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martes, 9 de septiembre de 2014

La utopía de la inclusión: 2. La solución



En la primera parte de este artículo realizamos una breve descripción de uno de los problemas centrales de nuestra sociedad: el problema de la inclusión. En nuestra sociedad no existe el derecho a participar en los costes y beneficios de la producción, quedando esta condicionada a la demanda de empresas y agentes, y de forma indirecta al crecimiento económico.

Es complicado polemizar una realidad tan sólidamente sedimentada en nuestros hábitos y en nuestro día a día, hasta el punto que pocos se atreverían a cuestionar lo que puede llegar a parecer el orden natural de las cosas. Nada más lejos de la realidad, tal y como mostramos, si bien el trabajo siempre acompañó al hombre en su relación con el medio natural y en la búsqueda de su sustento, la creación del mercado de trabajo es un suceso histórico, nada natural, más bien al contrario, el resultado de una gran coacción. Otras sociedades, en el pasado, institucionalizaron el derecho a la inclusión, tradicionalmente a través de los bienes comunes, y lo hicieron porque es tanto racional como sostenible.

El problema no es sólo todo el sufrimiento que provoca la exclusión, imposibilitando la satisfacción de necesidades humanas básicas, sino que la solución indirecta a este problema, a través del crecimiento económico, se ha convertido en un móvil en sí mismo. De esta forma, problemas ficticios como producir más bienes en un mundo con abundancia de bienes, se convierten en centrales, por sus consecuencias sobre el bienestar de las personas. Es así como entramos en una lógica perversa, según la cual no se pueden resolver los problemas reales, como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, o el agotamiento de materias primas, puesto que están condicionados por problemas ficticios. El problema no se puede resolver, puesto que está mal planteado, necesitamos replantear el problema. Es preciso entender que la economía está para servir al ser humano y no el ser humano para servir a la economía.

miércoles, 5 de febrero de 2014

En busca de la igualdad, junto a Zygmunt Bauman



Ayer pasó por Madrid Zygmunt Bauman, para participar en la conferencia-debate que con el título “Economía y sociedad en un mundo líquido”, era en realidad una excusa para hablar de su último libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”. El tema, tanto del debate como del libro era, por supuesto, la desigualdad, cuestión que algunos quieren trivializar y reducir a una cuestión de envidia, cuando en realidad, como veremos, es una cuestión transversal, cuyo resultado es a su vez causa y consecuencia de múltiples factores del interactuar social, que conceptualizamos como justicia, felicidad, república, democracia, etc.

En lo que sigue haré una descripción de la conferencia escribiendo sobre fondo gris, y mis reflexiones al margen las escribiré sobre el fondo blanco habitual. Evidentemente, mi descripción de la charla no puede ser sino subjetiva, pero creo que la distinción puede resultar útil.

La conferencia se desarrolló en la fundación Rafael del Pino, lugar dedicado a promover las virtudes del emprendimiento y el libre mercado, y por tanto con escasa predisposición a limitar la riqueza de los ricos, o a prestar atención a reproches por cuestiones tan triviales como la desigualdad, que no necesariamente guardan relación con el crecimiento del PIB.

Es por eso que los interlocutores de Bauman (la fundación utilizó a dos, uno para hacer la introducción de los conferenciantes y otro para dar la réplica al sociólogo polaco) tendieron en todo momento a intentar desactivar su discurso, o a encauzarlo hacia lugares donde sería inocuo para el sistema. Utilizaron tres estrategias:

- Relativizar la desigualdad: “La desigualdad no es miseria, y debemos considerar que en los últimos años 1.000 millones de personas han abandonado la pobreza extrema a nivel global”.
- Reducirlo a una cuestión técnica económica: “Podemos primar la eficiencia de los mercados, y por lo tanto el crecimiento, o la equidad”.
- Plantear la cuestión no como un reproche de la sociedad al sistema económico (que podría llevarnos por caminos no deseados y peligrosos –marxismo (sic)-, sutilmente insinuados por el contendiente del profesor Bauman), sino como un reproche del sistema económico a la política. “La desigualdad no es un fruto natural del sistema económico, sino una consecuencia de la existencia de oligarquías que se benefician de privilegios políticos. Por consiguiente, la sociedad civil debe velar de forma especial por el buen desarrollo del proceso político”.