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martes, 23 de julio de 2019

El paradigma sociocultural, una metodología de intervención social

1. Empoderar para trascender paradigmas
Transcender paradigmas es ir más allá de las suposiciones iniciales. Es entrar en el espacio donde los valores, modelos mentales y prioridades cambian.
Donella Meadows, autora de Limits to growth

En un reciente artículo describí la extrañeza que me produjo la visita de la exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos” y que se pudo ver hasta febrero de este año en Madrid, y que en breve podrá visitarse en Nueva York. La extrañeza proviene de estar contemplando con mis propios ojos la puesta en práctica de una forma de pensar que llevábamos tiempo analizando en el podcast Ampliando el Debate, con la ayuda pensadores/divulgadores como David de H-E-F, Rugi Carles o un servidor y generalmente tomando como referencia una serie de autores que incluyen a Lewis Munford, Thomas Kuhn, Theodor Adorno, Max Horkheimer, Jean-François Lyotard, Michel Foucault y un largo etcétera. De forma poco rigurosa vamos a etiquetar a esta serie de autores como postmodernos. La extrañeza sobre todo proviene de qué esta forma de pensar que pude ver plasmada en la exposición, estas ideas, siguen siendo comunes hoy en día, pese a la narrativa contraria ampliamente aceptada de rechazo al holocausto judío. En consecuencia, desde mi punto de vista, estaba contemplando una especie de extraño juego de engaño/alienación social donde se niega de forma explícita lo que se afirma de forma implícita.

Deconstruyendo Auschwitz: las raíces de nuestro afán destructivo, recibió entusiastas alabanzas y críticas furibundas, algo que es normal, porque se trataba de un tentativa apresurada y provocativa de generar una “tormenta de ideas” en torno al paradigma sociocultural moderno, es decir, el paradigma sociocultural en el que vivimos actualmente, y que desplazó al anterior paradigma medieval allá por el siglo XV-XVI, y que, de forma también poca rigurosa, identificamos alcanza una formulación explícita acabada en los voceros de la Ilustración, esa que siguen defendiendo todavía hoy, de forma también poco rigurosa, los voceros del neoliberalismo.

Al hablar de paradigma sociocultural estamos tomando prestado, en un contexto mucho más amplio, el término acuñado por Thomas Kuhn en sus famosas obras La revolución copernicana y La estructura de las revoluciones científicas. Recordemos brevemente lo esencial de los planteamientos del físico norteamericano.

A la concepción del desarrollo de la ciencia de forma lineal, mediante pequeñas aportaciones que van suponiendo un avance, Kuhn opone su concepción de los paradigmas, que evolucionan a través de revoluciones científicas. En concreto, existiría un periodo de ciencia normal durante el cual se van resolviendo enigmas que deja abierto el paradigma, al que seguiría una revolución científica, en el que se plantean nuevos paradigmas para resolver las anomalías, o enigmas persistentes, que se han ido acumulando en el periodo de ciencia normal. El paradigma, define el campo de investigación, los conceptos fundamentales, los modelos teóricos y la metodología utilizada, y requiere la aceptación de la comunidad científica pertinente. Situarse en paradigmas distintos implica que se tienen distintos problemas que resolver, e incluso una concepción distinta de la disciplina científica en la que se trabaja, además de diferencias conceptuales ligadas a diferencias en el lenguaje teórico.


 Así pues, podemos ver el paradigma como un conjunto de proposiciones que guían la investigación, y dentro del cual deben encajar, en el sentido de que deben ser compatibles con él, los resultados y teorías científicas que se van desarrollando. Es interesante señalar que los paradigmas son inconmensurables, no se puede evaluar con una medida común. Pasar de un paradigma a otro implica un cambio global de la percepción y de la producción de significado, lo cual excede ampliamente la lógica. Kuhn documentó este proceso para el paso de la física ptolemaica a la newtoniana.

