Mostrando entradas con la etiqueta sostenibilidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sostenibilidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de agosto de 2019

Des-enmarañando el paradigma


En mayo de este año tuve la ocasión de participar en el festival Maranya, al que me invitó Carlos Buj, de Viaje a la Sostenibilidad. El festival se desarrolló en un remoto pueblo de Teruel, y su eje central fue la sostenibilidad. Aquí podéis ver un pequeño vídeo de dos minutos el mismo.


Os recomendaría, si podéis, asistir el próximo año. El festival se basa en compartir, varias personas ofrecemos nuestros conocimientos (sí, ya sé que los míos no son muchos, pero alguno tengo) y cualquiera puede participar en alguno de los múltiples talleres que se ofrecen. Yo estuve realizando una visita a una instalación educativa llamada bioescuela (con bioconstrucciones, huerto, etc), en la presentación de Extinction Rebellion Zaragoza, en un taller de Programación Neurolingüística y en la presentación de la transformación de un proyecto de Permacultura en uno de Regeneración Ecosistémica.

Es interesante el clima que se crea entre todos en este compartir, dicen que recuerda a otros festivales que yo no conozco, basados en los diez principios, como el Burning Man o Nowhere. No sé si ello es cierto, pero es una ocasión de aprender, disfrutar con la música al final del día, y contactar con personas con intereses afines.

Pero la experiencia más enriquecedora para mí fue realizar mi taller, ante un reducido grupo de nueve personas, trabajando el concepto del paradigma sociocultural. El primer reto era interesar a alguien a asistir a un taller sobre un concepto tan aparentemente poco vistoso. Comencé por explicar en qué consistiría, y lo definí de la forma más precisa que pude como una “metodología de intervención social”. Intervención social en el sentido que cualquier activista puede lanzar a la sociedad una propuesta de cambio (podemos pensar en cómo fueron emergiendo prácticas como la ocupación de edificios vacíos, mindfulness, la permacultura, la agricultura regenerativa, la ecología profunda, el uso de entógenos y psicodélicos como herramienta terapéutica, la economía social y solidaria o la ciencia posnormal, por citar ejemplos dispares) y compararla con el paradigma, y de esta forma ver si su proyecto contribuye a cambios culturales profundos.

El primer paso es, evidentemente, identificar el paradigma, y el grueso del taller se centró en esa cuestión. Tras explicar los conceptos teóricos que ya conocéis por este otro artículo, pedí a los participantes que lanzasen sus apuestas sobre cual consideran ellos que es el paradigma sociocultural vigente. Aparecieron cuestiones como el modelo normativo de familia y de pareja, la obligación de tener un trabajo estable (dos veces) frente a vivir con lo que vaya viniendo, o con una vocación como la permacultura, el consumo, la propiedad y jerarquización de saberes y competencias en el ámbito de la creación artística.

Todavía no he lanzado, y razonado en este blog, cual es la narrativa que define al paradigma sociocultural vigente, pero la impresión que me llevé es que los compañeros se quedan en un nivel muy superficial. Esto viene a corroborar los supuestos que hicimos a nivel teórico sobre él, en cuanto se encuentra en el nivel más profundo de sedimentación y representa un punto ciego cognitivo para el individuo y la sociedad en general.

Tras el verano, espero hacer un taller en Madrid un poco más detallado que este, que me ha servido para una primera toma de contacto con la gente al explicar el concepto. El taller necesita de más tiempo, porque aunque el concepto teórico se explica en 10-20 minutos, dependiendo de la profundidad que quieras darle, luego es interesante no sólo ver cual piensan los compañeros que es el paradigma, sino ver como encajan con él algunas intervenciones sociales, y su hipotético potencial contraparadigmático. Informaré a su debido tiempo de este segundo taller, si todo va según tengo previsto.

martes, 16 de julio de 2019

Bifurcación



Hace algo más de año y medio que no escribía ningún artículo original para este blog. Mis esfuerzos durante todo este tiempo se han concentrado en mis colaboraciones en Autonomía y Bienvivir y en el diario El Salto, pero las circunstancias de los últimos meses y semanas han hecho que me replantee esto. A partir de ahora volveré a escribir en este blog, y lo abriré también a otros autores, siempre y cuando encuentre a alguien dispuesto a colaborar conmigo.

