economista Dani Rodrick, que en su libro La Paradoja de la Globalización, nos explicó que una hiperglobalización es incompatible o con la democracia o con la soberanía nacional. La desglobalizacion, que ya se está produciendo de facto, nos volverá a traer gobiernos con capacidad para actuar, menos condicionados por los mercados de capitales o por instituciones internacionales como la Organización Mundial de Comercio o el Fondo Monetario Internacional. Los tratados de comercio que estaban a punto de firmarse, como el TTP o el TTIP, con sus tribunales de arbitraje que daban mayor poder a las corporaciones transnacionales que a los estados, se pueden dar por muertos tras la victoria de Trump. Así lo continúa asegurando él tras su victoria electoral.

Esa renovada capacidad de acción que volverán a recuperar los gobiernos nos hace ser levemente optimistas respecto a la posibilidad de que la política recupere algo de legitimidad, y sea posible impulsar una agenda democratizadora.

No cabe duda de que estamos entrando en un ciclo de convulsión, social y política, que nos deparará sorpresas muy desagradables, pero que al mismo tiempo supone una oportunidad. Ante el derrumbe de la globalización y del orden neoliberal, la población estará más receptiva a nuevas ideas. El discurso tradicional progresista es incapaz de ganar el apoyo de la población en estas circunstancias, por lo que debe regenerarse manteniendo sus valores, que según Lakoff son los de una familia protectora.

El nuevo discurso debe fundarse en los siguientes pilares, por orden de importancia:

Primero, la situación de emergencia ambiental. Hay que hacer percibir la gravedad del cambio climático, sexta gran extinción, etc, así como la crisis de recursos. Es la base que permite en parte justificar el resto de medidas.
Segundo, la necesidad de una economía más local.
Tercero, información gratuita. Hay que destruir los monopolios que intentan hacer escasa la información para lucrarse por ello, cuando en realidad es abundante y por tanto debe ser gratuita.
Cuarto, democracia.
Quinto, colaboración internacional para el desarrollo y para el cuidado de los comunes globales.

Si a lo largo de los próximos ocho años se consigue avanzar en esta agenda, quizás en el futuro seamos capaces lograr cambios que a pesar de ser muy necesarios se ven todavía a una gran distancia.

11 comentarios :

  1. Excelente como siempre Jesús. Parece que la globalización empieza a tocar techo. Veremos si como sociedades salimos a bien de este envite o, al final, el cielo cae sobre nuestras cabezas. Saludos.

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    1. Buenas fouche,

      Perdón por la tardanza en contestar. Se agradece el apoyo, como bien dices, el núcleo de este asunto está por ver. Ojalá lo que veamos sea positivo.

      Saludos,

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  2. Me ha gustado mucho el análisis. No obstante, desde mi ignorancia me surge una pregunta. ¿Por qué la reacción ante la globalización tal y como la describes aquí necesariamente pasa por un retorno al estado-nación? ¿No es posible "otra" globalización, más democrática, justa y solidaria? Dicho de otro modo, las instituciones que rigen la globalización (FMI, OMC,etc.) son fundamentalmente de carácter económico, y se constituyen en ausencia de mecanismos de expresión popular, es decir, de forma indirecta. En contraste con ello, los tradicionales estados-nación en Occidente, a través de las democracias parlamentarias, ofrecen formas de expresión del descontento popular que, aunque imperfectas, son preferidas por una parte de la población frente a la ausencia total de democracia en las instituciones globales. El mejor ejemplo es la campaña a favor del Brexit con el lema "Take back control", que, en una postura impregnada, eso sí, de demagogia y xenofobia, abogaba por reforzar el estado-nación británico frente a la UE bajo la premisa de que el gobierno británico es elegido democráticamente por los ciudadanos, y por tanto ellos pueden ejercer control sobre aquél, al contrario de las formas antidemocráticas de los burócratas de Bruselas.

    Mi pregunta es: ¿ no se podría solucionar esto simplemente democratizando las instituciones globales? Por ejemplo, en una suerte de Estados Unidos de Europa en el que el sufragio y los referéndums tuvierantuvieran (en teoría al menos) un mayor peso sobre las políticas a seguir que los grandes poderes económicos.

