No hay como volver la vista atrás
para valorar las tendencias que sigue el mundo, de forma lenta pero hasta ahora
claramente definida. En 1999, en la llamada batalla de Seattle, conocimos la
existencia de los antisistema, que nos dijeron debíamos valorar como un
anacronismo, un sedimento del pasado, radicales que no aceptaban de buen grado
que habíamos, por fin, alcanzado el fin de la historia. Una década y media
después, el grupo de antisistema sigue engordando a derecha e izquierda, y de
repente recordamos que la política y la sociedad no son un mero apéndice de lo
único importante: la economía.
En estos años hemos sido
sacudidos por una crisis económica descomunal, de proporciones
desconocidas hasta ahora ¿verdad? Según datos del Banco Mundial nuestro PIB por
habitante ha pasado de 26.927 dólares en 2007 a 24.817 dólares en 2012, a precios constantes.
Hemos perdido casi un 8% de muestra renta media, volviendo a la que teníamos en 2002. Sin embargo en ese
año se decía que “España va bien”, y hoy por el contrario nadie se atrevería a
afirmar semejante cosa.
¿Por qué estamos tan mal ahora
con el ingreso promedio que hace una década no nos parecía para nada
inadecuado? Aceptando que había cierta dosis de demagogia en la afirmación de
que las cosas iban bien, hay que reconocer que no existía la sensación de drama
nacional que ahora percibimos por doquier. La respuesta a esta aparente
paradoja es sencilla, se trata de la
desigualdad. Según Thomas Piketty, autor del libro de moda, si la distribución del ingreso es
tremendamente desigual, lo es todavía más la riqueza. Dado que usamos
riqueza (tierra, edificios, dinero, máquinas) para producir aquello que
necesitamos para sobrevivir y para el disfrute de la vida, el que esta esté
acaparada en unas pocas manos plantea un problema enorme, poniendo en riesgo la
propia supervivencia de la sociedad y de la mayoría de sus individuos. El
mercado de trabajo es la institución encargada de solventar esta dificultad. A
través del empleo conseguimos el ingreso que nos permite sobrevivir y disfrutar
de la vida.
