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miércoles, 4 de octubre de 2017

Cambiar el sistema

Queremos cambiar el mundo, o más bien encauzarlo, porque el mundo nunca deja de cambiar, pero para ello no basta con tener claro el objetivo, una meta, hay que entender el proceso de cambio, de forma que nuestras acciones sean las más eficaces para alcanzar ese objetivo, o al menos sean coherentes con él.



Fiedrich Engels dijo ante la tumba de Karl Marx que este había descubierto “las leyes de la Historia”. El manifiesto comunista, obra conjunta de ambos autores es una oda a la burguesía y su poder de trasformación de las relaciones de producción. Para Marx y Engels el desarrollo de las fuerzas productivas había conducido a cambios inexorables:

Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio, sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, toda la organización feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaban en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas y se rompieron.

Y así continuaría siendo en el futuro, cuando de la misma forma, el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, que implica necesariamente la creación de una clase proletaria, creará las condiciones que harán que la burguesía tenga que ser eliminada, suprimida, superada. El proletariado se convertirá en clase dominante y esto supondrá la abolición de las relaciones de clase.

El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

La pretensión de Engels y Marx de descubrir las leyes de la Historia es claramente ilustrada, considerar al hombre, aislado o en sociedad, un objeto de estudio científico cuyo comportamiento puede quedar definido por leyes universales como las del movimiento de los astros. Afortunadamente esto no es posible, ya que existe el libre albedrío y el ser humano no puede conocer el futuro, a pesar de ello la coletilla del “desarrollo de las fuerzas productivas” que supuestamente conduciría a la abolición de las clases sociales, quedó firmemente incrustada en el imaginario de los progresistas de izquierdas, espoleando nuestra fe en la solución a todos los problemas a través del crecimiento y de la tecnología.

Ello no quiere decir que no podamos conocer nada sobre cómo se produce el cambio social. Una idea es mirar hacia el pasado, ya que aunque los procesos de cambio del pasado no son una guía para los del futuro, si podemos extraer de ellos algunas lecciones que nos pueden ser útiles. Paul Mason en su libro Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro esboza una explicación causal del cambio del feudalismo a la modernidad, que él denomina capitalismo.

El modelo feudal de agricultura chocó en primera instancia con los límites medioambientales y, a continuación, con un colosal impacto externo: la peste negra. Tras esta, tuvo que soportar una conmoción de índole demográfica: quedaron demasiados pocos brazos para trabajar la tierra, lo que aumentó los sueldos de los supervivientes e hizo inviable el cumplimiento en la práctica del viejo sistema feudal de obligaciones. La escasez de mano de obra también convirtió en necesaria la innovación tecnológica. Las nuevas tecnologías sobre las que se sustentó la ascensión del capitalismo mercantil fueron precisamente las que estimularon el comercio (la imprenta y la contabilidad), la creación de riqueza comercializable (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (las matemáticas y el método científico).
Presente a lo largo de todo ese proceso estuvo algo que parecía secundario en el viejo sistema, pero que estaría destinado a convertirse en la base del nuevo: me refiero al dinero y al crédito. Muchas leyes y costumbres estaban anteriormente erigidas, de hecho, en torno a la idea de ignorar el dinero; en el momento de apogeo del feudalismo, el crédito era considerado pecaminoso incluso. Así que, cuando el dinero y el crédito desbordaron los límites que les imponía ese sistema y crearon uno propio de mercado, hubo una sensación de revolución. El nuevo sistema cobró entonces nuevos bríos gracias al descubrimiento de una fuente virtualmente ilimitada de riqueza "gratuita" llamada América.
La combinación de todos esos factores hizo que todo un grupo de personas que habían sido objeto de persecución o marginación durante el feudalismo -humanistas, científicos, artesanos, hombres de leyes, predicadores radicales... y hasta dramaturgos bohemios como Shakespeare- se situaron a la cabeza de la transformación social. Y en ciertos momentos clave (aunque solo tímidamente al principio), el Estado varió su actitud y dejó de obstaculizar el cambio para favorecerlo.