Es interesante esta característica de la inconmensurabilidad. Un diálogo entre científicos que se sitúan en paradigmas distintos se convierte en un diálogo de sordos, como si hablasen lenguajes diferentes. El paradigma se sitúa más allá de la lógica, podemos imaginarlo como una serie de narrativas que delimitan lo que puede ser pensado y cómo puede ser pensado, en un nivel similar a los axiomas, proposiciones que se aceptan sin demostración previa dado su carácter “evidente”, a partir de las cuales se pueden realizar deducciones, siguiendo las reglas del lenguaje utilizado.

Podemos postular por tanto que estas meta-narrativas no sólo delimitan lo que puede ser pensado y cómo, dentro de una disciplina académica, sino también en un nivel más amplio, el de la cultura de una civilización. Constituirían por tanto, un conjunto de supuestos que orientan el pensamiento y la acción. Es importante tener en cuenta el significado preciso de la palabra “orientan”, en el paradigma sociocultural moderno caben tanto el capitalismo como los socialismos del siglo XX, por tanto no tenemos que pensar en una relación directa de tipo causa-efecto, sino en un marco dentro del cual caben varias cosas. En los párrafos siguientes trataré de definir un poco más como se relaciona el paradigma con una cultura y una sociedad determinada.

Una perspectiva que nos permite clarificar el concepto de paradigma sociocultural es la del biólogo Humberto Maturana, en su libro Fenomenología del Conocer (1983). Para Maturana, que explora los condicionantes biológicos del conocimiento, este se construye socialmente, a través de las distinciones realizadas por el observador. Nos encontramos otra vez con la metáfora del mapa y el territorio, que ya explicó mi compañero Jesús Martín. Como observadores no manejamos mapas de la misma escala que el territorio, porque serían inútiles. Por el contrario, realizamos distinciones, creamos categorías que nos parecen relevantes, las definimos de forma precisa por medio del lenguaje, las medimos, si ello es posible. En el proceso desechamos todo lo que creemos no es relevante, las infinitas distinciones en base a otras categorías que potencialmente podríamos explorar.

Maturana establece un símil entre el punto ciego de nuestra visión, situado en el nervio óptico, y que es “rellenado” por el cerebro, y nuestra percepción de los fenómenos culturales, que también adolece de importantes “puntos ciegos”: los supuestos básicos sobre el ser humano y el mundo de nuestra tradición cultural, que no tenemos delante constantemente, sino que constituyen la base de otras distinciones y percepciones. Hace falta un esfuerzo de reflexión para abstraerse y poder ver lo obvio que tenemos delante.

El paradigma sociocultural estaría formado entonces por meta-narrativas que son implícitas, y que a duras penas es posible visibilizar, solo se harían visibles con un gran esfuerzo, cuando se comparan con otros paradigmas (por ejemplo el paradigma moderno frente al medieval, o una cultura indígena tradicional) o en periodos de crisis. El siglo XX, con la caída en desgracia de la ideología liberal tras la I guerra mundial, el surgimiento del fascismo, el genocidio judío, el socialismo de la Unión Soviética y países afines y el descubrimiento de la bomba atómica y lo que ello significó para el ser humano, habría hecho entrar en crisis el paradigma moderno, y generado todo un pensamiento crítico con él, que de forma coloquial podemos denominar postmoderno, si bien este término tiene ya una connotación peyorativa para los defensores de la modernidad, que lo asocian con “relativismo” o con una espiritualidad vacía o “new age”.

Un término quizás más apropiado podría ser el acuñado por Dussel de transmoderno, ya que no estamos hablando de algo que es posterior a lo moderno (post) o sólo en un sentido cronológico, sino que se sitúa “más allá” (trans), dado que hablaríamos de paradigmas inconmensurables a priori, cuya única posibilidad de mostrar su mayor idoneidad sería demostrar en su puesta en práctica real su fecundidad para la vida. Por otro lado, la división de la historia en la edad antigua, media y moderna, como defendió en su momento por ejemplo Sorokin, es un tanto maniquea y eurocéntrica, por lo que quizás lo que habría desechar es el término “moderno”, y hablar con mayor propiedad, por ejemplo, de paradigma “europeo-cartesiano” o “mecánico cartesiano”, o cualquier mezcla de los adjetivos que mejor pensamos podrían describirlo: cartesiano, newtoniano, mecánico, dualista, eurocéntrico, extractivo, reduccionista, etc. Si así fuese, el paradigma emergente alternativo ya no tendría que denominarse ni postmoderno ni transmoderno, lo cual sería bueno ya que el término “moderno” sigue evocando algo positivo para la mayoría de la población. Salir del marco conceptual de la modernidad puede ser tan necesario como salir del dualismo capitalismo-socialismo que impide pensar la realidad con categorías y distinciones relevantes para la emancipación.