Valoro de forma positiva el esfuerzo desarrollado todos estos años tanto en Autonomía y Bienvivir como en El Salto y en Ampliando el Debate; sin duda dicho esfuerzo ha dado sus frutos, y ha contribuido (de forma muy modesta claro está) a la eclosión de un nuevo ciclo de protesta focalizado de forma especial en torno a la sostenibilidad. Sin embargo, diversas cuestiones confluyen para que sea hora de replantearnos lo que hacemos.

En primer lugar, al ser el blog de Autonomía y Bienvivir alimentado por un colectivo, establecí el objetivo de publicar un artículo a la semana, con la idea de que, si no había un objetivo de entrega que cumplir, nos relajaríamos mucho, esperando que otra persona publicase, y al final publicaríamos muy por debajo de nuestra capacidad. La estrategia creo que ha funcionado, y hemos cumplido con un ritmo de publicación constante y ambicioso, si bien el esfuerzo ha sido considerable, y ello ha supuesto un gran desgaste a nivel personal para mí, lo cual ha hecho que se resientan otras facetas de mi vida.

Por otra parte, hace aproximadamente un año comencé a concebir que varias posturas sostenidas por personalidades relevantes dentro del irrelevante mundillo de la sostenibilidad limitaban de forma importante el desarrollo de este movimiento. Al expresar mi opinión en forma de crítica, lo cual probablemente era necesario, generé fuertes reacciones de rechazo, similares a las que yo mismo he sostenido en otras ocasiones.

Todo cansa, y una experiencia personal me llevó a rechazar la crítica. En esta etapa de mi vida prefiero dejar la labor de derribo a otras personas que sean más fuertes y estén mejor preparadas para ello. Yo reconozco mis limitaciones, y hago el propósito de expresar en positivo mis ideas, para que sean presa de la crítica de otros.

En este momento me apetece jugar otro papel, todavía más discreto si cabe. Colaborar, dejando a otros que estén en la primera línea. Aplicado este principio a Autonomía y Bienvivir significa dejar que sean otros los que coordinen y organicen, siendo yo me estoy perdiendo descubrir lo que puede lograr el trabajo y la creatividad de otros.

Así pues, declaro inaugurada una nueva etapa de este blog. Iré publicando aquí artículos originales, y también trayendo de vuelta algunos publicados previamente en Autonomía y Bienvivir o en El Salto, y que son importantes para entender la línea que intentaré desarrollar desde esta bitácora. Si tengo suerte espero publicar también por aquí algún artículo de amigos y colaboradores que considere realizan aportaciones interesantes al debate sobre nuestros problemas sociales y sus soluciones.

Bienvenido de nuevo a tu casa.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Cambiar el sistema

Queremos cambiar el mundo, o más bien encauzarlo, porque el mundo nunca deja de cambiar, pero para ello no basta con tener claro el objetivo, una meta, hay que entender el proceso de cambio, de forma que nuestras acciones sean las más eficaces para alcanzar ese objetivo, o al menos sean coherentes con él.



Fiedrich Engels dijo ante la tumba de Karl Marx que este había descubierto “las leyes de la Historia”. El manifiesto comunista, obra conjunta de ambos autores es una oda a la burguesía y su poder de trasformación de las relaciones de producción. Para Marx y Engels el desarrollo de las fuerzas productivas había conducido a cambios inexorables:

Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio, sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, toda la organización feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaban en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas y se rompieron.

Y así continuaría siendo en el futuro, cuando de la misma forma, el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, que implica necesariamente la creación de una clase proletaria, creará las condiciones que harán que la burguesía tenga que ser eliminada, suprimida, superada. El proletariado se convertirá en clase dominante y esto supondrá la abolición de las relaciones de clase.

El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

La pretensión de Engels y Marx de descubrir las leyes de la Historia es claramente ilustrada, considerar al hombre, aislado o en sociedad, un objeto de estudio científico cuyo comportamiento puede quedar definido por leyes universales como las del movimiento de los astros. Afortunadamente esto no es posible, ya que existe el libre albedrío y el ser humano no puede conocer el futuro, a pesar de ello la coletilla del “desarrollo de las fuerzas productivas” que supuestamente conduciría a la abolición de las clases sociales, quedó firmemente incrustada en el imaginario de los progresistas de izquierdas, espoleando nuestra fe en la solución a todos los problemas a través del crecimiento y de la tecnología.