La explicación es interesante porque nos permite captar como los cambios tecnológicos (imprenta, navegación) se entrelazan con los sociales (perfeccionamiento del crédito entre desconocidos) y con los shocks externos (peste negra, descubrimiento de América) para llevar al sistema a un auténtico punto de inflexión (tipping point) en el que el cambio se desarrolla a gran velocidad (sin olvidar que alcanzar ese “tipping point” fue cuestión de varios siglos de cambio gradual). Concuerda a la perfección con la visión de Hegel, que ya citamos en un artículo:

Así, el espíritu que se forma madura lentamente y en silencio hasta su nueva figura, desintegra pedazo a pedazo el edificio del mundo que lo precede; la conmoción del mundo la indican tan sólo síntomas esporádicos; la frivolidad y el aburrimiento que invaden lo que todavía subsiste, el presentimiento vago de algo desconocido, son los signos que anuncian algo distinto que está en marcha. Este resquebrajamiento continuo que no alteraba la fisonomía del conjunto se ve bruscamente interrumpido por la salida del sol que, en un relámpago, dibuja de una vez la forma del nuevo mundo.

Sin embargo, si por un lado puede aclarar nuestra visión en otro aspecto la oscurece, dado que la descripción está muy anclada en otro concepto que en origen fue marxista pero que en la actualidad goza de aceptación universal, lo que se conoce como “modo de producción”. Según el propio Marx en su Contribución a la crítica de la Economía Política

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, es decir, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social es el que determina su conciencia.

Esta visión mecánica y determinista de la sociedad (muy en la línea de los descubrimientos de Newton para el movimiento de los astros) y por tanto del cambio social, presenta varios defectos. Por un lado el énfasis en las relaciones de producción nos hace perder de vista el resto del sistema, como si los aspectos culturales no tuviesen importancia. A pesar de ello los marxistas sí realizaron una importante labor de prédica, explicando a los trabajadores como eran explotados, en contradicción con los postulados del propio Marx de que la conciencia del hombre está determinada por factores externos y por tanto es irrelevante. Sin embargo, el movimiento obrero terminó disolviéndose a causa de la educación universal, que hacia finales de la década de los años sesenta había conseguido que los hijos de las clases proletarias accediesen a la educación universitaria, y por tanto, tendido un puente que disolvía de forma aparentemente definitiva las diferencias de clase, o las suavizaba. Los neoliberales entendieron mucho mejor que los marxistas cómo funciona el cambio social, y conceptos clave como el deseo mimético, y lanzaron un ataque que en poco tiempo condujo a una auténtica revolución, condenando al marxismo a convertirse, en la práctica, en una molesta pieza de museo. Molesta puesto que sus fétidos restos todavía tienen el poder de capturar los imaginarios de una inmensa mayoría de la población, que vería con agrado un cambio, pero que siente pavor ante el mundo de “instituciones públicas fuertes”, es decir, burocratización racional kafkiana, que les prometen los neomarxistas.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un mundo fragmentado: la globalización cae sobre nuestras cabezas

Los datos y los acontecimientos no admiten discusión, el paradigma económico, político y social bajo el que hemos vivido durante las últimas tres décadas, la globalización, se encuentra en franco retroceso. Nadie puede señalar un culpable salvo a aquellos que lo impulsaron a pesar de todas sus contradicciones. Ahora se trata de que las ruinas de este desastre no caigan sobre nuestras cabezas, y para ello es urgente movilizarse en torno a dos objetivos estratégicos, un modelo de cooperación internacional que descanse sobre pilares distintos a la libertad de comercio y de movilidad de capital, y un sistema político que gane legitimidad, frente a la crisis del gobierno representativo y el auge del autoritarismo.