Dejando a un lado estas importantísimas consideraciones semánticas, es interesante ver como la crisis del paradigma moderno que se precipita por los sucesos acaecidos en el siglo XX, y la consiguiente y todavía incipiente pérdida de fe de los intelectuales en el paradigma vigente, guarda un paralelismo significativo con la descripción que hace Kuhn del proceso científico y sus periodos de ciencia normal y crisis paradigmática. Todo ello nos permite ir visualizando el paradigma sociocultural como un concepto que promete ser fecundo como distinción esencial que manejar en los cambios sociales profundos y de calado.

Siguiendo desde una perspectiva constructivista, inherente al enfoque paradigmático, Peter Berger y Thomas Luckman en La construcción social de la realidad (2001) ofrecen otra conceptualización, similar a la de Maturana, que puede ser útil para entender el paradigma sociocultural, la sedimentación, aquello que se retiene como conocimiento de la experiencia total de la sociedad, y que no necesita ser continuamente reconstruido. Existen diferentes niveles de sedimentación, y mientras las comunicaciones cotidianas de los individuos utilizan el conocimiento más superficial, este tiene lugar sobre un inmenso depósito que no se nombra ni aparece en el diálogo. Podríamos postular que el paradigma sociocultural se encontraría en el nivel más profundo, y desde allí condiciona al resto, en el sentido de que el conocimiento sedimentado en niveles más superficiales debe ser coherente con él.

Como vemos, hay distintos trabajos en el ámbito de la historia, biología, la epistemología o la sociología que ofrecen sustento al concepto de paradigma sociocultural. Evidentemente, por su propia naturaleza, dado que es una creación humana que evoluciona en el tiempo, al igual que otros fenómenos sociales, no podemos aspirar a definirlo y demostrarlo al estilo de las leyes de la gravitación universal. La única prueba relevante a la que debemos aspirar, a mi juicio, es que sea útil. En particular, sostengo que este concepto tiene una potencia explicativa muy superior a otras explicaciones parciales de la sociedad y de nuestros problemas, en particular aquellas que se derivan de entender nuestras acciones como determinadas por las leyes del capitalismo. Para probarlo, intentaré dar cuenta desde esta óptica de fenómenos de extraordinaria relevancia (como la crisis de la ciencia o la nueva espiritualidad), difícilmente explicables con otras categorías analíticas.

La relevancia para el cambio social de este concepto es evidente, una vez establecido el paradigma sociocultural, o tanteado más bien, debate que intentaré abrir en estas páginas en breve, se trata de realizar una doble labor, desprestigiar los supuestos en los que se basa el paradigma a sustituir, y poner en marcha prácticas sociales bajo otros supuestos paradigmáticos, que alcancen la máxima difusión posible. En definitiva, nos permite dotarnos de herramientas útiles para la intervención social.

Una distinción, que conviene hacer siguiendo a Sorokin, es aquella entre cultura y sociedad. En una sociedad pueden convivir varias culturas, como pudo pasar, por ejemplo, con la convivencia en España entre judíos, musulmanes y cristianos. También hay que señalar que en un sistema cultural se pueden integrar creaciones culturales ajenas, por ejemplo, en la actualidad tenemos toda la información para reproducir una cultura budista, incluso hay gente que practica parte de sus preceptos, incluso todos, pero nuestra cultura no es budista, ni parece posible que lo sea sin grandes trastornos. Una cosa es disponer de esa información, y otra que se reproduzca masivamente en los comportamientos. Ello implica que en el seno de una determinada cultura se pueden desarrollar sin problema prácticas contraculturales. Sin embargo, las culturas tienden a aceptar y reproducir lo que es similar y rechazar lo que es distinto. Así, por ejemplo, disponemos de la información necesaria para llevar a cabo una ciencia posnormal, y de hecho hay investigadores que la realizan, pero en general de forma muy mayoritaria tendemos a reproducir una ciencia normal, que no nos vale para resolver los problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad, los problemas de sostenibilidad.