Ello no quiere decir que no podamos conocer nada sobre cómo se produce el cambio social. Una idea es mirar hacia el pasado, ya que aunque los procesos de cambio del pasado no son una guía para los del futuro, si podemos extraer de ellos algunas lecciones que nos pueden ser útiles. Paul Mason en su libro Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro esboza una explicación causal del cambio del feudalismo a la modernidad, que él denomina capitalismo.

El modelo feudal de agricultura chocó en primera instancia con los límites medioambientales y, a continuación, con un colosal impacto externo: la peste negra. Tras esta, tuvo que soportar una conmoción de índole demográfica: quedaron demasiados pocos brazos para trabajar la tierra, lo que aumentó los sueldos de los supervivientes e hizo inviable el cumplimiento en la práctica del viejo sistema feudal de obligaciones. La escasez de mano de obra también convirtió en necesaria la innovación tecnológica. Las nuevas tecnologías sobre las que se sustentó la ascensión del capitalismo mercantil fueron precisamente las que estimularon el comercio (la imprenta y la contabilidad), la creación de riqueza comercializable (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (las matemáticas y el método científico).
Presente a lo largo de todo ese proceso estuvo algo que parecía secundario en el viejo sistema, pero que estaría destinado a convertirse en la base del nuevo: me refiero al dinero y al crédito. Muchas leyes y costumbres estaban anteriormente erigidas, de hecho, en torno a la idea de ignorar el dinero; en el momento de apogeo del feudalismo, el crédito era considerado pecaminoso incluso. Así que, cuando el dinero y el crédito desbordaron los límites que les imponía ese sistema y crearon uno propio de mercado, hubo una sensación de revolución. El nuevo sistema cobró entonces nuevos bríos gracias al descubrimiento de una fuente virtualmente ilimitada de riqueza "gratuita" llamada América.
La combinación de todos esos factores hizo que todo un grupo de personas que habían sido objeto de persecución o marginación durante el feudalismo -humanistas, científicos, artesanos, hombres de leyes, predicadores radicales... y hasta dramaturgos bohemios como Shakespeare- se situaron a la cabeza de la transformación social. Y en ciertos momentos clave (aunque solo tímidamente al principio), el Estado varió su actitud y dejó de obstaculizar el cambio para favorecerlo.

La explicación es interesante porque nos permite captar como los cambios tecnológicos (imprenta, navegación) se entrelazan con los sociales (perfeccionamiento del crédito entre desconocidos) y con los shocks externos (peste negra, descubrimiento de América) para llevar al sistema a un auténtico punto de inflexión (tipping point) en el que el cambio se desarrolla a gran velocidad (sin olvidar que alcanzar ese “tipping point” fue cuestión de varios siglos de cambio gradual). Concuerda a la perfección con la visión de Hegel, que ya citamos en un artículo:

Así, el espíritu que se forma madura lentamente y en silencio hasta su nueva figura, desintegra pedazo a pedazo el edificio del mundo que lo precede; la conmoción del mundo la indican tan sólo síntomas esporádicos; la frivolidad y el aburrimiento que invaden lo que todavía subsiste, el presentimiento vago de algo desconocido, son los signos que anuncian algo distinto que está en marcha. Este resquebrajamiento continuo que no alteraba la fisonomía del conjunto se ve bruscamente interrumpido por la salida del sol que, en un relámpago, dibuja de una vez la forma del nuevo mundo.

Sin embargo, si por un lado puede aclarar nuestra visión en otro aspecto la oscurece, dado que la descripción está muy anclada en otro concepto que en origen fue marxista pero que en la actualidad goza de aceptación universal, lo que se conoce como “modo de producción”. Según el propio Marx en su Contribución a la crítica de la Economía Política

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, es decir, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social es el que determina su conciencia.

Esta visión mecánica y determinista de la sociedad (muy en la línea de los descubrimientos de Newton para el movimiento de los astros) y por tanto del cambio social, presenta varios defectos. Por un lado el énfasis en las relaciones de producción nos hace perder de vista el resto del sistema, como si los aspectos culturales no tuviesen importancia. A pesar de ello los marxistas sí realizaron una importante labor de prédica, explicando a los trabajadores como eran explotados, en contradicción con los postulados del propio Marx de que la conciencia del hombre está determinada por factores externos y por tanto es irrelevante. Sin embargo, el movimiento obrero terminó disolviéndose a causa de la educación universal, que hacia finales de la década de los años sesenta había conseguido que los hijos de las clases proletarias accediesen a la educación universitaria, y por tanto, tendido un puente que disolvía de forma aparentemente definitiva las diferencias de clase, o las suavizaba. Los neoliberales entendieron mucho mejor que los marxistas cómo funciona el cambio social, y conceptos clave como el deseo mimético, y lanzaron un ataque que en poco tiempo condujo a una auténtica revolución, condenando al marxismo a convertirse, en la práctica, en una molesta pieza de museo. Molesta puesto que sus fétidos restos todavía tienen el poder de capturar los imaginarios de una inmensa mayoría de la población, que vería con agrado un cambio, pero que siente pavor ante el mundo de “instituciones públicas fuertes”, es decir, burocratización racional kafkiana, que les prometen los neomarxistas.