DAS ENDE DER WELT: EL FIN DEL MUNDO. Fuente: Der Spiegel

 
Hace ahora algo más de un año el periodista James Meadway se preguntaba en el periódico británico The Guardian si habíamos alcanzado el cénit de la globalización. El mismo se respondía afirmativamente ante unos datos que dejan poco espacio para la duda. Como había expresado en una conferencia un miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra, los flujos financieros entre países habían descendido un 60% desde el punto álgido anterior a la crisis de 2008.


Este significativo descenso estaba dirigido por una importante reducción de las operaciones internacionales entre bancos. Aunque la razón de este cambio no es importante dentro de la línea argumental del artículo, incluyo esta imagen de los cambios en los flujos financieros entre los sistemas bancarios de un conjunto selecto de países. Es curioso como las operaciones entre bancos españoles y alemanes, franceses y holandeses se han reducido, mientras que han aumentado las que se realizan con bancos de Reino Unido y Estados Unidos.


Las inversiones en cartera también se han reducido, aunque algo menos, mientras que la inversión extranjera directa se mantiene más o menos en los niveles anteriores a la crisis.

Por otro lado, el comercio, que se recuperó extraordinariamente bien tras su desplome en 2008, como muestra este índice que sintetiza el tráfico de contenedores de mercancías


se encuentra estancado desde finales del año 2014. De hecho en el primer trimestre del año cayó un 1,1%, mientras que en el segundo aumentó tan solo un 0,3%, a pesar de lo cual se mantiene una previsión de crecimiento del 1,7% para este año, por debajo del crecimiento del PIB.


El comercio no crece ni siquiera lo que crece la producción, es decir, disminuye en términos relativos, lo que indica que la tendencia de las economías es a volver a mirar hacia el mercado interno.

miércoles, 18 de febrero de 2015

De políticas y relatos, o por qué la crisis no ha cambiado nada


Dice Nassim Nicholas Taleb que nos aferramos a nuestros modelos mentales de la realidad con fiereza, aunque no hayan sido comprobados del todo. Un simple suceso contrario hace que todo el modelo se venga abajo, como en la falacia del pavo. Denomina a estos modelos “narrativas”. Por otro lado, ya explicamos que Cornelius Castoriadis afirma que todas las sociedades humanas crean sus instituciones, pero que la mayoría de las veces deciden ocultar esta creación y atribuirla a los dioses, la naturaleza o cualquier otra fuerza. Por último, según George Lakoff el lenguaje está lleno de metáforas conceptuales, metáforas sin las que sería imposible pensar, y dichas metáforas están muy a menudo teñidas de contenido moral o valorativo, contenido que es capaz de envolvernos, creando un marco gracias al cual se puede convencer a un individuo, o una nación, de las más peregrinas ideas.

¿Qué relación hay entre estos tres autores y sus ideas? Más bien poca, debo reconocer. Si empiezo así este artículo es para destacar la suprema importancia que continúa teniendo lo simbólico para el cerebro humano. Sí, descubrimos la luz de la razón, pero sólo para dejar constancia que en realidad era una parte del espectro lumínico, y el mito y la creencia son otra parte de él. Separar el grano de la paja no es tarea fácil, y mientras lo hacemos no podemos retrasar la acción. Necesitamos un punto de anclaje, y este bien podría ser una simple creencia racionalizada. Nosotros postulamos que la economía neoclásica es poco más que eso, pero ese no es el tema de hoy. El tema de hoy son las racionalizaciones o los relatos que hemos construido en torno a la crisis económica, y como unos han ido desplazando a otros, hasta llegar, sorprendentemente al punto de partida. Estamos en el punto de partida, y la ideología neoliberal ha emergido de la crisis sin apenas un rasguño (o quizás no, quizás presenta daños de momento ocultos a nuestros ojos). Según Philip Mirowski, esta es la crisis que casi nadie previó, y que sin embargo ha reafirmado a todos los economistas, de todas las distintas escuelas y corrientes en sus convicciones. La crisis ha demostrado que todas las distintas teorías económicas son ciertas al mismo tiempo.

