jueves, 12 de septiembre de 2019

Ciencia y política: Precisiones sobre el debate en torno al camino que debe tomar el activismo ante las grandes incertidumbres del futuro y la estrategia de Extinction/Rebellion




Quiero agradecer a Quim Moncanut, de Facebook, la inspiración para este artículo. Sin sus valiosos comentarios no me habría dado cuenta de que en gran parte la postura de la asociación, y la mía propia, en el debate sobre el camino que puede ser más útil al activismo, en su búsqueda del cambio social, se está malinterpretando. Quim me atribuye una postura “tecnocrática” por apelar al consenso científico.

Más allá de clarificar posturas personales el debate tiene un enorme interés ya que en el núcleo de este está la cuestión de la relación entre la ciencia y la política, y por tanto es fundamental para cualquiera que quiera participar de forma activa en movimientos sociales y eso que se dio en llamar “sociedad civil”. Si la ciencia es la “Verdad”, no queda mucho espacio para la política: “la termodinámica no negocia” se suele argüir. En el otro extremo corremos el riesgo de que se nos presenten como “soluciones simplemente técnicas”, medidas debatibles, sustrayendo de esta forma ese debate a la población.

Es bastante frustrante que te atribuyan una postura tecnocrática cuando, como es mi caso, has dedicado gran parte de tu labor de divulgación y activismo a denunciar los discursos políticos que se revisten de cientifismo para estrechar el marco del debate, haciendo pasar por medidas “técnicas”, lo que en realidad son medidas políticas. En el blog de Autonomía y Bienvivir podéis encontrar artículos muy significativos en este aspecto como Expertos vs. el colectivo, pero donde de forma más recurrente hemos tocado este tema ha sido en el podcast de Ampliando el Debate de la mano de alguno de los mayores expertos de España en la cuestión, como el historiador Carles Sirera. Quien esté interesado puede escuchar programas como Los cuentos de los todólogos, La narrativa de la ciencia y sus límites, La dictadura de los expertos, Científicos al borde de un ataque de nervios o Rebelión y tecnocracia. Pero no he venido aquí a hablar de mi libro, vayamos al grano.


La ciencia posnormal

La ciencia posnormal, o ciencia con la gente (no suena muy tecnocrático ¿verdad?), es la metodología que en varios artículos (1, 2, 3 sin ser exhaustivo) publicados en el blog de Autonomía y Bienvivir se ha defendido como fundamental para abordar los grandes problemas medioambientales de nuestra sociedad.

¿Realmente puede hacerse ciencia con la gente? ¿No es esto un posibilismo ingenuo? ¿No deben decidir los expertos sobre cuestiones que escapan del ámbito del conocimiento de la mayoría de las personas como la energía nuclear? En realidad, no. La ciencia posnormal establece una categoría de problemas, que se pueden representar en un diagrama, en función de la incertidumbre y de los riesgos asociados al problema



Un caso típico de aplicación de la ciencia posnormal sería aquel en el que las incertidumbres son altas, lo que está en juego es muy importante y hay valores en disputa.

¿Por qué ciencia posnormal en este tipo de problemas? Porque la metodología normal de la ciencia no es adecuada y es necesario la creación de una “comunidad de pares extendida”, es decir, el sistema de control de calidad de la ciencia normal (la revisión por pares y otros) es insuficiente, y deben tomarse en consideración la opinión y la información aportada por todos aquellos interesados en el problema (la gente, por eso es ciencia con la gente).

¿Disparate democrático? ¿No es la Verdad sólo una? ¿Qué tiene que opinar entonces la gente? Funtowicz y Ravetz utilizan el símil del laboratorio de Pasteur. En el laboratorio de Pasteur la naturaleza es dominada, allí es posible realizar experimentos en un entorno controlado, donde podemos elegir las variables que queremos estudiar evitando interferencias, y cada experimento tiene una duración determinada. Además, y esto es muy importante, los experimentos son replicables, y por tanto, las hipótesis son falsables. Ello no ocurre en los problemas con lo que lidiamos en la actualidad, así, un hongo que es capaz de acabar con el bacilo del Ántrax en el laboratorio, liberado de forma masiva en el medioambiente se convierte en un gran experimento que no está controlado, ni limitado en el tiempo y termina generando las superbacterias. Una razón más por la que la metodología de la ciencia normal no es adecuada para solucionar los problemas de sostenibilidad, y otros problemas de ciencia posnormal, esta metodología ha contribuido a crearlos.

En la actualidad, la humanidad realiza un gran experimento sobre este planeta, experimento que no es controlado, ni finito en el tiempo y que por supuesto no es reproducible. Los modelos que podemos generar para lidiar con esos problemas no son falsables, porque no hay un Tierra alternativa en la que experimentar, sólo tenemos un planeta. En algunos casos, se añade una incertidumbre adicional, porque los modelos más precisos que son capaces de crear los científicos son intrínsicamente caóticos, lo que añade incertidumbre a nivel epistemológico.

La incertidumbre cambia las reglas del juego. Tenemos información científica relevante para la decisión, pero no hay ningún modelo que se pueda atribuir cierto grado de certeza, dado que hay enormes incertidumbres. Ante la incertidumbre, distintas personas elegirán opciones contrapuestas. Una persona que valore mucho nuestra sociedad y quiera conservarla tenderá a evitar cambios, incluso aunque haya riesgos potencialmente catastróficos pero que no son seguros. Por el contrario, una persona que tenga predisposición hacia el cambio porque no valore nuestra sociedad, estará dispuesta a exigir cambios radicales para evitar la materialización de posibles riesgos futuros. Hay que entender que no hay solución técnica óptima, y que distintas personas están dispuestas a asumir más o menos riesgo.

