martes, 19 de agosto de 2014

Consideraciones críticas y elogiosas sobre la Teoría Monetaria Moderna



Aprovechando el parón veraniego que se produce en Internet, voy a meterme “en camisa de once varas”, con unas consideraciones críticas, aunque también elogiosas, acerca de la Teoría Monetaria Moderna. No me cabe duda que la postura post-keynesiana, que por ejemplo defiende Juan Laborda en VozPopuli, es la más lúcida de las que tienen eco mediático, si bien hay posturas mejores, como la economía ecológica, que no tienen eco ninguno.

Los post-keynesianos son los principales defensores de la teoría del dinero endógeno, que sostiene que es la demanda de crédito de los agentes de la economía la que determina la cantidad de dinero, y no el banco central. Recientemente esta postura ha cobrado mayor relevancia de cara a la opinión pública, merced a un documento publicado por el Banco de Inglaterra en el que se podía leer “En situaciones normales (tradúzcase por: cuando no hay una crisis), el banco central no fija la cantidad de dinero en circulación, ni el dinero del banco central “es multiplicado” en más préstamos y depósitos”

¿Cuál es la relevancia de esta afirmación? Los despistados ciudadanos poco a poco vamos tomando conciencia de que los bancos crean dinero, en sentido amplio, al realizar sus préstamos. Usualmente se suponía que esto seguía el proceso conocido como “reserva fraccionaria”, es decir, los bancos creaban créditos por importe superior a las reservas de las que disponían ¿Reservas de qué? De dinero bueno, de base monetaria, que crean los bancos centrales, que originalmente era la deuda del Rey, aunque por una lamentable confusión durante un tiempo se confundió con el oro. Los bancos lo que harían sería multiplicar estas reservas un cierto número de veces. Lo que nos dice el Banco de Inglaterra, sin embargo, es que esto no es así. Los bancos crearían crédito según la demanda del mismo, y el banco central iría detrás, creando reservas para cuadrar las cuentas. El multiplicador monetario es un mito.
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Aquí cabe recordar que fue Frederick Soddy, predecesor de la economía ecológica, quien primero planteó de manera informal esta teoría, dando una gran relevancia al poder que ello confería a los banqueros. Citando a Soddy en The Role of Money

El banquero como gobernante.- De esta invención data la moderna era del banquero como gobernante. Después de ello el mundo entero quedó a su disposición. Mediante el trabajo de auténticos científicos las leyes de conservación de la materia y la energía fueron establecidas, negando pueriles y primitivas aspiraciones de movimiento perpetuo y la posibilidad de tomar algo por nada. Toda la maravillosa civilización que había florecido sobre esta base física ha sido entregada, represada, a esos quienes no podrían dar y no han dado al mundo ni una castaña sin antes robar algo de él... Los habilidosos creadores de riqueza [en la industria y la agricultura] son ahora leñadores y aguadores de los creadores de deuda, que han estado haciendo en secreto lo que condenaban en público como finanzas poco sólidas e inmorales y siempre han rehusado permitir a los gobiernos y naciones hacerlo abiertamente y de forma sincera. Esto, sin exageración es la más pantagruélica farsa que la historia ha visto alguna vez.

Soddy también anticipó el concepto de deflación por deuda, que posteriormente sería popularizado por Irving Fisher:

1. Un periodo en el que el aumento de dinero (a través de más préstamos bancarios emitidos, en promedio, de los que son repagados) se produce más rápido que el aumento de la riqueza virtual (es decir, la cantidad de dinero que la comunidad sostiene absteniéndose así de adquirir riqueza real) y, por tanto, los precios están subiendo […]
2. A pesar de que todos los demás precios están subiendo, el del oro esta arbitrariamente fijo. Esto, en sí mismo, significa que el oro cae en valor con relación al resto de bienes […]
3. El banquero ahora disminuye la cantidad de dinero en existencia mediante la no renovación de sus préstamos tan rápido como se reembolsan. Estos préstamos, contraídos en un período de aumento de precios, ahora tienen que ser reembolsados en un período de caída de los precios de manera que, a través del cambio en el poder adquisitivo de la moneda y al margen de los intereses pagados por el préstamo, los bienes y los servicios que tienen que ser abonados por los deudores para obtener el dinero para pagar siempre deben ser en promedio superiores a los obtenidos por ellos con el dinero que les prestaron. Antes de que una parte importante de estos préstamos se pueda pagar, se hace imposible obtener el dinero, es decir la venta de bienes, excepto con pérdidas ruinosas para los productores. De ahí que algunos de ellos deben declararse en bancarrota. La garantía del préstamo es vendida por el banco, o bien, si ahora no alcanza la cantidad para pagar la deuda, expropiada por ellos.

