Queridos lectores,
Durante nuestra larga reflexión
sobre la libertad hablamos sobre el
auge del pseudo-índividualismo inauténtico postmoderno, el individuo que
emergió con la sociedad de consumo; también del giro que dio la filosofía
política a finales del siglo XIX, con
el rechazo del concepto del “bien común”, que llegó a la práctica política diaria
gracias a la ciencia económica, coincidiendo con la emergencia de la sociedad
de consumo, y que implica un cambio radical en nuestra forma de entender la
política, de una herramienta para cambiar el mundo, a una herramienta para
gestionar la parte del mundo que “desgraciadamente” no es gestionada por “el
mercado”; y también hablamos de los
crecientes problemas de coordinación de los distintos fines individuales entre
sí, a medida que la sociedad se hacía más compleja, y diversos grupos se
hacían cargo de procesos clave, a través de los cuales filtraban y
preseleccionaban las opciones que serían elegibles por los individuos.
En nuestro análisis hemos
empleado un nivel de abstracción considerable, pero estoy convencido de que más
de una vez habréis pensado que lo allí narrado estaba relacionado con hechos muy
terrenales, con el día a día en el trabajo, y en nuestra relación con los
demás, y con aquello que los medios nos dicen que es noticia.
Mientras escribía esos artículos
leí en El País que “Tres
menores asesinan a un australiano en Oklahoma porque estaban aburridos”. El vídeo que acompaña a
la noticia es enormemente significativo, por esa apelación vacía del
representante público a una “comunidad” inexistente, atomizada y disgregada por
las fuerzas del mercado. Inmediatamente intuí que la noticia tenía mucha
relación con la sociedad actual, cuyas tendencias principales emanan, y son
perceptibles de forma más nítida en EEUU. No pensé mucho en la cuestión, pero
poco tiempo después leía esto:
Para ser efectiva, la incitación al consumo y a consumir más debe difundirse en todas direcciones y dirigirse indiscriminadamente a cualquiera que pueda oírla. Pero hay más gente capaz de escuchar que gente capaz de responder a ese mensaje seductor de la manera esperada. […] También aprenden que poseer y consumir ciertos objetos y vivir de determinada manera son requisitos necesarios para ser felices; y como “ser feliz” se ha transformado –cumpliendo tardíamente la premonición de Samuel Butler- en la marca de la decencia humana y el único título merecedor de respeto, tiende a convertirse también en condición necesaria de la dignidad y la autoestima humanas. “Estar aburrido”, además de hacernos sentir incómodos, se transforma en un estigma vergonzante, signo de negligencia o de derrota que puede hundirnos en un estado de depresión aguda así como conducirnos a una agresividad socio y psicopática. Citando la reciente observación de Richard Sennett, “en cuanto al comportamiento antisocial, creo que representa un verdadero problema para los pobres”, especialmente quizá para “los adolescentes pobres que están en la zona gris que separa la legalidad de la ilegalidad”. “Esa zona gris” tiene mucho que ver “con cosas como el aburrimiento, tener algo que hacer, algo a lo que pertenecer”. [1]