En todas partes, desde los hayekianos más fanáticos de la derecha hasta el polémico Joseph Stiglitz de la “izquierda legítima”, casi todos los economistas con un perfil público modesto declaran actualmente que la crisis demostró claramente que su propia teoría económica favorita estaba en lo cierto después de todo, y, por consiguiente, no hay ninguna necesidad de reclamar una revisión exhaustiva de la economía.

miércoles, 1 de octubre de 2014

¿Es la economía una ciencia? El lamentable ejemplo de Juan Ramón Rallo y la teoría sobre el origen evolutivo del dinero


Podría parecer un esfuerzo vano y algo extraño realizar ahora un artículo sobre el origen del dinero. Dejando a un lado curiosidades y disquisiciones eruditas ¿a quién le importa? ¿no deberíamos centrarnos en discutir qué hacemos con el dinero? ¿por quién y cómo debe ser creado? Esto es cierto, y sin embargo podemos aprender mucho sobre nuestra sociedad, sobre cómo las instituciones dominantes moldean nuestro pensamiento, a través de las diversas narrativas sobre el origen del dinero. No es casual que en una economía dominada por el intercambio (mercado) y un centro redistribuidor (estado), dos de las narrativas, las más ruidosas, que afirman estar en posesión de la verdad lo hagan clamando que uno de esos principios es la clave para entender el origen del dinero. De esta forma proyectamos una forma de pensar propia de nuestra época sobre un tiempo absolutamente diferente. Según Alla Semenova:
La práctica habitual ha sido proyectar las funciones y definiciones modernas del dinero en las sociedades de la Grecia arcaica y la antigua Mesopotamia. Pero esas sociedades estaban caracterizadas por modos fundamentalmente distintos de integración socio-económica que no existen en la actualidad.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Última llamada: una respuesta y una breve reflexión sobre la cooperación

Hace dos días desde la asociación Autonomía y Bienvivir publicamos un texto colaborativo en el conocido blog de Antonio Turiel The Oil Crash. Dado que en la actualidad tres cuartas partes de los lectores de La Proa del Argo no se cuentan entre los peakoilers, creo que tiene sentido publicarlo aquí también, pasado un plazo suficiente para dejar a Antonio la primicia, dado que nos ofrece la mejor tribuna a la que podemos acceder (también estuvimos en la radio, pero eso es otra historia).

El texto es una respuesta al manifiesto Última llamada. Es por tanto una enmienda a la totalidad del sistema socio-económico actual, y a los graves problemas de nuestra civilización, un sistema que nos obliga a crecer en grave detrimento del capital natural, de los stocks que nos proporcionan los servicios para la subsistencia y el disfrute de la vida. El texto deja a un lado en gran medida la descripción de los problemas para centrarse en las soluciones, si alguien quiere entrar en más detalle en la problemática puede consultar en este mismo blog las entradas Por qué #nodebemos #__pagamos y siguientes, El pensamiento económico de Frederick Soddy, De la mirada del broker a la del astronauta, La insostenibilidad de los sistemas de precios y La utopía de la inclusión: 1. El problema.

Es también el momento de hacer una breve reflexión sobre la andadura de la asociación y la cooperación. Lo poco que hayamos podido conseguir es fruto de la cooperación estrecha, codo con codo, con otras trece personas. Es indudable el valor de la cooperación, lo que la exigua fuerza de una persona es incapaz de lograr, puede lograrse con la ayuda mutua. Sin embargo, según Polanyi, la sociedad de mercado debe funcionar con ausencia de cooperación consciente. La misma conclusión parece extraerse de las observaciones del gran sociólogo Pierre Bourdieu, retomando el texto que comentábamos en Para la Libertad... (Excurso): La utopía de las cero opciones:

En nombre de este programa científico de conocimiento, convertido en programa político de acción, se cumple un inmenso trabajo político (denegado, porque en apariencia es puramente negativo), que busca crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”: un programa de destrucción sistemática de los colectivos.
El movimiento se posibilita a través de la política de desregulación financiera, en marcha hacia la utopía liberal de un mercado puro y perfecto; se lleva a cabo a través de la acción transformadora y, hay que decirlo, destructora de toda medida política que pretende cuestionar todas las estructuras colectivas que puedan obstaculizar la lógica del mercado puro. Entre ellas se encuentran: a) la nación cuyo margen de maniobra no cesa de recortar; b) los grupos de trabajo que afecta a través, por ejemplo, de la individualización de los salarios y las carreras en función de las competencias individuales y la atomización de los trabajadores que ello desencadena; c) los colectivos de defensa de los trabajadores, los sindicatos, las asociaciones, las cooperativas: d) la familia misma, la que pierde una parte de su control sobre el consumo a través de la constitución de mercados por rangos de edad.

Mi impresión es que sin necesidad de fuerzas coactivas, que sin duda existen, la cooperación es frágil. Varias personas han rehusado participar en esta empresa apasionante por matices nimios. A ello se une el sabor de boca que me deja la recepción del artículo, que ha sido entusiasta por parte Antonio Turiel, calificándolo en su Facebook como “posiblemente uno de los post más importantes que se hayan publicado en el blog”, frente a la recepción de sus lectores habituales, de los que hemos obtenido pocas palabras de aliento, al menos hasta el momento. No tengo una explicación cabal para este fenómeno, quizás, especulando, al hacerse nuestra sociedad más compleja los itinerarios educativos y afectivos de los individuos se hacen cada vez más divergentes. La individualización se hace extrema, y un arroyuelo de discrepancia se convierte en un abismo insalvable.

Dijo Mancur Olson, en su obra La lógica de la acción colectiva que el simple hecho de buscar un objetivo común entre varias personas hará que la mayoría de ellas no se esfuercen, al no poder ser excluidas de los beneficios comunes. Está lógica se rompe cuando disfrutamos con la cooperación, cuando el trabajo por el objetivo común se convierte en un placer, en una forma de ocio que nos proporciona sentido, y cuando disfrutamos aprendiendo de los compañeros de viaje. Satisfacemos de esta forma varias necesidades humanas: participación, identidad, entendimiento, ocio, creación.

No hay alternativas a la cooperación, pero gracias a Dios el viaje promete ser apasionante. Les dejo ahora con nuestro

 Programa para una Gran Transformación


 

martes, 9 de septiembre de 2014

La utopía de la inclusión: 2. La solución



En la primera parte de este artículo realizamos una breve descripción de uno de los problemas centrales de nuestra sociedad: el problema de la inclusión. En nuestra sociedad no existe el derecho a participar en los costes y beneficios de la producción, quedando esta condicionada a la demanda de empresas y agentes, y de forma indirecta al crecimiento económico.

Es complicado polemizar una realidad tan sólidamente sedimentada en nuestros hábitos y en nuestro día a día, hasta el punto que pocos se atreverían a cuestionar lo que puede llegar a parecer el orden natural de las cosas. Nada más lejos de la realidad, tal y como mostramos, si bien el trabajo siempre acompañó al hombre en su relación con el medio natural y en la búsqueda de su sustento, la creación del mercado de trabajo es un suceso histórico, nada natural, más bien al contrario, el resultado de una gran coacción. Otras sociedades, en el pasado, institucionalizaron el derecho a la inclusión, tradicionalmente a través de los bienes comunes, y lo hicieron porque es tanto racional como sostenible.

