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jueves, 22 de noviembre de 2018

Deconstruyendo Auschwitz: las raíces de nuestro afán destructivo

El trabajo libera, se leía a la entrada del campo

Aprovechando el paso de la exposición de Auschwitz por Madrid me ha sido posible apreciar de primera mano hasta qué punto esa “fábrica de la muerte” es un producto típico de nuestra civilización. Si la ideología de la modernidad, cuya expresión más elocuente debemos a los filósofos de la ilustración, mostraba una fe absoluta en la “razón” para solucionar los problemas humanos, hasta el punto de que Condorcet pensaba que la ciencia lograría

la infinita perfectibilidad de la especie humana
  
en Auschwitz esa “razón” se puso manos a la obra para solucionar, de la forma más racional y científica posible, el “problema” judío.

Pues, tal y como narra la exposición, aquello no fue la obra de un loco, fue la obra de toda una sociedad, que colaboró activamente en el exterminio sistemático de millones de personas, o en el mejor de los casos simplemente se mostró indiferente ante lo que estaba pasando.


El campo de Auschwitz-Birkenau terminó siendo un mastodóntico campo de exterminio y trabajo forzado. Diariamente llegaban trenes cargados de personas, que eran seleccionadas en el andén. Una pequeña parte era seleccionada para trabajar, y se les permitía vivir como esclavos, en condiciones de extrema dureza. La mayor parte eran ejecutados de forma científica al llegar y sus cadáveres incinerados. A otro pequeño grupo, sobre todo gemelos, se les permitía vivir para servir de cobaya humana en experimentos médicos.


Mientras, el personal que administraba el campo, cumplía sus funciones sin ser perturbados por el enorme dolor y sufrimiento diario allí infringido. Llama la atención como en sus días libres cantaban y se divertían sin el menor remordimiento.




martes, 11 de noviembre de 2014

Jugando al límite. 1 - Animales y otros seres vivos (actualizado 24-11-2014)



El documental de National Geographic, Colapso (2010), basado en la obra homónina de Jared Diamond, plantea un escenario futuro en el que la actual sociedad global industrial habría colapsado. En el año 2210, doscientos años después del rodaje del documental, un grupo de científicos investiga las causas de ese colapso, descubriendo una confluencia de factores: sobreexplotación de recursos hídricos, energéticos y erosión y pérdida de fertilidad del suelo, que habría desencadenado una crisis alimentaria agravada por el cambio climático. Cada uno de estos factores es ejemplificado con el colapso de una sociedad histórica. La civilización Anasazi por la escasez de agua, Roma por la escasez energética, y la civilización Maya a causa de la crisis alimentaria.

Esta es una perspectiva bastante conocida sobre la sostenibilidad, enfocada en los recursos, y que es objeto de una gran controversia. Las élites tecnocráticas no admiten la posibilidad de una escasez presente o futura de energía (a destacar la impostura intelectual del tal Juan de Ortega en la discusión que tuve con él en este post), y lo fían todo al mecanismo de los precios, de muy dudosa eficacia en la situación presente. El objetivo es mantener las instituciones actuales a toda costa, para ello identifican cualquier crítica con una agenda oculta que trata de hacer renacer el comunismo. Respecto al cambio climático, y dado el fracaso de la disparatada agenda negacionista (a pesar de los generosos recursos invertidos en la misma) se limitan a decir que se puede evitar adoptando algunas tecnologías verdes, una disparatada fantasía que ni se molestan en justificar. Puestos a un costado los problemas de la escasez energética y del cambio climático, no habría obstáculo para continuar la estrategia del crecimiento económico. Arreglaremos el problema de la miseria y la exclusión de forma indirecta y en el futuro, merced al desarrollo de las fuerzas productivas. Desarrollo que en 200 años no ha sido capaz de acabar con ellas.

Este es el deprimente estado de cosas respecto a la cuestión de la sostenibilidad, pero es conveniente recordar que no se trata de problemas puntuales como la escasez de energía o el cambio climático, sino de algo más general, la escala de la actividad humana en relación con un sistema estable, es decir, que no crece, y que termodinámicamente podemos considerar cerrado (no intercambia materia con su entorno, pero sí energía, a una tasa prácticamente constante). Al aumentar el tamaño de los procesos de transformación (que de forma engañosa llamamos producción) que realizamos en nuestro entorno, es predecible que esas modificaciones puedan dar lugar a indeseables consecuencias, y de hecho así lo observamos en la realidad, contrastando la hipótesis de partida.

Un trabajo reciente ha puesto de manifiesto esta dinámica al establecer los Planetary Boundaries (Límites Planetarios), que son condiciones en parámetros clave que deberíamos tratar de mantener para que La Tierra permanezca en las condiciones que han permitido el desarrollo y la multiplicación de la especie humana, el estado que se conoce como Holoceno. Sin la intervención humana, este estado se mantendría algunos miles de años más, pero dada la escala de nuestras actividades sobre el planeta esto ya no está asegurado, lo que puede dar lugar a cambios desagradables e incluso catastróficos, a nivel regional y global, y dentro del marco temporal de nuestra vida o la de nuestros hijos.