En la actualidad lo que se observa en los medios y en las redes sociales es a menudo un diálogo de besugos, donde distintos grupos pretender usar la “espada del falsacionismo popperiano” sobre su adversario, para demostrar “científicamente” que se equivoca, y por tanto negar cualquier relevancia a su punto de vista. Se usan mal los estudios científicos, ocultando las incertidumbres asociadas con ellos, y se camuflan los propios valores que le hacen a uno ser más proclive a tener en consideración unos estudios frente a otros. Esta actitud impide avanzar, y es funcional al sistema, que se perpetua mientras las voces discordantes son acalladas en una cacofonía estruendosa.


El Oil Crash como problema de ciencia posnormal

Problemas de ciencia posnormal hay muchos, la utilización de Organismos Modificados Genéticamente, la energía nuclear y el problema de los residuos nucleares, el cambio climático, la sexta gran extinción, y por supuesto el Oil Crash. El Oil Crash no se libra del nivel más elevado de incertidumbre a nivel incluso epistemológico, dado que nunca se podrá cartografiar en detalle todo el planeta y su subsuelo, para conocer los recursos energéticos y minerales (para tecnologías de captación renovable y otras) con total precisión, ni es posible descartar una innovación tecnológica (un cisne negro positivo) que suponga la posibilidad de captar mayor cantidad de energía en el futuro.

¿Cómo actuar ante esto? Debemos poner encima de la mesa las incertidumbres, como por ejemplo expresó Antonio García-Olivares en su artículo El activismo ante las incertidumbres de los grandes riesgos del futuro , y los valores. En el caso particular del que esto escribe, soy partidario de cambios radicales, ante el riesgo de afrontar en el futuro una menor disponibilidad energética, en parte porque no valoro demasiado nuestra sociedad, que permite poca autonomía a los individuos, mientras no soluciona los problemas de la pobreza o aumenta los niveles de felicidad en las sociedades opulentas.

Por tanto, la información que nos presente la ciencia, con una visibilización adecuada de las incertidumbres asociadas, y un uso prudente del principio de precaución, debe usarse como punto de partida para un debate en el que se pongan de manifiesto los valores en conflicto. Soy partidario de que el punto a partir del cual se debata sea el del consenso científico del momento.

El consenso no es un criterio cuantitativo, no consiste en hacer un promedio de los resultados de varios estudios. Tomemos como ejemplo el debate sobre los límites de las renovables, si tenemos cinco estudios distintos sobre el potencial de una determinada tecnología y ninguno da un potencial similar no se trata de hacer un promedio, sino de reconocer que no hay consenso y la incertidumbre es absoluta. Ello no impide tomar decisiones. Pero si tenemos varios estudios que confluyen en determinados valores, y sólo uno que da un valor muy elevado o muy bajo, es posible hablar de consenso y tomar este valor como punto de partida.

Negar la validez de los consensos de la comunidad científica relevante como punto de partida es una pérdida de tiempo y energía que nos llevará al agotamiento, sin conseguir nada a cambio. Los criterios de calidad de la ciencia se basan en la revisión entre iguales, es cierto que hay todo un debate sobre como mejorarlos, y es un debate en el que debemos entrar, no hay duda. Pero mostrar preferencia, como ciudadano, por un estudio que ofrece un resultado frente a otro supone postularse como un miembro de la comunidad científica, un igual. Si todo el mundo hiciese eso es evidente que la ciencia perdería su capacidad de orientación. Además, supone negar de facto que el aprendizaje científico y académico sea útil. Ello nos conduce a una postura que socava la relevancia social del discurso, lo que al final dificulta alcanzar los objetivos políticos planteados.

Esta reflexión nos conduce, nuevamente, a quién sí ha utilizado correctamente la ciencia para una movilización política: Extinction/Rebellion y Fridays for Future. Me centraré en el primero de ellos.


Extinction/Rebellion como ejemplo de buen uso de la ciencia en política

Como supongo que ya sabéis el movimiento Extinction/Rebellion, que ha conseguido un considerable grado de movilización en Reino Unido y otros países de Europa, e intenta conseguir lo mismo en España, exige el cumplimiento de únicamente tres reivindicaciones, que expongo desordenadas. Posteriormente hago mi interpretación personal, según lo expuesto en este artículo:

1. El Gobierno debe contar la verdad sobre el desastre climático inminente, dar marcha atrás en sus políticas incoherentes y trabajar junto a los medios para una efectiva comunicación con la ciudadanía.

Ciencia, ciencia, ciencia. No estamos aquí por capricho, estamos aquí por las llamadas incesantes de la comunidad científica, que exigen que actuemos para lograr cambios radicales a todos los niveles para evitar los grandes riesgos del futuro, que incluyen incluso la extinción del ser humano y el colapso de la civilización.

3. La creación de una Asamblea Ciudadana Nacional para supervisar los cambios necesarios y crear una democracia que funcione

Ciencia, sí, pero ciencia posnormal, ciencia con la gente. No creemos en las soluciones técnicas de los expertos que han contribuido a crear el problema. Ante las incertidumbres, se debe tener en cuenta la opinión de todos (y aplicar el principio de precaución).

2. El Gobierno debe implementar medidas de cumplimiento obligatorio para reducir las emisiones del carbono a 0 para el año 2025 y reducir los niveles de consumo.

Alcanzar emisiones 0 para el año 2025 es muy probable que suponga poner toda la sociedad al servicio de este objetivo, sin embargo, no vamos a pronunciarnos sobre ello, este movimiento incluye personas con mucha predisposición al cambio y otras que lo son menos. No somos comunistas que odiemos el sistema, habrá alguno, pero no todos, sino que reaccionamos para evitar los graves riesgos del futuro.