Sin embargo, hasta aquí llegan las similitudes, para Soddy y para la economía ecológica existe un problema institucional, se debe cambiar la forma en que se crea el dinero, ya sea a través del dinero positivo (que yo llamé “dinero libre”, aunque he asumido que no será conocido por ese nombre) o del localismo monetario; para los post-keynesianos, si hay algún problema este es de política económica, debe cambiarse la forma de actuar del gobierno y el estado.

Una vez establecido que el dinero se crea de forma endógena, la Teoría Monetaria Moderna hace especial hincapié en el monopolio del estado sobre su moneda, o soberanía monetaria. El crédito creado por los bancos es un pasivo para una persona y un activo para otra, por tanto si lo agregamos su valor neto es cero. Por el contrario el estado puede crear activo financieros netos, en forma de billetes, monedas o reservas en los bancos comerciales y es el completo monopolista de los mismos, nadie más puede hacerlo. Un estado soberano monetariamente siempre puede hacer frente a sus deudas si están contraídas en su propia moneda, sólo necesita “imprimir” dinero. En efecto, suponiendo que las deudas de Marruecos (país soberano monetariamente) están denominadas en Dírhams marroquís, es sencillo comprender que dado que Marruecos puede crear tantos Dírhams como se le antoje, siempre podrá honrar sus deudas.

Lo primero que llama la atención es la aparente incongruencia entre la teoría del dinero endógeno y la afirmación acerca del monopolio del estado sobre su moneda. En realidad no existe tal incongruencia, la teoría del dinero endógeno juega un papel fundamental dentro de la Teoría Monetaria Moderna, tal y como nos explica Dan Kervick (la negrita es mía)

Este modelo monetario endógeno lo que nos dice esencialmente es que impulsos en los saldos de reservas no “traen consigo” más préstamos y más depósitos a la vista en la economía real. Más bien es la demanda de crédito y de depósitos a la vista lo que generalmente “trae consigo” más saldos de reservas de la Fed, a fin de acomodarse a los deseos del mercado. Los mecanismos causales que operan aquí significan que los bancos centrales pueden –en principio— interrumpir la expansión del préstamo negándose a suministrar los saldos de reservas adicionales en demanda. Pero no puede hacer mucho para estimular la expansión del préstamo inundando el sistema bancario con más saldos de reservas. La vía por la que el Estado puede impulsar la demanda de crédito es impulsando la demanda del consumo. Y lo hace sirviéndose del canal, más activo, del Tesoro para gastar dinero directamente en las cuentas de depósito de la gente, no utilizando el canal de la Fed. Esa imagen es plenamente congruente tanto con la tesis del dinero endógeno como con la tesis del monopolio monetario.

Las actuaciones del banco central no tienen efectos en el sistema financiero, no se traducen en la concesión de un “exceso” de créditos, por lo tanto no dan lugar a burbujas financieras. Uniendo ambos hechos, el dinero endógeno y el monopolio del estado sobre su moneda, se deduce que los déficits del estado no son tan malos como nos cuentan, siempre se pueden pagar imprimiendo moneda, y ello no tendrá ningún efecto adverso, todo lo contrario, al inyectar saldos en las cuentas del sector privado conseguimos que este ahorre (de hecho se puede demostrar que si no consideramos el sector exterior sin deuda pública no podría existir ahorro neto privado) ¿Y qué necesitamos en situaciones de alto endeudamiento privado? Reducir deuda, es decir ahorrar, por tanto los déficits públicos no sólo no son malos, son la solución a las situaciones de alto endeudamiento, como la presente.

El razonamiento hasta ahora no puede ser más sencillo y correcto, si bien hay que reconocer que podría haber algún efecto adverso en forma de devaluación e inflación. Al proporcionar dinero al sector privado aumentará la demanda, y esto hará que aumenten las importaciones (parte de los bienes adquiridos habrán sido producidos en el extranjero), saldrá más dinero al exterior, y la moneda tenderá a devaluarse, al aumentar su oferta en los mercados internacionales. Los productores extranjeros pedirán más dinero por sus bienes y aumentará la inflación.