domingo, 3 de enero de 2016

Jugando al límite. 2 – La fuente de la vida



Un año después de mi primer artículo sobre los límites planetarios, creo que ya era hora de seguir aprendiendo un poco más sobre los problemas de sostenibilidad de nuestra sociedad global. Hay un cierto consenso social, dejando a un lado el ruido creado por los bien pagados negacionistas, en cuanto al riesgo que supone para nuestra sociedad el cambio climático antropogénico, pero generalmente se ignoran otros límites, como la pérdida de biodiversidad, que pone en peligro servicios medioambientales que nos proporcionan los ecosistemas y de los que depende nuestra sociedad.

Como explicamos en la primera entrada de esta serie, el concepto que hay detrás de los límites planetarios es el de cambios catastróficos, no lineales, y en algunos casos irreversibles, que a menudo se observan en los ecosistemas, o incluso, en el pasado, en el sistema tierra en su conjunto. Una buena discusión sobre el tema (en inglés) se puede encontrar en este artículo, al que luego volveremos. Para tener cierta garantía de que esos cambios no se producen, y que La Tierra permanece en el estado estable que ha permitido el florecimiento de nuestra especie, llamado Holoceno, debemos ser prudentes, y no adentrarnos en la zona riesgo, no pasar los umbrales que podrían desatar ese cambio. Hablamos de incertidumbre, de gestión de riesgo, no podemos estar seguros de cuando se producirá el cambio catastrófico, y no sabemos si el ser humano será capaz de adaptarse a ese cambio, pero mejor no cruzar el umbral, porque lo que podemos encontrar puede ser muy desagradable. Hay varios de estos límites.


Hoy hablaremos del uso de agua. Es interesante resaltar que, evidentemente la escasez de agua puede está relacionada con el cambio climático, pero no de la forma lineal en la que nos suelen presentar esta relación, indicando que el cambio climático puede provocar una mayor escasez de recursos hídricos, lo que es cierto, pero no debemos olvidar que, como veremos, el uso que hagamos de los recursos puede ser un factor causal del cambio climático. El cambio climático y la escasez de agua se pueden retroalimentar de forma positiva.

martes, 24 de noviembre de 2015

Utopía 2.0



Hace unas semanas, desde la asociación Autonomía y Bienvivir lanzamos un segundo texto colaborativo, tras nuestro Programa para una Gran Transformación. El nuevo texto fue publicado en el blog de Antonio Turiel The Oil Crash, al igual que el primero. En esta ocasión cambiamos el enfoque y en lugar de centrarnos en lo que habría que hacer, decidimos hacerlo en el objetivo, en la sociedad que nos gustaría alcanzar. Lo que descubrimos es interesante, hay bastante consenso, al menos dentro de los limitados círculos por los que se movió el artículo, en cuanto a la sociedad en la que nos gustaría vivir. Mucha gente, tanto en el Foro Oil Crash como en el programa de Ampliando el Debate donde se debatió el artículo, nos declaró su deseo de vivir en una sociedad así, si bien algunos mostraban su escepticismo acerca de que el objetivo sea alcanzable, no ya por la extrema dificultad de que podamos aproximarnos a vivir de esta forma (opinión que compartimos) sino por creer que es absolutamente imposible hacerlo. Aquí hubo dos tipos de argumentos, unos basados en el concepto de naturaleza humana y otros en la gran escasez de recursos que se aproxima.