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    1. Buenas Victor,

      En primer lugar perdón por la tardanza en contestar, no tengo excusa.

      Yo no creo que la reacción a la globalización sea una retorno al estado-nación (hay que tener mucho cuidado con vincular el estado-nación a la guerra, precisamente se creó para alcanzar la paz https://es.wikipedia.org/wiki/Paz_de_Westfalia), al contrario, pienso que hay que volver a la ciudad-estado, más o menos, de forma más precisa a las bioregiones, esos territorios que tienen una geografía similar y que están dividos por accientes geográficos, es decir, una geografía política "natural". Ello no es óbice, es más, es condición necesaria, de una integración del género humano superior, y de toda disolución de diferencias de género, raza, etnia, nacionalidad, etc. Es de sentido común, uno es solidario con otros cuando está seguro y es dueño de su destino. Hay que ser democráticos, y ello implica reducir complejidad en el ámbito de decisión. Ello no es óbice para que exista una cooperación aumentada con otros territorios, la cuestión no es tanto el territorio, sino los ámbitos de decisión, esa es la clave. Desde Bruselas se pretende decidir sobre todo, incluso sobre el tráfico ferroviario, porque se entiende como un bien unificar mercados. Se puede crear unidad sin unificar mercados, esa es la clave. De hecho, según mi punto de vista la única forma de reducir roces y conflictos entre culturas es no unificar mercados.

      ¿Se podrían democratizar las instituciones globales? Mi respuesta es que no. Las instituciones surgen de una situación (Bretton Woods) en la que hay una voz cantante sobre las demás, EEUU, y las instituciones son las que benefician a los que las han creado. Si fuesen democráticas valdría más el voto de India que el de EEUU, y eso sería intolerable para nosotros, porque llevaría a grandes transferencias hacia esos países que dentro de este sistema no es posible justificar.

      Me reitero en los principios que he expresado en el artículo: economia local como forma de que lleguemos a la paz entre todos los seres humanos.

      un saludo,

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  3. Cuanto más extensa y compleja es una organización, más centralizada y jerárquica es para simplemente sobrevivir en el tiempo...Más burocracia, más mediación entre la cúspide y la base institucional.

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    1. Hello Spanish fly,

      Así era, hasta que surgieron las organizaciones en red. hay que mirar eso muy detenidamente y tomar nota, para extenderlo al conjunto de la sociedad y evitar la jerarquía que corroe el bienestar.

      saludos,

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  4. que tal si citas que la ilustración de trump devorando el mundo es la portada de la revista Der Spiegel de hace un par de semanas? Al menos reconoce el derecho de la fuente a ser citada

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    1. Gracias por el apunte. Tomo las imágenes de google y no me fijo de donde provienen, pero es lo suyo es citar la fuente.

      un saludo,

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  5. Para alejarnos del discurso Apocalíptico,que es la globalización, porque se cae la globalización, cuando empezó su caída?.
    Luego otra cosa, cuando esté jarrón-globalizacion se cae,se rompe o rebota?,si se rompe, los trozos son las naciones o habrá una atomización mayor como los individuos-nacion?.

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    1. Buenas,

      Te había contestado y el ordenador o lo que sea ha refrescado la página y he perdido la respuesta. Empezamos de nuevo, la globalización es la integración económica. Visto desde el momento actual puede parecer ridículo, pero hubo un tiempo en el que las economías eran nacionales, el movimiento de capitales estaba muy restringido, y el comercio regulado, poco a poco se han ido quitando esas regulaciones.

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    2. ¿Por qué se cae la globalización? Es lo que intento explicar en el artículo. Siento que no lo hayas entendido.

      ¿Cuando se cae la globalización que ocurre? Pues no lo sabemos, nadie tiene una bola de cristal. En el artículo he planteado algunas cuestiones que creo pueden ayudar a que el resultado sea positivo.

      Lee el artículo anda, luego ya preguntas sobre cosas concretas que no has entendido. Es que leer el título y preguntar porque te da pereza leer el artículo es muy cutre ¿qué quieres que te responda? ¿Que te copie aquí el artículo? Si quieres respuestas a esas preguntas lee el artículo.

      saludos,

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