Si bien esto no tiene que ser un drama, especialmente cuando la bota del rentista nos oprime con fuerza, es necesario ponerlo en nuestro contexto actual, un mundo topando con algunos límites en la extracción de recursos. Cabe recordar lo que ocurrió en los 70, con las crisis del petróleo, nos lo cuenta Ariel Francais en El crepúsculo del estado-nación (la negrita es mía)

La crisis petrolera de 1973 desencadenó desequilibrios comerciales y financieros, un proceso acumulativo de reestructuración de los sistemas energéticos y de los aparatos productivos, una ola de políticas deflacionarias y la explosión del desempleo. Para amortiguar el impacto del aumento del precio del petróleo y reducir su dependencia energética a largo plazo, los países consumidores tuvieron que adoptar políticas de ahorro de energía en gran escala y de sustitución del petróleo con la promoción de fuentes de energía nuevas y alternativas que todavía se implementan. A corto plazo, sin embargo, la respuesta inmediata a la crisis petrolera --más allá de las reestructuraciones y las inversiones requeridas para disminuir la dependencia energética a largo plazo--, fue el desencadenamiento en gran escala de políticas deflacionarias con el objetivo de limitar el desequilibrio de las cuentas externas y frenar la inflación. Por otro lado, la acumulación de petrodólares generada por la crisis indujo otros desequilibrios en la esfera financiera, pues alimentó la contratación de deudas en los países en vías de industrialización. El endeudamiento consecuente afectaría dramáticamente al mundo en desarrollo en la década de los ochenta.

El problema en los 70 era que ciertas materias primas estratégicas, como el petróleo, habían quedado distribuidas de forma desigual, concentradas en un número limitado de países. Este hecho en la actualidad es todavía más acusado, y ya no se reduce a los hidrocarburos, sino que incluye gran número de metales, fosfatos para la agricultura, carbón, pesquerías, madera, e incluso desde una perspectiva más amplia el agua y la tierra fértil (no olvidemos que los graneros de Roma están llenos de polvo y arena). Esta fragmentación de los recursos indujo la formación de un mercado mundial, y la competencia entre las distintas industrias nacionales, que condujo a la especialización y concentración de las mismas. Todos estos procesos nos han hecho más dependientes del exterior, y en consecuencia menos resilientes.

De todo ello se deduce que la aplicación de políticas de demanda, inyectando dinero a través del canal de tesoro, induciría inflación a través del sector exterior, como ocurrió en los setenta. Y aquí, como en los venenos y las medicinas todo depende de la dosis, una inflación del 4-5% durante 4 o 5 años aliviaría la situación de la gran cantidad de ciudadanos cuya deuda es superior a su riqueza, y de esta forma terminaría beneficiándonos a todos, por ejemplo, reduciendo el número de desempleados. Sin embargo, debemos ser realistas, no es posible lograr una situación de pleno empleo tan sólo a través de este mecanismo sin grave riesgo de perder el control sobre la inflación.

Otro pequeño punto débil de esta teoría lo encontramos en la necesidad de contraer deudas tan sólo en tu moneda. Esto puede ser relativamente sencillo para un estado como el español, pero es más complicado para los usuarios de la moneda de ese país. Poca duda cabe que el proceso antes descrito de fomento y desarrollo de un mercado mundial de mercancías se realizó paralelamente a la creación de un mercado mundial de capital, mercado que había desaparecido en los años 30 del pasado siglo para resurgir en los años 70 con el fin de la convertibilidad del dólar en oro y el auge de los petrodólares. Este mercado también se puede explicar en parte por la desigual concentración de los recursos que se hizo patente de forma fortuita en los años 70, y la necesidad de disponer de capital allí donde estos se encuentren (no hay que olvidar que los hidrocarburos absorben una porción significativa del capital global), si bien factores políticos y monetarios influyeron tanto en su creación como en la forma concreta que adoptó.

Como consecuencia de este proceso es evidente que muchos agentes se han hecho usuarios de otras monedas que no son la nacional, y han contraído deudas en ella. Es lo que podríamos llamar el imperialismo monetario, frente a la soberanía monetaria. Esto implica que los estados generalmente no pueden permitirse cualquier tipo de cambio, la devaluación eleva las deudas en otras monedas, y el riesgo de arruinar a algunos de sus ciudadanos y empresas (generalmente influyentes) supone un límite importante a los saldos que el estado puede inyectar en las cuentas privadas.