Comenzando por el último de estos argumentos, que dio lugar a un interesante intercambio de ideas entre Ferran P. Villar y un servidor, nuestra posición es no entrar en el necesario debate sobre cual es el estado actual de la biosfera, su grado de deterioro e irreversibilidad del daño, así como la energía de la que podremos disponer mediante energías renovables, debate que creemos es esencial que se realice a nivel académico, siendo nuestro papel el de exigir que se le de la importancia central que debe tener y que el intercambio de ideas sea honrado y transparente, atendiendo sólo al bien común y no a intereses particulares. Por otro lado, insistimos reiteradamente en un aspecto que está expresado en la introducción de nuestro texto, la utopía no es una previsión para el futuro, sino una herramienta de toma de decisiones. Tomar decisiones que nos acerquen a un futuro como el que se describe en nuestro texto redundará en un menor consumo de recursos, y en una sociedad más resiliente, por tanto la utopía es útil, independientemente de que el futuro pueda ser distinto, porque las decisiones que nos incita a tomar son congruentes con un futuro con baja disponibilidad energética y en general de recursos.

Respecto al primer punto de crítica, debo decir que el concepto de naturaleza humana está evidentemente obsoleto. Lo que nos enseña el estudio de las innumerables formas y variedades que adopta la cultura humana es precisamente su enorme capacidad de adaptación, y cómo nuestro comportamiento está tremendamente condicionado por nuestras instituciones culturales. Sin embargo, esta crítica sí incide en un aspecto esencial que debemos tener muy en cuenta, y que también dio lugar a un interesante debate ¿cómo lograr estos cambios? La cuestión del cómo la afrontamos en nuestro Programa para una Gran Transformación, pero evidentemente ese artículo no agota la cuestión, ni mucho menos. Su punto de partida implícito es que nos gobierna un poder benévolo capaz de tomar las decisiones correctas. Ello nos remite a la cuestión del poder, o en términos gramscianos de la hegemonía. Es necesario un cambio cultural, y para ello debemos deslegitimar el sistema vigente, desde nuestros blogs y podcast, difundiendo información, pero también haciendo. Como decía Gandhi “se el cambio que quieres ver en el mundo”. Esa es la gran dificultad, porque como analicé largamente en mi serie de artículos sobre la libertad, nuestro sistema no permite segundas opciones, a quién no colabora con él le excluye y le deslegitima, le convierte en un paria y en un estorbo para el resto. Esa gran cuestión acerca del poder es uno aspecto esencial que debemos iluminar en un futuro cercano.

¿Por qué volver a presentar este texto en tan breve espacio de tiempo? Porque desde un comienzo dijimos que la utopía estaba abierta a la colaboración de todos, de ahí nuestro empeño en debatirla, y de ese debate han surgido las primeras modificaciones. Gracias a la aportación de sistudey, de Foro Crash Oil, hemos modificado alguna frase sobre la vivienda y añadido dos párrafos sobre la construcción en nuestra sociedad utópica. La intervención de nuestro compañero de Ampliando el Debate Carles Sirera nos animó a incluir un pequeño apartado sobre seguridad, interna y externa. Por último, algunos compañeros de la asociación realizaron aportaciones de última hora en el terreno de los valores, el trabajo o el consumo. En un futuro valoramos la posibilidad de incluir alguna referencia a los sorteos como forma de romper las jerarquías, aportación que hizo nuestro compañero de Ampliando el Debate Vicente Ríos. Y ¿por qué no? la utopía sigue abierta, el próximo en aportar algún aspecto nuevo o en corregir uno existente puede ser usted, querido lector. Los comentarios de este blog son todo suyos, y están abiertos al debate, así como la participación en nuestra asociación. Sin más preámbulo, les dejo con la versión 2.0 de nuestro texto.

martes, 11 de noviembre de 2014

Jugando al límite. 1 - Animales y otros seres vivos (actualizado 24-11-2014)



El documental de National Geographic, Colapso (2010), basado en la obra homónina de Jared Diamond, plantea un escenario futuro en el que la actual sociedad global industrial habría colapsado. En el año 2210, doscientos años después del rodaje del documental, un grupo de científicos investiga las causas de ese colapso, descubriendo una confluencia de factores: sobreexplotación de recursos hídricos, energéticos y erosión y pérdida de fertilidad del suelo, que habría desencadenado una crisis alimentaria agravada por el cambio climático. Cada uno de estos factores es ejemplificado con el colapso de una sociedad histórica. La civilización Anasazi por la escasez de agua, Roma por la escasez energética, y la civilización Maya a causa de la crisis alimentaria.