Las tres reivindicaciones en conjunto son no sólo atractivas, son rigurosas, y ello es el mejor aval. La segunda, tal y como está formulada, permite eludir caer en marcos cognitivos (esto lo explica Lakoff, y es muy conocido, pero aquí tienes un recordatorio, por si acaso) del tipo “capitalismo vs socialismo” que pondrían al movimiento automáticamente a la defensiva, explicando que no son comisarios políticos de la URSS. En lugar de eso se lanza la propuesta de debatir entre todos las medidas necesarias.

Un ejemplo a seguir, no sólo funciona, tiene sentido y es riguroso como respuesta a dos problemas de ciencia posnormal como son el cambio climático y la sexta gran extinción de especies.

jueves, 15 de agosto de 2019

Des-enmarañando el paradigma


En mayo de este año tuve la ocasión de participar en el festival Maranya, al que me invitó Carlos Buj, de Viaje a la Sostenibilidad. El festival se desarrolló en un remoto pueblo de Teruel, y su eje central fue la sostenibilidad. Aquí podéis ver un pequeño vídeo de dos minutos el mismo.


Os recomendaría, si podéis, asistir el próximo año. El festival se basa en compartir, varias personas ofrecemos nuestros conocimientos (sí, ya sé que los míos no son muchos, pero alguno tengo) y cualquiera puede participar en alguno de los múltiples talleres que se ofrecen. Yo estuve realizando una visita a una instalación educativa llamada bioescuela (con bioconstrucciones, huerto, etc), en la presentación de Extinction Rebellion Zaragoza, en un taller de Programación Neurolingüística y en la presentación de la transformación de un proyecto de Permacultura en uno de Regeneración Ecosistémica.

Es interesante el clima que se crea entre todos en este compartir, dicen que recuerda a otros festivales que yo no conozco, basados en los diez principios, como el Burning Man o Nowhere. No sé si ello es cierto, pero es una ocasión de aprender, disfrutar con la música al final del día, y contactar con personas con intereses afines.

Pero la experiencia más enriquecedora para mí fue realizar mi taller, ante un reducido grupo de nueve personas, trabajando el concepto del paradigma sociocultural. El primer reto era interesar a alguien a asistir a un taller sobre un concepto tan aparentemente poco vistoso. Comencé por explicar en qué consistiría, y lo definí de la forma más precisa que pude como una “metodología de intervención social”. Intervención social en el sentido que cualquier activista puede lanzar a la sociedad una propuesta de cambio (podemos pensar en cómo fueron emergiendo prácticas como la ocupación de edificios vacíos, mindfulness, la permacultura, la agricultura regenerativa, la ecología profunda, el uso de entógenos y psicodélicos como herramienta terapéutica, la economía social y solidaria o la ciencia posnormal, por citar ejemplos dispares) y compararla con el paradigma, y de esta forma ver si su proyecto contribuye a cambios culturales profundos.

El primer paso es, evidentemente, identificar el paradigma, y el grueso del taller se centró en esa cuestión. Tras explicar los conceptos teóricos que ya conocéis por este otro artículo, pedí a los participantes que lanzasen sus apuestas sobre cual consideran ellos que es el paradigma sociocultural vigente. Aparecieron cuestiones como el modelo normativo de familia y de pareja, la obligación de tener un trabajo estable (dos veces) frente a vivir con lo que vaya viniendo, o con una vocación como la permacultura, el consumo, la propiedad y jerarquización de saberes y competencias en el ámbito de la creación artística.

Todavía no he lanzado, y razonado en este blog, cual es la narrativa que define al paradigma sociocultural vigente, pero la impresión que me llevé es que los compañeros se quedan en un nivel muy superficial. Esto viene a corroborar los supuestos que hicimos a nivel teórico sobre él, en cuanto se encuentra en el nivel más profundo de sedimentación y representa un punto ciego cognitivo para el individuo y la sociedad en general.

Tras el verano, espero hacer un taller en Madrid un poco más detallado que este, que me ha servido para una primera toma de contacto con la gente al explicar el concepto. El taller necesita de más tiempo, porque aunque el concepto teórico se explica en 10-20 minutos, dependiendo de la profundidad que quieras darle, luego es interesante no sólo ver cual piensan los compañeros que es el paradigma, sino ver como encajan con él algunas intervenciones sociales, y su hipotético potencial contraparadigmático. Informaré a su debido tiempo de este segundo taller, si todo va según tengo previsto.

martes, 23 de julio de 2019

El paradigma sociocultural, una metodología de intervención social

1. Empoderar para trascender paradigmas
Transcender paradigmas es ir más allá de las suposiciones iniciales. Es entrar en el espacio donde los valores, modelos mentales y prioridades cambian.
Donella Meadows, autora de Limits to growth

En un reciente artículo describí la extrañeza que me produjo la visita de la exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos” y que se pudo ver hasta febrero de este año en Madrid, y que en breve podrá visitarse en Nueva York. La extrañeza proviene de estar contemplando con mis propios ojos la puesta en práctica de una forma de pensar que llevábamos tiempo analizando en el podcast Ampliando el Debate, con la ayuda pensadores/divulgadores como David de H-E-F, Rugi Carles o un servidor y generalmente tomando como referencia una serie de autores que incluyen a Lewis Munford, Thomas Kuhn, Theodor Adorno, Max Horkheimer, Jean-François Lyotard, Michel Foucault y un largo etcétera. De forma poco rigurosa vamos a etiquetar a esta serie de autores como postmodernos. La extrañeza sobre todo proviene de qué esta forma de pensar que pude ver plasmada en la exposición, estas ideas, siguen siendo comunes hoy en día, pese a la narrativa contraria ampliamente aceptada de rechazo al holocausto judío. En consecuencia, desde mi punto de vista, estaba contemplando una especie de extraño juego de engaño/alienación social donde se niega de forma explícita lo que se afirma de forma implícita.