Recientemente hemos visto como el banco central turco elevaba sus tipos de interés al 12% ante la salida de capitales y el deterioro del tipo de cambio. En un artículo anterior, en el que analizábamos desde otra perspectiva gran parte de estas cuestiones, vimos como países de la OCDE como Suecia, Finlandia o Corea del Sur se vieron forzados a una subida de tipos de interés y una política monetaria restrictiva, al sufrir sus respectivas crisis. En ese artículo mostrábamos la siguiente gráfica, realizada con los datos del Banco Mundial, que muestra el valor promedio del tipo de interés de los préstamos bancarios a lo que se denomina “cliente premium”, siendo t el año de la crisis, 1992 para Finlandia y Suecia y 1997 para Corea del Sur.


El interés de los bonos del tesoro muestra la mista tendencia, al menos en el caso de Suecia (no dispongo de datos para los otros dos países)


Por último, cabría citar la contradicción que supone, en un entorno de escasez y creciente concentración desigual de materias primas, arreglar los problemas de distribución a través del gasto, es decir, la demanda. Esto podría mitigarse en gran medida si el gasto se utiliza en desarrollar los recursos locales, aprovechando mejor el capital natural disponible, e incluso mejorándolo.

Reconociendo, por tanto, la bondad de la aplicación prudente de estas medidas, cabe considerar otras que no sean tan sólo paliativas, sino que corten el mal de raíz ¿Por qué salvar a los deudores a costa de una cierta inflación, si podemos salvarlos sin ella y además evitar nuevas expansiones de crédito sin fundamento en la economía real, eliminando al mismo tiempo una de las causas principales de la concentración del ingreso de forma desigual? Esto es lo que se propone el dinero positivo.

Sería injusto cerrar aquí el artículo sin mencionar otra medida fundamental que se deduce de los planteamientos post-keynesianos: las quitas de deuda. El problema que se plantea con las quitas dentro del sistema actual es que la deuda es el ahorro de otra persona, que a su vez podría entrar en insolvencia ante una reducción de sus activos, lo que podría precipitar un efecto en cascada .

En esas condiciones, parece razonable una intervención pública tendente a ordenar y encauzar el proceso. En un documento reciente, y que sería merecedor de un análisis más exhaustivo, el FMI glosa el resultado de experiencias similares, como las realizadas en Estados Unidos durante la Gran Depresión mediante el “Home Owners Loan Corporation” (HOLC).

Se trató de un auténtico banco malo, como el SAREB español, pero que en lugar de comprar inmuebles embargados a los bancos compró hipotecas en riesgo de impago, con un descuento. Ello permitió a HOLC realizar quitas en el principal de las hipotecas, o reducir las tasas de interés, reduciendo de esta forma la deuda de las familias a un coste bajo para el contribuyente. Todo lo contrario que nuestra SAREB, cuyo objetivo es ayudar sólo a bancos e inmobiliarias, y que según anticipamos en este blog, tendrá un coste alto para la ciudadanía, dados los insuficientes descuentos que se aplicaron en la compra de los activos. Dicha previsión parece estar cumpliéndose, aunque con toda seguridad se hará público de forma paulatina.

miércoles, 25 de junio de 2014

Ni globalización ni nacionalismo: Internacionalización


Estamos viviendo un auge inusitado del nacionalismo, que en algunos casos se está materializando en el ascenso de partidos “antisistema”, como el Frente Nacional en Francia o UKIP en Reino Unido, en otros en forma de movimientos secesionistas, como los de Cataluña, Escocia o las regiones pro-rusas de Ucrania, y por último, también se manifiesta en forma de restricciones a la entrada de extranjeros. Incluso extranjeros del llamado primer mundo, como los españoles, pueden ver su entrada restringida en Suiza, junto con la del resto de europeos (de momento han empezado con los croatas), o son expulsados de Bélgica sin demasiados miramientos, simplemente por no disponer de empleo, aun después de años de residencia.