Esta es una perspectiva bastante conocida sobre la sostenibilidad, enfocada en los recursos, y que es objeto de una gran controversia. Las élites tecnocráticas no admiten la posibilidad de una escasez presente o futura de energía (a destacar la impostura intelectual del tal Juan de Ortega en la discusión que tuve con él en este post), y lo fían todo al mecanismo de los precios, de muy dudosa eficacia en la situación presente. El objetivo es mantener las instituciones actuales a toda costa, para ello identifican cualquier crítica con una agenda oculta que trata de hacer renacer el comunismo. Respecto al cambio climático, y dado el fracaso de la disparatada agenda negacionista (a pesar de los generosos recursos invertidos en la misma) se limitan a decir que se puede evitar adoptando algunas tecnologías verdes, una disparatada fantasía que ni se molestan en justificar. Puestos a un costado los problemas de la escasez energética y del cambio climático, no habría obstáculo para continuar la estrategia del crecimiento económico. Arreglaremos el problema de la miseria y la exclusión de forma indirecta y en el futuro, merced al desarrollo de las fuerzas productivas. Desarrollo que en 200 años no ha sido capaz de acabar con ellas.

Este es el deprimente estado de cosas respecto a la cuestión de la sostenibilidad, pero es conveniente recordar que no se trata de problemas puntuales como la escasez de energía o el cambio climático, sino de algo más general, la escala de la actividad humana en relación con un sistema estable, es decir, que no crece, y que termodinámicamente podemos considerar cerrado (no intercambia materia con su entorno, pero sí energía, a una tasa prácticamente constante). Al aumentar el tamaño de los procesos de transformación (que de forma engañosa llamamos producción) que realizamos en nuestro entorno, es predecible que esas modificaciones puedan dar lugar a indeseables consecuencias, y de hecho así lo observamos en la realidad, contrastando la hipótesis de partida.

Un trabajo reciente ha puesto de manifiesto esta dinámica al establecer los Planetary Boundaries (Límites Planetarios), que son condiciones en parámetros clave que deberíamos tratar de mantener para que La Tierra permanezca en las condiciones que han permitido el desarrollo y la multiplicación de la especie humana, el estado que se conoce como Holoceno. Sin la intervención humana, este estado se mantendría algunos miles de años más, pero dada la escala de nuestras actividades sobre el planeta esto ya no está asegurado, lo que puede dar lugar a cambios desagradables e incluso catastróficos, a nivel regional y global, y dentro del marco temporal de nuestra vida o la de nuestros hijos.

lunes, 26 de mayo de 2014

La insostenibilidad de los sistemas de precios


Tras debatir con algún panglossiano sobre los sistemas de precios, me aparto un poco de la línea que tenía trazada para realizar un breve artículo sobre esta cuestión, que es tan sólo un corolario de la exposición realizada en De la mirada del broker a la del astronauta: causas profundas de nuestra crisis económica, pero corolario que creo puede tener cierto interés, dada la enorme confusión que existe al respecto.

Incluso aquellos que son críticos con la idea del crecimiento ilimitado, asumen que un sistema de precios puede contribuir de forma significativa a la sostenibilidad. Asumen por tanto el argumento de los economistas, que fue expresado de la siguiente forma por Paul Samuelson:

La omisión fundamental en los modelos de Meadows y Forrester es la escasa atención que en ellos se presta al efecto de la escasez sobre el precio y el uso. En el mundo real, cuando los recursos comienzan a escasear y los cuellos de botella del aprovisionamiento comienzan a lentificar las tasas de crecimiento, como ocurre en la simulación de Forrester, los precios concretos suben.

Lo primero que se podría alegar ante esto es ¿y qué? ¿Qué implica que suba el precio? Lo que está implícito en este razonamiento es que la señal de la subida del precio nos da los incentivos adecuados para encontrar una solución. Los economistas se creen esto a pies juntillas, y sin embargo, como es obvio, aun teniendo los incentivos adecuados podemos ser incapaces de encontrar las soluciones adecuadas, el futuro no está escrito, y nadie nos garantiza encontrar soluciones a todos los problemas, y mucho menos en el plazo que a nosotros nos resulta conveniente, entre otras cosas porque puede haber problemas sin solución. Esto se suele obviar y se echa una manta metafísica sobre la cuestión, al final la idea de progreso funciona de forma similar a la idea de Dios.

miércoles, 9 de abril de 2014

De la mirada del broker a la del astronauta. Causas profundas de nuestra crisis económica.