Deconstruyendo Auschwitz: las raíces de nuestro afán destructivo, recibió entusiastas alabanzas y críticas furibundas, algo que es normal, porque se trataba de un tentativa apresurada y provocativa de generar una “tormenta de ideas” en torno al paradigma sociocultural moderno, es decir, el paradigma sociocultural en el que vivimos actualmente, y que desplazó al anterior paradigma medieval allá por el siglo XV-XVI, y que, de forma también poca rigurosa, identificamos alcanza una formulación explícita acabada en los voceros de la Ilustración, esa que siguen defendiendo todavía hoy, de forma también poco rigurosa, los voceros del neoliberalismo.

Al hablar de paradigma sociocultural estamos tomando prestado, en un contexto mucho más amplio, el término acuñado por Thomas Kuhn en sus famosas obras La revolución copernicana y La estructura de las revoluciones científicas. Recordemos brevemente lo esencial de los planteamientos del físico norteamericano.

A la concepción del desarrollo de la ciencia de forma lineal, mediante pequeñas aportaciones que van suponiendo un avance, Kuhn opone su concepción de los paradigmas, que evolucionan a través de revoluciones científicas. En concreto, existiría un periodo de ciencia normal durante el cual se van resolviendo enigmas que deja abierto el paradigma, al que seguiría una revolución científica, en el que se plantean nuevos paradigmas para resolver las anomalías, o enigmas persistentes, que se han ido acumulando en el periodo de ciencia normal. El paradigma, define el campo de investigación, los conceptos fundamentales, los modelos teóricos y la metodología utilizada, y requiere la aceptación de la comunidad científica pertinente. Situarse en paradigmas distintos implica que se tienen distintos problemas que resolver, e incluso una concepción distinta de la disciplina científica en la que se trabaja, además de diferencias conceptuales ligadas a diferencias en el lenguaje teórico.


 Así pues, podemos ver el paradigma como un conjunto de proposiciones que guían la investigación, y dentro del cual deben encajar, en el sentido de que deben ser compatibles con él, los resultados y teorías científicas que se van desarrollando. Es interesante señalar que los paradigmas son inconmensurables, no se puede evaluar con una medida común. Pasar de un paradigma a otro implica un cambio global de la percepción y de la producción de significado, lo cual excede ampliamente la lógica. Kuhn documentó este proceso para el paso de la física ptolemaica a la newtoniana.

Es interesante esta característica de la inconmensurabilidad. Un diálogo entre científicos que se sitúan en paradigmas distintos se convierte en un diálogo de sordos, como si hablasen lenguajes diferentes. El paradigma se sitúa más allá de la lógica, podemos imaginarlo como una serie de narrativas que delimitan lo que puede ser pensado y cómo puede ser pensado, en un nivel similar a los axiomas, proposiciones que se aceptan sin demostración previa dado su carácter “evidente”, a partir de las cuales se pueden realizar deducciones, siguiendo las reglas del lenguaje utilizado.

Podemos postular por tanto que estas meta-narrativas no sólo delimitan lo que puede ser pensado y cómo, dentro de una disciplina académica, sino también en un nivel más amplio, el de la cultura de una civilización. Constituirían por tanto, un conjunto de supuestos que orientan el pensamiento y la acción. Es importante tener en cuenta el significado preciso de la palabra “orientan”, en el paradigma sociocultural moderno caben tanto el capitalismo como los socialismos del siglo XX, por tanto no tenemos que pensar en una relación directa de tipo causa-efecto, sino en un marco dentro del cual caben varias cosas. En los párrafos siguientes trataré de definir un poco más como se relaciona el paradigma con una cultura y una sociedad determinada.

Una perspectiva que nos permite clarificar el concepto de paradigma sociocultural es la del biólogo Humberto Maturana, en su libro Fenomenología del Conocer (1983). Para Maturana, que explora los condicionantes biológicos del conocimiento, este se construye socialmente, a través de las distinciones realizadas por el observador. Nos encontramos otra vez con la metáfora del mapa y el territorio, que ya explicó mi compañero Jesús Martín. Como observadores no manejamos mapas de la misma escala que el territorio, porque serían inútiles. Por el contrario, realizamos distinciones, creamos categorías que nos parecen relevantes, las definimos de forma precisa por medio del lenguaje, las medimos, si ello es posible. En el proceso desechamos todo lo que creemos no es relevante, las infinitas distinciones en base a otras categorías que potencialmente podríamos explorar.

Maturana establece un símil entre el punto ciego de nuestra visión, situado en el nervio óptico, y que es “rellenado” por el cerebro, y nuestra percepción de los fenómenos culturales, que también adolece de importantes “puntos ciegos”: los supuestos básicos sobre el ser humano y el mundo de nuestra tradición cultural, que no tenemos delante constantemente, sino que constituyen la base de otras distinciones y percepciones. Hace falta un esfuerzo de reflexión para abstraerse y poder ver lo obvio que tenemos delante.

El paradigma sociocultural estaría formado entonces por meta-narrativas que son implícitas, y que a duras penas es posible visibilizar, solo se harían visibles con un gran esfuerzo, cuando se comparan con otros paradigmas (por ejemplo el paradigma moderno frente al medieval, o una cultura indígena tradicional) o en periodos de crisis. El siglo XX, con la caída en desgracia de la ideología liberal tras la I guerra mundial, el surgimiento del fascismo, el genocidio judío, el socialismo de la Unión Soviética y países afines y el descubrimiento de la bomba atómica y lo que ello significó para el ser humano, habría hecho entrar en crisis el paradigma moderno, y generado todo un pensamiento crítico con él, que de forma coloquial podemos denominar postmoderno, si bien este término tiene ya una connotación peyorativa para los defensores de la modernidad, que lo asocian con “relativismo” o con una espiritualidad vacía o “new age”.