El auge del nacionalismo no es contradictorio, ni mucho menos, con el proceso globalizador, más bien parecen estar relacionados, y ser las dos caras de la misma moneda. Aunque el nacionalismo y la globalización se nos presentan como principios opuestos y excluyentes, como dos opciones entre las que habría que elegir, bien se podría argumentar que en realidad están estrechamente vinculados: el nacionalismo parece surgir como consecuencia de la globalización. La razón, obvia, es que la globalización es el intento de establecer una reglas fijas y universales para las relaciones económicas entre naciones, en definitiva, un racionalismo económico al que quedaría supeditada la soberanía nacional. Citando a Herman Daly

La globalización, considerada por muchos como la ola inevitable del futuro, se confunde a menudo con internacionalización pero es, de hecho, algo totalmente diferente. La internacionalización se refiere al incremento de la importancia del comercio internacional, las relaciones internacionales, tratados, alianzas, etc. Inter-nacional, por supuesto, significa entre naciones. La unidad básica continúa siendo la nación, aun cuando las relaciones entre naciones sean cada vez más necesarias e importantes. La globalización se refiere a la integración económica global de muchas antiguas economías nacionales convertidas en una economía global, principalmente por el libre comercio y la libre circulación de capitales, pero también mediante una migración fácil o, incontrolada. Es la efectiva erosión de las fronteras nacionales por motivos económicos. Lo que era internacional deviene interregional. Lo que era gobernado por la ventaja comparativa ahora es dictado por la ventaja absoluta. Lo que era muchos se convierte en uno. La misma palabra “integración” deriva de “entero”, significa uno, completo o, todo. Integración es el acto de combinar en un todo. Debido a que debe haber un todo, una sola unidad con referencia a la cual las partes se integran, se sigue que la integración económica global implica lógicamente la desintegración económica nacional. Por des-integración no quiero decir que la dotación industrial de cada país es aniquilada, sino que sus partes son arrancadas de su contexto nacional (des-integradas), para ser re-integradas en un nuevo todo, la economía globalizada. Como dice el refrán, para hacer una tortilla tienes que romper algunos huevos. La desintegración del huevo nacional es necesaria para integrarlo en la tortilla global.

jueves, 5 de junio de 2014

La utopía de la inclusión: 1. El problema


No hay como volver la vista atrás para valorar las tendencias que sigue el mundo, de forma lenta pero hasta ahora claramente definida. En 1999, en la llamada batalla de Seattle, conocimos la existencia de los antisistema, que nos dijeron debíamos valorar como un anacronismo, un sedimento del pasado, radicales que no aceptaban de buen grado que habíamos, por fin, alcanzado el fin de la historia. Una década y media después, el grupo de antisistema sigue engordando a derecha e izquierda, y de repente recordamos que la política y la sociedad no son un mero apéndice de lo único importante: la economía.

En estos años hemos sido sacudidos por una crisis económica descomunal, de proporciones desconocidas hasta ahora ¿verdad? Según datos del Banco Mundial nuestro PIB por habitante ha pasado de 26.927 dólares en 2007 a 24.817 dólares en 2012, a precios constantes. Hemos perdido casi un 8% de muestra renta media, volviendo  a la que teníamos en 2002. Sin embargo en ese año se decía que “España va bien”, y hoy por el contrario nadie se atrevería a afirmar semejante cosa.

¿Por qué estamos tan mal ahora con el ingreso promedio que hace una década no nos parecía para nada inadecuado? Aceptando que había cierta dosis de demagogia en la afirmación de que las cosas iban bien, hay que reconocer que no existía la sensación de drama nacional que ahora percibimos por doquier. La respuesta a esta aparente paradoja es sencilla, se trata de la desigualdad. Según Thomas Piketty, autor del libro de moda, si la distribución del ingreso es tremendamente desigual, lo es todavía más la riqueza. Dado que usamos riqueza (tierra, edificios, dinero, máquinas) para producir aquello que necesitamos para sobrevivir y para el disfrute de la vida, el que esta esté acaparada en unas pocas manos plantea un problema enorme, poniendo en riesgo la propia supervivencia de la sociedad y de la mayoría de sus individuos. El mercado de trabajo es la institución encargada de solventar esta dificultad. A través del empleo conseguimos el ingreso que nos permite sobrevivir y disfrutar de la vida.

lunes, 26 de mayo de 2014

La insostenibilidad de los sistemas de precios


Tras debatir con algún panglossiano sobre los sistemas de precios, me aparto un poco de la línea que tenía trazada para realizar un breve artículo sobre esta cuestión, que es tan sólo un corolario de la exposición realizada en De la mirada del broker a la del astronauta: causas profundas de nuestra crisis económica, pero corolario que creo puede tener cierto interés, dada la enorme confusión que existe al respecto.