Desde el punto de vista del cambio social, una estrategia que parece tendría sentido, es identificar el paradigma sociocultural, lo cual está sujeto a numerosas incertidumbres, y realizar propuestas y tratar de llevarlas masivamente al ámbito del comportamiento. Dadas las enormes incertidumbres que se van acumulando, primero en la identificación del paradigma, posteriormente en el planteamiento de prácticas contraculturales que puedan ser llevadas a la práctica de forma masiva en el ámbito del comportamiento, procede actuar con una estrategia de retroalimentación rápida, es decir, evaluar cuanto antes el resultado de las acciones lanzadas y corregir el rumbo rápidamente en función del resultado, o incluso de desviación positiva, buscar donde se está dando ya el cambio y reproducirlo. Para un desarrollo un poco más amplio de estas ideas podéis leer este artículo.


En artículos posteriores empezaré el debate sobre la identificación del paradigma sociocultural vigente, y también lo haré, y lo he hecho como pronto os contaré, en algunos talleres presenciales y mesas redondas a los que me han invitado a participar por distintos lugares de nuestro país. El artículo reseñado al principio de este artículo fue un primer esbozo apresurado de este paradigma con el fin de estimular el debate y las ideas entre los lectores. Espero que algunos de vosotros quieran acompañarnos en este viaje, muy necesario, y que estamos apenas comenzando.



Fuente principal del artículo

Veinticinco años en pos de un nuevo paradigma sociocultural. Lecciones aprendidas. Cecilia Dockendorff

Fuente secundaria

Las filosofías sociales de nuestra época de crisis. Pitirim A. Sorokin
Análisis de Thomas S. Kuhn. Las revoluciones científicas. Wenceslao J. González


miércoles, 4 de octubre de 2017

Cambiar el sistema

Queremos cambiar el mundo, o más bien encauzarlo, porque el mundo nunca deja de cambiar, pero para ello no basta con tener claro el objetivo, una meta, hay que entender el proceso de cambio, de forma que nuestras acciones sean las más eficaces para alcanzar ese objetivo, o al menos sean coherentes con él.



Fiedrich Engels dijo ante la tumba de Karl Marx que este había descubierto “las leyes de la Historia”. El manifiesto comunista, obra conjunta de ambos autores es una oda a la burguesía y su poder de trasformación de las relaciones de producción. Para Marx y Engels el desarrollo de las fuerzas productivas había conducido a cambios inexorables:

Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio, sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, toda la organización feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaban en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas y se rompieron.

Y así continuaría siendo en el futuro, cuando de la misma forma, el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, que implica necesariamente la creación de una clase proletaria, creará las condiciones que harán que la burguesía tenga que ser eliminada, suprimida, superada. El proletariado se convertirá en clase dominante y esto supondrá la abolición de las relaciones de clase.

El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

La pretensión de Engels y Marx de descubrir las leyes de la Historia es claramente ilustrada, considerar al hombre, aislado o en sociedad, un objeto de estudio científico cuyo comportamiento puede quedar definido por leyes universales como las del movimiento de los astros. Afortunadamente esto no es posible, ya que existe el libre albedrío y el ser humano no puede conocer el futuro, a pesar de ello la coletilla del “desarrollo de las fuerzas productivas” que supuestamente conduciría a la abolición de las clases sociales, quedó firmemente incrustada en el imaginario de los progresistas de izquierdas, espoleando nuestra fe en la solución a todos los problemas a través del crecimiento y de la tecnología.

Ello no quiere decir que no podamos conocer nada sobre cómo se produce el cambio social. Una idea es mirar hacia el pasado, ya que aunque los procesos de cambio del pasado no son una guía para los del futuro, si podemos extraer de ellos algunas lecciones que nos pueden ser útiles. Paul Mason en su libro Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro esboza una explicación causal del cambio del feudalismo a la modernidad, que él denomina capitalismo.