Un término quizás más apropiado podría ser el acuñado por Dussel de transmoderno, ya que no estamos hablando de algo que es posterior a lo moderno (post) o sólo en un sentido cronológico, sino que se sitúa “más allá” (trans), dado que hablaríamos de paradigmas inconmensurables a priori, cuya única posibilidad de mostrar su mayor idoneidad sería demostrar en su puesta en práctica real su fecundidad para la vida. Por otro lado, la división de la historia en la edad antigua, media y moderna, como defendió en su momento por ejemplo Sorokin, es un tanto maniquea y eurocéntrica, por lo que quizás lo que habría desechar es el término “moderno”, y hablar con mayor propiedad, por ejemplo, de paradigma “europeo-cartesiano” o “mecánico cartesiano”, o cualquier mezcla de los adjetivos que mejor pensamos podrían describirlo: cartesiano, newtoniano, mecánico, dualista, eurocéntrico, extractivo, reduccionista, etc. Si así fuese, el paradigma emergente alternativo ya no tendría que denominarse ni postmoderno ni transmoderno, lo cual sería bueno ya que el término “moderno” sigue evocando algo positivo para la mayoría de la población. Salir del marco conceptual de la modernidad puede ser tan necesario como salir del dualismo capitalismo-socialismo que impide pensar la realidad con categorías y distinciones relevantes para la emancipación.

Dejando a un lado estas importantísimas consideraciones semánticas, es interesante ver como la crisis del paradigma moderno que se precipita por los sucesos acaecidos en el siglo XX, y la consiguiente y todavía incipiente pérdida de fe de los intelectuales en el paradigma vigente, guarda un paralelismo significativo con la descripción que hace Kuhn del proceso científico y sus periodos de ciencia normal y crisis paradigmática. Todo ello nos permite ir visualizando el paradigma sociocultural como un concepto que promete ser fecundo como distinción esencial que manejar en los cambios sociales profundos y de calado.

Siguiendo desde una perspectiva constructivista, inherente al enfoque paradigmático, Peter Berger y Thomas Luckman en La construcción social de la realidad (2001) ofrecen otra conceptualización, similar a la de Maturana, que puede ser útil para entender el paradigma sociocultural, la sedimentación, aquello que se retiene como conocimiento de la experiencia total de la sociedad, y que no necesita ser continuamente reconstruido. Existen diferentes niveles de sedimentación, y mientras las comunicaciones cotidianas de los individuos utilizan el conocimiento más superficial, este tiene lugar sobre un inmenso depósito que no se nombra ni aparece en el diálogo. Podríamos postular que el paradigma sociocultural se encontraría en el nivel más profundo, y desde allí condiciona al resto, en el sentido de que el conocimiento sedimentado en niveles más superficiales debe ser coherente con él.

Como vemos, hay distintos trabajos en el ámbito de la historia, biología, la epistemología o la sociología que ofrecen sustento al concepto de paradigma sociocultural. Evidentemente, por su propia naturaleza, dado que es una creación humana que evoluciona en el tiempo, al igual que otros fenómenos sociales, no podemos aspirar a definirlo y demostrarlo al estilo de las leyes de la gravitación universal. La única prueba relevante a la que debemos aspirar, a mi juicio, es que sea útil. En particular, sostengo que este concepto tiene una potencia explicativa muy superior a otras explicaciones parciales de la sociedad y de nuestros problemas, en particular aquellas que se derivan de entender nuestras acciones como determinadas por las leyes del capitalismo. Para probarlo, intentaré dar cuenta desde esta óptica de fenómenos de extraordinaria relevancia (como la crisis de la ciencia o la nueva espiritualidad), difícilmente explicables con otras categorías analíticas.

La relevancia para el cambio social de este concepto es evidente, una vez establecido el paradigma sociocultural, o tanteado más bien, debate que intentaré abrir en estas páginas en breve, se trata de realizar una doble labor, desprestigiar los supuestos en los que se basa el paradigma a sustituir, y poner en marcha prácticas sociales bajo otros supuestos paradigmáticos, que alcancen la máxima difusión posible. En definitiva, nos permite dotarnos de herramientas útiles para la intervención social.

Una distinción, que conviene hacer siguiendo a Sorokin, es aquella entre cultura y sociedad. En una sociedad pueden convivir varias culturas, como pudo pasar, por ejemplo, con la convivencia en España entre judíos, musulmanes y cristianos. También hay que señalar que en un sistema cultural se pueden integrar creaciones culturales ajenas, por ejemplo, en la actualidad tenemos toda la información para reproducir una cultura budista, incluso hay gente que practica parte de sus preceptos, incluso todos, pero nuestra cultura no es budista, ni parece posible que lo sea sin grandes trastornos. Una cosa es disponer de esa información, y otra que se reproduzca masivamente en los comportamientos. Ello implica que en el seno de una determinada cultura se pueden desarrollar sin problema prácticas contraculturales. Sin embargo, las culturas tienden a aceptar y reproducir lo que es similar y rechazar lo que es distinto. Así, por ejemplo, disponemos de la información necesaria para llevar a cabo una ciencia posnormal, y de hecho hay investigadores que la realizan, pero en general de forma muy mayoritaria tendemos a reproducir una ciencia normal, que no nos vale para resolver los problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad, los problemas de sostenibilidad.