Necesitamos historias para explicar el mundo. Sin narraciones, sin atribuir un valor y contenido simbólico a nuestras obras, no sabríamos cómo actuar. Entendemos el dolor de Hamlet, cuando su madre se casa con el hermano de su padre, un mes después de la muerte de este, pero no por ello podemos definirlo como “natural”, más bien al contrario, está condicionado por nuestras narraciones sobre el mundo. Para muestra, este diálogo acerca de la obra de Shakespeare entre una antropóloga y un grupo de indígenas:

«En nuestro país el hijo sucede al padre. Pero en este caso, fue el hermano menor del jefe muerto el que se había convertido en jefe, y además se había casado con la viuda de su hermano mayor tan sólo un mes después del funeral.»
«Hizo bien»
, exclamó radiante el anciano, y anunció a los demás, «Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como nosotros. En nuestro país», añadió dirigiéndose a mí, «también el hermano más joven se casa con la viuda de su hermano mayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos».

Periódicamente me viene a la memoria el final del documental “Surviving Progress”, basado en la obra “Breve historia del progreso” del antropólogo Ronald Wright, y que comentábamos en el artículo “El fin del crecimiento ¿La era de la moderación o de las consecuencias?”. Muy inteligentemente, Wright nos plantea una hipótesis plausible sobre el fin de la civilización Maya. Existiría un contrato social implícito, según el cual una de las funciones de la élite político-religiosa sería interceder ante los dioses para asegurar protección a las cosechas contra los infortunios del destino. Aunque esto se ve muy lejano, en realidad no es muy diferente al pensamiento de muchos de nuestros contemporáneos, que piensa que hay algo llamado “políticos” cuya función es velar por la existencia de “puestos de trabajo” que garanticen a las personas ser incluidas en el reparto de la producción.

¿Qué harían los Mayas cuando la erosión del suelo y la escasa fertilidad de la tierra provocasen una mala cosecha tras otra? ¿Construirían nuevos templos, incrementarían el número de sacrificios para calmar a los dioses? El lado negativo de atribuir un contenido simbólico a nuestros actos es que nos hace tremendamente resistentes al cambio. Parecemos incapaces de actuar movidos por la realidad desnuda, y por tanto necesitamos crear un nuevo ropaje simbólico antes de actuar de otra forma.

En aquel artículo preguntábamos: ¿Dónde están los castillos y palacios del siglo XXI? ¿Cuál es el oscuro arcano cuyo dominio es potestad de la élite, y que restablecerá de nuevo el crecimiento? La respuesta es posiblemente muy compleja, pero para empezar a atisbarla tendremos que cambiar nuestro punto de vista, desechando como intranscendentes cuestiones que ahora nos parecen de vital importancia, como el PIB o los puestos de trabajo. La narrativa que adoptábamos en un mundo relativamente vacío, la de los conquistadores, colonos, cowboys, emprendedores, brokers, debe cambiar a la de un mundo relativamente lleno, un astronauta en su nave espacial.

domingo, 23 de febrero de 2014

Crecimiento, la idea que dividió al planeta


Dedicado a los panglossianos de todos los partidos


Un cisma, una herida más profunda que la que infligiera Martin Lutero en el Renacimiento, se abrió hace ya más de 40 años, en la década de los 70, en el seno de la “ostentosa” civilización occidental.

Los elevados niveles de contaminación propiciados por el desarrollismo industrial de las tres décadas anteriores, la llamada Edad Dorada del Capitalismo, durante la cual se alcanzaron las tasas de crecimiento del PIB global más altas de la historia, hicieron sonar la voz de alarma, y a petición del gobierno sueco, las naciones unidas convocaron la primera conferencia internacional sobre el medio ambiente “humano”.


Tan sólo un año después, la cuestión de la contaminación era desplazada por la de los recursos no-renovables, cuando estalló la primera crisis del petróleo. Si bien es cierto que la crisis fue consecuencia de decisiones políticas (la decisión de los productores de cesar la exportación a varios países, incluidos EEUU y sus aliados), puso de relieve la vulnerabilidad del sistema económico a la escasez de ciertas materias primas, así como el declive inevitable en la producción de los campos petrolíferos, como los de los Estados Unidos de América.


Declive que había sido previsto con anterioridad por el geólogo Marion King Hubbert, lo cual era si cabe más inquietante.

Esos hechos, propiciaron el inicio del que será, o incluso ya es, el mayor debate intelectual en la historia de la humanidad. Debate que empequeñece y deja en pañales aquel entre católicos y protestantes, o el de capitalismo contra socialismo: mercado vs. estado.