El problema no es sólo todo el sufrimiento que provoca la exclusión, imposibilitando la satisfacción de necesidades humanas básicas, sino que la solución indirecta a este problema, a través del crecimiento económico, se ha convertido en un móvil en sí mismo. De esta forma, problemas ficticios como producir más bienes en un mundo con abundancia de bienes, se convierten en centrales, por sus consecuencias sobre el bienestar de las personas. Es así como entramos en una lógica perversa, según la cual no se pueden resolver los problemas reales, como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, o el agotamiento de materias primas, puesto que están condicionados por problemas ficticios. El problema no se puede resolver, puesto que está mal planteado, necesitamos replantear el problema. Es preciso entender que la economía está para servir al ser humano y no el ser humano para servir a la economía.

jueves, 5 de junio de 2014

La utopía de la inclusión: 1. El problema


No hay como volver la vista atrás para valorar las tendencias que sigue el mundo, de forma lenta pero hasta ahora claramente definida. En 1999, en la llamada batalla de Seattle, conocimos la existencia de los antisistema, que nos dijeron debíamos valorar como un anacronismo, un sedimento del pasado, radicales que no aceptaban de buen grado que habíamos, por fin, alcanzado el fin de la historia. Una década y media después, el grupo de antisistema sigue engordando a derecha e izquierda, y de repente recordamos que la política y la sociedad no son un mero apéndice de lo único importante: la economía.

En estos años hemos sido sacudidos por una crisis económica descomunal, de proporciones desconocidas hasta ahora ¿verdad? Según datos del Banco Mundial nuestro PIB por habitante ha pasado de 26.927 dólares en 2007 a 24.817 dólares en 2012, a precios constantes. Hemos perdido casi un 8% de muestra renta media, volviendo  a la que teníamos en 2002. Sin embargo en ese año se decía que “España va bien”, y hoy por el contrario nadie se atrevería a afirmar semejante cosa.

¿Por qué estamos tan mal ahora con el ingreso promedio que hace una década no nos parecía para nada inadecuado? Aceptando que había cierta dosis de demagogia en la afirmación de que las cosas iban bien, hay que reconocer que no existía la sensación de drama nacional que ahora percibimos por doquier. La respuesta a esta aparente paradoja es sencilla, se trata de la desigualdad. Según Thomas Piketty, autor del libro de moda, si la distribución del ingreso es tremendamente desigual, lo es todavía más la riqueza. Dado que usamos riqueza (tierra, edificios, dinero, máquinas) para producir aquello que necesitamos para sobrevivir y para el disfrute de la vida, el que esta esté acaparada en unas pocas manos plantea un problema enorme, poniendo en riesgo la propia supervivencia de la sociedad y de la mayoría de sus individuos. El mercado de trabajo es la institución encargada de solventar esta dificultad. A través del empleo conseguimos el ingreso que nos permite sobrevivir y disfrutar de la vida.

lunes, 7 de octubre de 2013

Para la libertad… (III): Libertad para el bien común


Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
<<Miguel Hernández>>

Queridos lectores,

En la primera entrada de la serie veíamos la forma que tomo la libertad al comienzo de los tiempos modernos, no como un derecho universal inherente al ser humano, sino como una relación social con dos extremos. En uno de ellos había un empresario libre, que con su razón calculaba medios y fines, y en el otro extremo un trabajador cuya conducta quedaba determinada exteriormente por la razón del primero.

Posteriormente hemos visto como esas instituciones donde el empresario libre ejercía la soberanía de su razón, llegaron a dominar al ser humano, mediatizando por completo su subjetividad, y determinando tanto las elecciones posibles, como el código de la elección. El individuo quedó atrapado en un orden aparentemente absurdo, pero que analizado en detalle muestra la fría e inexorable lógica de una máquina.

Pero todavía mantenemos la libertad de elegir a nuestros representantes políticos, un derecho que no ha sido fácil alcanzar. En la inmensa mayoría de los países desarrollados el sufragio universal masculino solo se alcanzó durante el siglo XX, anteriormente el voto había estado restringido a aquellos con propiedades y riqueza. Es decir, aunque lo llamamos democracia liberal, las fuerzas del liberalismo que reinaron en el mundo durante más de cien años, apenas fueron capaces de producir unas pocas democracias. Como han indicado numerosos autores, la relación entre liberalismo y democracia es débil, y no fue hasta el ascenso del movimiento obrero y el desplazamiento del liberalismo como ideología principal que se logró la democratización de forma más general.