Desde el punto de vista del cambio social, una estrategia que parece tendría sentido, es identificar el paradigma sociocultural, lo cual está sujeto a numerosas incertidumbres, y realizar propuestas y tratar de llevarlas masivamente al ámbito del comportamiento. Dadas las enormes incertidumbres que se van acumulando, primero en la identificación del paradigma, posteriormente en el planteamiento de prácticas contraculturales que puedan ser llevadas a la práctica de forma masiva en el ámbito del comportamiento, procede actuar con una estrategia de retroalimentación rápida, es decir, evaluar cuanto antes el resultado de las acciones lanzadas y corregir el rumbo rápidamente en función del resultado, o incluso de desviación positiva, buscar donde se está dando ya el cambio y reproducirlo. Para un desarrollo un poco más amplio de estas ideas podéis leer este artículo.


En artículos posteriores empezaré el debate sobre la identificación del paradigma sociocultural vigente, y también lo haré, y lo he hecho como pronto os contaré, en algunos talleres presenciales y mesas redondas a los que me han invitado a participar por distintos lugares de nuestro país. El artículo reseñado al principio de este artículo fue un primer esbozo apresurado de este paradigma con el fin de estimular el debate y las ideas entre los lectores. Espero que algunos de vosotros quieran acompañarnos en este viaje, muy necesario, y que estamos apenas comenzando.



Fuente principal del artículo

Veinticinco años en pos de un nuevo paradigma sociocultural. Lecciones aprendidas. Cecilia Dockendorff

Fuente secundaria

Las filosofías sociales de nuestra época de crisis. Pitirim A. Sorokin
Análisis de Thomas S. Kuhn. Las revoluciones científicas. Wenceslao J. González


martes, 16 de julio de 2019

Bifurcación



Hace algo más de año y medio que no escribía ningún artículo original para este blog. Mis esfuerzos durante todo este tiempo se han concentrado en mis colaboraciones en Autonomía y Bienvivir y en el diario El Salto, pero las circunstancias de los últimos meses y semanas han hecho que me replantee esto. A partir de ahora volveré a escribir en este blog, y lo abriré también a otros autores, siempre y cuando encuentre a alguien dispuesto a colaborar conmigo.

Valoro de forma positiva el esfuerzo desarrollado todos estos años tanto en Autonomía y Bienvivir como en El Salto y en Ampliando el Debate; sin duda dicho esfuerzo ha dado sus frutos, y ha contribuido (de forma muy modesta claro está) a la eclosión de un nuevo ciclo de protesta focalizado de forma especial en torno a la sostenibilidad. Sin embargo, diversas cuestiones confluyen para que sea hora de replantearnos lo que hacemos.

En primer lugar, al ser el blog de Autonomía y Bienvivir alimentado por un colectivo, establecí el objetivo de publicar un artículo a la semana, con la idea de que, si no había un objetivo de entrega que cumplir, nos relajaríamos mucho, esperando que otra persona publicase, y al final publicaríamos muy por debajo de nuestra capacidad. La estrategia creo que ha funcionado, y hemos cumplido con un ritmo de publicación constante y ambicioso, si bien el esfuerzo ha sido considerable, y ello ha supuesto un gran desgaste a nivel personal para mí, lo cual ha hecho que se resientan otras facetas de mi vida.

Por otra parte, hace aproximadamente un año comencé a concebir que varias posturas sostenidas por personalidades relevantes dentro del irrelevante mundillo de la sostenibilidad limitaban de forma importante el desarrollo de este movimiento. Al expresar mi opinión en forma de crítica, lo cual probablemente era necesario, generé fuertes reacciones de rechazo, similares a las que yo mismo he sostenido en otras ocasiones.

Todo cansa, y una experiencia personal me llevó a rechazar la crítica. En esta etapa de mi vida prefiero dejar la labor de derribo a otras personas que sean más fuertes y estén mejor preparadas para ello. Yo reconozco mis limitaciones, y hago el propósito de expresar en positivo mis ideas, para que sean presa de la crítica de otros.

En este momento me apetece jugar otro papel, todavía más discreto si cabe. Colaborar, dejando a otros que estén en la primera línea. Aplicado este principio a Autonomía y Bienvivir significa dejar que sean otros los que coordinen y organicen, siendo yo me estoy perdiendo descubrir lo que puede lograr el trabajo y la creatividad de otros.

Así pues, declaro inaugurada una nueva etapa de este blog. Iré publicando aquí artículos originales, y también trayendo de vuelta algunos publicados previamente en Autonomía y Bienvivir o en El Salto, y que son importantes para entender la línea que intentaré desarrollar desde esta bitácora. Si tengo suerte espero publicar también por aquí algún artículo de amigos y colaboradores que considere realizan aportaciones interesantes al debate sobre nuestros problemas sociales y sus soluciones.

Bienvenido de nuevo a tu casa.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Deconstruyendo Auschwitz: las raíces de nuestro afán destructivo

El trabajo libera, se leía a la entrada del campo

Aprovechando el paso de la exposición de Auschwitz por Madrid me ha sido posible apreciar de primera mano hasta qué punto esa “fábrica de la muerte” es un producto típico de nuestra civilización. Si la ideología de la modernidad, cuya expresión más elocuente debemos a los filósofos de la ilustración, mostraba una fe absoluta en la “razón” para solucionar los problemas humanos, hasta el punto de que Condorcet pensaba que la ciencia lograría

la infinita perfectibilidad de la especie humana
  
en Auschwitz esa “razón” se puso manos a la obra para solucionar, de la forma más racional y científica posible, el “problema” judío.