Incluso aquellos que son críticos con la idea del crecimiento ilimitado, asumen que un sistema de precios puede contribuir de forma significativa a la sostenibilidad. Asumen por tanto el argumento de los economistas, que fue expresado de la siguiente forma por Paul Samuelson:

La omisión fundamental en los modelos de Meadows y Forrester es la escasa atención que en ellos se presta al efecto de la escasez sobre el precio y el uso. En el mundo real, cuando los recursos comienzan a escasear y los cuellos de botella del aprovisionamiento comienzan a lentificar las tasas de crecimiento, como ocurre en la simulación de Forrester, los precios concretos suben.

Lo primero que se podría alegar ante esto es ¿y qué? ¿Qué implica que suba el precio? Lo que está implícito en este razonamiento es que la señal de la subida del precio nos da los incentivos adecuados para encontrar una solución. Los economistas se creen esto a pies juntillas, y sin embargo, como es obvio, aun teniendo los incentivos adecuados podemos ser incapaces de encontrar las soluciones adecuadas, el futuro no está escrito, y nadie nos garantiza encontrar soluciones a todos los problemas, y mucho menos en el plazo que a nosotros nos resulta conveniente, entre otras cosas porque puede haber problemas sin solución. Esto se suele obviar y se echa una manta metafísica sobre la cuestión, al final la idea de progreso funciona de forma similar a la idea de Dios.

miércoles, 7 de mayo de 2014

El insostenible crecimiento de la economía española


Hace un par de años, dejando a un lado problemas más profundos de índole estructural, pusimos nombre a los males más inmediatos y urgentes que aquejaban la economía española; sufríamos lo que en la jerga económica y financiera vienen llamando desde que comenzó la globalización un “Sudden Stop”, que definíamos de la siguiente forma:

Un ajuste del déficit por cuenta corriente provocado por el exterior. Hablando claro, como país nadie nos presta un penique, necesitamos esa financiación, y como no la tenemos, está cayendo la demanda interna, el consumo, la inversión, el empleo y los salarios. 
Es un proceso que se viene repitiendo en muchos países desde los años 80, una crisis típica de la época de la libertad de movimiento de capital: Suecia, Noruega, Finlandia, México, Tailandia, Indonesia, Malasia, Filipinas, Corea, Rusia, Brasil, Argentina, Turquía, son algunos ejemplos.


Hay tres razones fundamentales para que exista esta crisis de liquidez y la deuda española sea cara:  
a) La situación del sistema financiero, que le impide captar pasivo con el que dar crédito, tanto al estado como a toda la economía. 
b) El riesgo de ruptura del euro, que ha provocado un auténtico “bank run” en la eurozona. Eso hace que el pasivo del sistema financiero español no sólo no crezca sino que disminuya. 
Y por último 
c) El balance del país, público y privado, con un desequilibrio exterior muy grande y por tanto muy apalancado sobre la deuda externa.

Diagnóstico que resultó, aunque esté mal que yo lo diga, bastante certero. España se había comprometido con Europa a atajar el problema del sector financiero, el primero de los mencionados en esa lista, y tras firmar las condiciones de un paquete de ayuda, y por encima de todo, formarse un nuevo gobierno en Grecia que garantizaba el cumplimiento de las obligaciones financieras del país heleno, el BCE se decidió por fin a actuar. Mario Draghi afirmó aquello de que haría “lo que fuese necesario, para salvar el euro”, y el segundo problema de la lista se desvaneció, con resultados espectaculares. Desde esa fecha, las condiciones de financiación mejoraron de forma paulatina, pero vigorosa, lo cual parece indicar que nuestro análisis era acertado.

miércoles, 9 de abril de 2014

De la mirada del broker a la del astronauta. Causas profundas de nuestra crisis económica.


Necesitamos historias para explicar el mundo. Sin narraciones, sin atribuir un valor y contenido simbólico a nuestras obras, no sabríamos cómo actuar. Entendemos el dolor de Hamlet, cuando su madre se casa con el hermano de su padre, un mes después de la muerte de este, pero no por ello podemos definirlo como “natural”, más bien al contrario, está condicionado por nuestras narraciones sobre el mundo. Para muestra, este diálogo acerca de la obra de Shakespeare entre una antropóloga y un grupo de indígenas:

«En nuestro país el hijo sucede al padre. Pero en este caso, fue el hermano menor del jefe muerto el que se había convertido en jefe, y además se había casado con la viuda de su hermano mayor tan sólo un mes después del funeral.»
«Hizo bien»
, exclamó radiante el anciano, y anunció a los demás, «Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como nosotros. En nuestro país», añadió dirigiéndose a mí, «también el hermano más joven se casa con la viuda de su hermano mayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos».