A un lado se situaron aquellos que pensaban que los problemas se podían resolver uno por uno, según fuesen surgiendo, y que no era necesario realizar cambios profundos en las instituciones que regían nuestros modos de vida. A falta de deslumbrantes argumentos, estos prestidigitadores de la razón tenían su inmenso poder como principal punto de apoyo. El estatus quo económico y político, el poder corporativo y los gobiernos de todo el mundo, han apoyado sin reservas, con hechos, palabras y abundantes fondos, a los contendientes de este lado. La economía neoclásica, convertida, según el historiador Eric Hobsbawm, en la nueva religión, es el principal exponente de esta facción de la academia.

Lo curioso es que hemos hecho a una ciencia social, y por tanto humana, la brújula que guía nuestros destinos. Una ciencia humana que abstrae el proceso económico del resto de lo que constituye lo humano: su psique, sus relaciones sociales, su entorno natural. No sólo eso, sino que entra en contradicción flagrante con el resto de ciencias que estudian lo humano, la psicología, la biología, la sociología, la antropología, la ecología, y asume esa contradicción con impasibilidad. El símil mecánico, “la mecánica de la utilidad y el interés propio” de la que hablara Stanley Jevons, permitió introducir matemáticas avanzadas en la teoría económica. La matemática, en vez de utilizarse para construir modelos a partir de los hechos, se utilizó para construir modelos que suplantasen a los hechos, una manta metafísica sobre la realidad.

Conviene tener siempre presente las palabras de Edgar Morin al respecto de este burdo mecanicismo:

La economía, que es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia social humanamente más retrasada, pues ha abstraído las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y ecológicas inseparables de las actividades económicas… Quizá la incompetencia económica haya pasado a ser el problema social más importante

domingo, 17 de noviembre de 2013

Modernizando a Henry George (y Thomas Paine): pasos hacia una sociedad alternativa


Queridos lectores,

Nunca repetimos lo suficiente las palabras de los grandes pensadores del siglo XX, pero quizás un párrafo que deberíamos grabar a fuego en cada una de las plazas de nuestro mundo es este del “pensador planetario” Edgar Morin:

La economía, que es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia social humanamente más retrasada, pues ha abstraído las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y ecológicas inseparables de las actividades económicas… Quizá la incompetencia económica haya pasado a ser el problema social más importante. [1]

Volver a unir la economía a la realidad física en la que se desarrollan los procesos económicos es el objeto de la economía ecológica, uno de cuyos precursores es Frederick Soddy. Precisamente autores de esta corriente como Kenneth Boulding o Herman Daly se han interesado indirectamente por las ideas que Thomas Paine expuso en su panfleto Justicia Agraria, y que explicábamos al final de nuestros artículos sobre la libertad. Digo indirectamente porque en realidad han prestado atención a las ideas de un economista clásico, seguidor de David Ricardo, no-académico (al igual que Frederick Soddy ¿Será la universidad una máquina de machacar el pensamiento autónomo?) y con un fuerte sentido ético, llamado Henry George.

domingo, 7 de julio de 2013

“Comunidad” y “Dinero”, el vínculo activo


Queridos lectores,

Decía Richard Sennet en El declive del hombre público que las condiciones en las que se desarrolla nuestra sociedad postmoderna tardía están haciendo perder pie a la experiencia comunitaria. Cada persona se ve a sí misma como aislada del resto, no siente ningún tipo de empatía por sus conciudadanos, más bien al contrario, el extraño es percibido como un ser amenazador.

Este fenómeno se produce por las condiciones en que se desarrollan nuestras vidas, pero se refuerza a través de las ideas ¿Qué sentido tiene empatizar con los demás, o hacer algo juntos, cuando preocupándonos exclusivamente de nosotros mismos, dando rienda suelta a nuestro egoísmo, conseguimos un resultado óptimo? La búsqueda del interés personal, los distintos intereses enfrentados de individuos egoístas, calculadores y desconfiados, lejos de conducir al caos, provocarían un “equilibrio”, conducirían al orden, y además al orden más provechoso posible.

El auge del egoísmo y el declive del hombre público. Entrevistas con Ayn Rand y Fiedrich von Hayek. from JesusN on Vimeo.

Evidentemente estas filosofías son una trampa, poco más que un lavado de conciencia para los poderosos. Difícilmente se podrá vivir una vida humana plena privado de los valores comunales. El resultado es el recelo, la angustia, la depresión y el aislamiento.