Pues, tal y como narra la exposición, aquello no fue la obra de un loco, fue la obra de toda una sociedad, que colaboró activamente en el exterminio sistemático de millones de personas, o en el mejor de los casos simplemente se mostró indiferente ante lo que estaba pasando.


El campo de Auschwitz-Birkenau terminó siendo un mastodóntico campo de exterminio y trabajo forzado. Diariamente llegaban trenes cargados de personas, que eran seleccionadas en el andén. Una pequeña parte era seleccionada para trabajar, y se les permitía vivir como esclavos, en condiciones de extrema dureza. La mayor parte eran ejecutados de forma científica al llegar y sus cadáveres incinerados. A otro pequeño grupo, sobre todo gemelos, se les permitía vivir para servir de cobaya humana en experimentos médicos.


Mientras, el personal que administraba el campo, cumplía sus funciones sin ser perturbados por el enorme dolor y sufrimiento diario allí infringido. Llama la atención como en sus días libres cantaban y se divertían sin el menor remordimiento.




miércoles, 4 de octubre de 2017

Cambiar el sistema

Queremos cambiar el mundo, o más bien encauzarlo, porque el mundo nunca deja de cambiar, pero para ello no basta con tener claro el objetivo, una meta, hay que entender el proceso de cambio, de forma que nuestras acciones sean las más eficaces para alcanzar ese objetivo, o al menos sean coherentes con él.



Fiedrich Engels dijo ante la tumba de Karl Marx que este había descubierto “las leyes de la Historia”. El manifiesto comunista, obra conjunta de ambos autores es una oda a la burguesía y su poder de trasformación de las relaciones de producción. Para Marx y Engels el desarrollo de las fuerzas productivas había conducido a cambios inexorables:

Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio, sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, toda la organización feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaban en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas y se rompieron.

Y así continuaría siendo en el futuro, cuando de la misma forma, el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, que implica necesariamente la creación de una clase proletaria, creará las condiciones que harán que la burguesía tenga que ser eliminada, suprimida, superada. El proletariado se convertirá en clase dominante y esto supondrá la abolición de las relaciones de clase.

El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

La pretensión de Engels y Marx de descubrir las leyes de la Historia es claramente ilustrada, considerar al hombre, aislado o en sociedad, un objeto de estudio científico cuyo comportamiento puede quedar definido por leyes universales como las del movimiento de los astros. Afortunadamente esto no es posible, ya que existe el libre albedrío y el ser humano no puede conocer el futuro, a pesar de ello la coletilla del “desarrollo de las fuerzas productivas” que supuestamente conduciría a la abolición de las clases sociales, quedó firmemente incrustada en el imaginario de los progresistas de izquierdas, espoleando nuestra fe en la solución a todos los problemas a través del crecimiento y de la tecnología.

Ello no quiere decir que no podamos conocer nada sobre cómo se produce el cambio social. Una idea es mirar hacia el pasado, ya que aunque los procesos de cambio del pasado no son una guía para los del futuro, si podemos extraer de ellos algunas lecciones que nos pueden ser útiles. Paul Mason en su libro Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro esboza una explicación causal del cambio del feudalismo a la modernidad, que él denomina capitalismo.

El modelo feudal de agricultura chocó en primera instancia con los límites medioambientales y, a continuación, con un colosal impacto externo: la peste negra. Tras esta, tuvo que soportar una conmoción de índole demográfica: quedaron demasiados pocos brazos para trabajar la tierra, lo que aumentó los sueldos de los supervivientes e hizo inviable el cumplimiento en la práctica del viejo sistema feudal de obligaciones. La escasez de mano de obra también convirtió en necesaria la innovación tecnológica. Las nuevas tecnologías sobre las que se sustentó la ascensión del capitalismo mercantil fueron precisamente las que estimularon el comercio (la imprenta y la contabilidad), la creación de riqueza comercializable (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (las matemáticas y el método científico).
Presente a lo largo de todo ese proceso estuvo algo que parecía secundario en el viejo sistema, pero que estaría destinado a convertirse en la base del nuevo: me refiero al dinero y al crédito. Muchas leyes y costumbres estaban anteriormente erigidas, de hecho, en torno a la idea de ignorar el dinero; en el momento de apogeo del feudalismo, el crédito era considerado pecaminoso incluso. Así que, cuando el dinero y el crédito desbordaron los límites que les imponía ese sistema y crearon uno propio de mercado, hubo una sensación de revolución. El nuevo sistema cobró entonces nuevos bríos gracias al descubrimiento de una fuente virtualmente ilimitada de riqueza "gratuita" llamada América.
La combinación de todos esos factores hizo que todo un grupo de personas que habían sido objeto de persecución o marginación durante el feudalismo -humanistas, científicos, artesanos, hombres de leyes, predicadores radicales... y hasta dramaturgos bohemios como Shakespeare- se situaron a la cabeza de la transformación social. Y en ciertos momentos clave (aunque solo tímidamente al principio), el Estado varió su actitud y dejó de obstaculizar el cambio para favorecerlo.

La explicación es interesante porque nos permite captar como los cambios tecnológicos (imprenta, navegación) se entrelazan con los sociales (perfeccionamiento del crédito entre desconocidos) y con los shocks externos (peste negra, descubrimiento de América) para llevar al sistema a un auténtico punto de inflexión (tipping point) en el que el cambio se desarrolla a gran velocidad (sin olvidar que alcanzar ese “tipping point” fue cuestión de varios siglos de cambio gradual). Concuerda a la perfección con la visión de Hegel, que ya citamos en un artículo:

Así, el espíritu que se forma madura lentamente y en silencio hasta su nueva figura, desintegra pedazo a pedazo el edificio del mundo que lo precede; la conmoción del mundo la indican tan sólo síntomas esporádicos; la frivolidad y el aburrimiento que invaden lo que todavía subsiste, el presentimiento vago de algo desconocido, son los signos que anuncian algo distinto que está en marcha. Este resquebrajamiento continuo que no alteraba la fisonomía del conjunto se ve bruscamente interrumpido por la salida del sol que, en un relámpago, dibuja de una vez la forma del nuevo mundo.