Periódicamente me viene a la memoria el final del documental “Surviving Progress”, basado en la obra “Breve historia del progreso” del antropólogo Ronald Wright, y que comentábamos en el artículo “El fin del crecimiento ¿La era de la moderación o de las consecuencias?”. Muy inteligentemente, Wright nos plantea una hipótesis plausible sobre el fin de la civilización Maya. Existiría un contrato social implícito, según el cual una de las funciones de la élite político-religiosa sería interceder ante los dioses para asegurar protección a las cosechas contra los infortunios del destino. Aunque esto se ve muy lejano, en realidad no es muy diferente al pensamiento de muchos de nuestros contemporáneos, que piensa que hay algo llamado “políticos” cuya función es velar por la existencia de “puestos de trabajo” que garanticen a las personas ser incluidas en el reparto de la producción.

¿Qué harían los Mayas cuando la erosión del suelo y la escasa fertilidad de la tierra provocasen una mala cosecha tras otra? ¿Construirían nuevos templos, incrementarían el número de sacrificios para calmar a los dioses? El lado negativo de atribuir un contenido simbólico a nuestros actos es que nos hace tremendamente resistentes al cambio. Parecemos incapaces de actuar movidos por la realidad desnuda, y por tanto necesitamos crear un nuevo ropaje simbólico antes de actuar de otra forma.

En aquel artículo preguntábamos: ¿Dónde están los castillos y palacios del siglo XXI? ¿Cuál es el oscuro arcano cuyo dominio es potestad de la élite, y que restablecerá de nuevo el crecimiento? La respuesta es posiblemente muy compleja, pero para empezar a atisbarla tendremos que cambiar nuestro punto de vista, desechando como intranscendentes cuestiones que ahora nos parecen de vital importancia, como el PIB o los puestos de trabajo. La narrativa que adoptábamos en un mundo relativamente vacío, la de los conquistadores, colonos, cowboys, emprendedores, brokers, debe cambiar a la de un mundo relativamente lleno, un astronauta en su nave espacial.

jueves, 6 de marzo de 2014

Dinero libre y sostenible, la solución a los desahucios y a la deuda pública


En este artículo vamos a analizar cómo haríamos la transición desde nuestro sistema monetario de dinero crédito bancario (como ya sabemos la mayor parte del dinero que usamos está en forma de depósitos en cuentas bancarias, que son creados mediante préstamos bancarios) a un sistema de dinero públicamente emitido libre de deuda. Comprobaremos que esta reforma sencilla, técnicamente estudiada, que se podría realizar con tan sólo unos pocos cambios legales, nos ofrece además una serie de ventajas secundarias que nos pueden ser muy útiles en estos momentos. Ventajas de enorme calado, con ganancias en cuanto al bienestar y la equidad, pero cuya importancia superior sea tal vez a nivel moral, pues restablece un principio de justicia, de dar a cada uno lo suyo, evitando lo que tantas veces en la historia de nuestra sociedad se ha intentado definir de formas diversas, como “el ingreso no ganado” de Henry George, o “los falsos derechos” de Maurice Allais, o directamente “la usura” de Stephen Zarlenga.

Recordemos las medidas que habría que tomar, tal y como eran definidas por Frederick Soddy

La emisión y retirada de dinero deben ser potestad de la nación, realizarse en función del interés general, y debe cesar por completo de proporcionar beneficios a las corporaciones privadas. El dinero no debe devengar intereses a causa de su existencia, tan solo cuando es realmente prestado por su legítimo dueño, que lo da al prestatario.
Una parte muy importante de la deuda nacional debe ser cancelada y la misma suma de dinero Nacional emitido para reemplazar el crédito creado por los Bancos.
Los bancos deben ser obligados a mantener reservas de 'Moneda Nacional' dólar por dólar por cada dólar depositado en ellos, a excepción de los depósitos que están genuinamente 'invertidos', y no estén disponibles para ser utilizados como dinero.