Sin embargo, si por un lado puede aclarar nuestra visión en otro aspecto la oscurece, dado que la descripción está muy anclada en otro concepto que en origen fue marxista pero que en la actualidad goza de aceptación universal, lo que se conoce como “modo de producción”. Según el propio Marx en su Contribución a la crítica de la Economía Política

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, es decir, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social es el que determina su conciencia.

Esta visión mecánica y determinista de la sociedad (muy en la línea de los descubrimientos de Newton para el movimiento de los astros) y por tanto del cambio social, presenta varios defectos. Por un lado el énfasis en las relaciones de producción nos hace perder de vista el resto del sistema, como si los aspectos culturales no tuviesen importancia. A pesar de ello los marxistas sí realizaron una importante labor de prédica, explicando a los trabajadores como eran explotados, en contradicción con los postulados del propio Marx de que la conciencia del hombre está determinada por factores externos y por tanto es irrelevante. Sin embargo, el movimiento obrero terminó disolviéndose a causa de la educación universal, que hacia finales de la década de los años sesenta había conseguido que los hijos de las clases proletarias accediesen a la educación universitaria, y por tanto, tendido un puente que disolvía de forma aparentemente definitiva las diferencias de clase, o las suavizaba. Los neoliberales entendieron mucho mejor que los marxistas cómo funciona el cambio social, y conceptos clave como el deseo mimético, y lanzaron un ataque que en poco tiempo condujo a una auténtica revolución, condenando al marxismo a convertirse, en la práctica, en una molesta pieza de museo. Molesta puesto que sus fétidos restos todavía tienen el poder de capturar los imaginarios de una inmensa mayoría de la población, que vería con agrado un cambio, pero que siente pavor ante el mundo de “instituciones públicas fuertes”, es decir, burocratización racional kafkiana, que les prometen los neomarxistas.

martes, 19 de septiembre de 2017

Miedo, vergüenza, resentimiento y terror: el fracaso de la modernidad

Mientras fenómenos como el cambio climático o la transición energética plantean un reto mayúsculo a la humanidad, esta, lejos de unirse, parece dividirse cada vez más, con el miedo a los enemigos interno y externo creciendo de forma exponencial en lo que parece el preludio de una guerra civil global. Bajo la espuma de la violencia destructiva late un mar de sentimientos negativos y dolor en un mundo de supuesto progreso y prosperidad. Nuestra civilización está fracasando.



El 19 de abril de 1995 un camión bomba explotaba junto a un edificio del gobierno federal en Oklahoma City, EEUU, matando a 168 o 169 personas. Fue el atentado más sangriento de la historia de EEUU hasta que fue superado por el realizado el 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York. Sorpresivamente para muchos, el autor material de los hechos resultó ser un estadounidense blanco, Timothy McVeigh, veterano de la guerra del golfo. El retrato que generalmente se hace de McVeigh es el de un supremacista blanco del centro del país, esos que tienen una esperanza de vida tan baja y que han apoyado a Trump en las pasadas elecciones, aunque fuese por el libre comercio y no por el racismo.

Algunos hechos no cuadran con la caricatura de supremacista blanco que se hace de McVeigh. Estaba arrepentido de haber participado en el tiro al blanco que fue la guerra del golfo y sentía compasión por el enemigo.

No los maté en defensa propia […] Cuando arrebataba una vida humana me daba cuenta de que eran seres humanos, aunque hablen un idioma diferente y tengan costumbres diferentes. La verdad es que todos tenemos los mismos sueños, los mismos deseos, el mismo cariño a nuestros hijos y nuestras familias. Esas personas eran seres humanos en esencia iguales que yo.

En prisión, trabó amistad con Ramzi Ahmed Yousef, autor de un primer atentado fallido contra las torres gemelas. Tras la ejecución de McVeigh, Yousef afirmaría:

Nunca en mi vida he conocido a nadie con una personalidad tan similar a la mía.

¿Qué une ideológicamente a personajes a priori tan dispares? Si hubiese un choque de civilizaciones detrás del auge del terrorismo cabría esperar que los terroristas fuesen personas de otra civilización, en este caso una civilización atrasada y religiosa que se opone a los valores de racionalidad, individualismo, materialismo y tolerancia de Occidente. Sin embargo los terroristas no vienen de pueblos atrasados ni son profundamente religiosos. Como ha ocurrido en los recientes atentados de Barcelona (o como ocurrió en los anteriores ataques en París, Bruselas y Berlín), se trata de jóvenes educados en occidente, en este caso en España. Tal y como ha dicho su educadora social:

Estos niños eran como todos los niños. Como mis hijos, eran niños de Ripoll. Como aquel que puedes ver jugar en la plaza, o el que carga una mochila enorme de libros, el que te saluda y te dejar pasar ante la cola del super, el que se pone nervioso cuando le sonríe una chica.

En realidad son jóvenes materialistas, con escasos conocimientos religiosos, habituados e incluso adictos a las redes sociales, al alcohol y otros estimulantes o depresores del sistema nervioso central. El perfil de un joven de suburbio cualquiera, con la particularidad de que sus padres o abuelos fueron inmigrantes. Tanto McVeigh como los yihadistas son un producto típico de la civilización occidental moderna: fracasados llenos de resentimiento que encuentran sentido a través de la destrucción.