El modelo feudal de agricultura chocó en primera instancia con los límites medioambientales y, a continuación, con un colosal impacto externo: la peste negra. Tras esta, tuvo que soportar una conmoción de índole demográfica: quedaron demasiados pocos brazos para trabajar la tierra, lo que aumentó los sueldos de los supervivientes e hizo inviable el cumplimiento en la práctica del viejo sistema feudal de obligaciones. La escasez de mano de obra también convirtió en necesaria la innovación tecnológica. Las nuevas tecnologías sobre las que se sustentó la ascensión del capitalismo mercantil fueron precisamente las que estimularon el comercio (la imprenta y la contabilidad), la creación de riqueza comercializable (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (la minería, la brújula y la navegación rápida) y la productividad (las matemáticas y el método científico).
Presente a lo largo de todo ese proceso estuvo algo que parecía secundario en el viejo sistema, pero que estaría destinado a convertirse en la base del nuevo: me refiero al dinero y al crédito. Muchas leyes y costumbres estaban anteriormente erigidas, de hecho, en torno a la idea de ignorar el dinero; en el momento de apogeo del feudalismo, el crédito era considerado pecaminoso incluso. Así que, cuando el dinero y el crédito desbordaron los límites que les imponía ese sistema y crearon uno propio de mercado, hubo una sensación de revolución. El nuevo sistema cobró entonces nuevos bríos gracias al descubrimiento de una fuente virtualmente ilimitada de riqueza "gratuita" llamada América.
La combinación de todos esos factores hizo que todo un grupo de personas que habían sido objeto de persecución o marginación durante el feudalismo -humanistas, científicos, artesanos, hombres de leyes, predicadores radicales... y hasta dramaturgos bohemios como Shakespeare- se situaron a la cabeza de la transformación social. Y en ciertos momentos clave (aunque solo tímidamente al principio), el Estado varió su actitud y dejó de obstaculizar el cambio para favorecerlo.

La explicación es interesante porque nos permite captar como los cambios tecnológicos (imprenta, navegación) se entrelazan con los sociales (perfeccionamiento del crédito entre desconocidos) y con los shocks externos (peste negra, descubrimiento de América) para llevar al sistema a un auténtico punto de inflexión (tipping point) en el que el cambio se desarrolla a gran velocidad (sin olvidar que alcanzar ese “tipping point” fue cuestión de varios siglos de cambio gradual). Concuerda a la perfección con la visión de Hegel, que ya citamos en un artículo:

Así, el espíritu que se forma madura lentamente y en silencio hasta su nueva figura, desintegra pedazo a pedazo el edificio del mundo que lo precede; la conmoción del mundo la indican tan sólo síntomas esporádicos; la frivolidad y el aburrimiento que invaden lo que todavía subsiste, el presentimiento vago de algo desconocido, son los signos que anuncian algo distinto que está en marcha. Este resquebrajamiento continuo que no alteraba la fisonomía del conjunto se ve bruscamente interrumpido por la salida del sol que, en un relámpago, dibuja de una vez la forma del nuevo mundo.

Sin embargo, si por un lado puede aclarar nuestra visión en otro aspecto la oscurece, dado que la descripción está muy anclada en otro concepto que en origen fue marxista pero que en la actualidad goza de aceptación universal, lo que se conoce como “modo de producción”. Según el propio Marx en su Contribución a la crítica de la Economía Política

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, es decir, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social es el que determina su conciencia.

Esta visión mecánica y determinista de la sociedad (muy en la línea de los descubrimientos de Newton para el movimiento de los astros) y por tanto del cambio social, presenta varios defectos. Por un lado el énfasis en las relaciones de producción nos hace perder de vista el resto del sistema, como si los aspectos culturales no tuviesen importancia. A pesar de ello los marxistas sí realizaron una importante labor de prédica, explicando a los trabajadores como eran explotados, en contradicción con los postulados del propio Marx de que la conciencia del hombre está determinada por factores externos y por tanto es irrelevante. Sin embargo, el movimiento obrero terminó disolviéndose a causa de la educación universal, que hacia finales de la década de los años sesenta había conseguido que los hijos de las clases proletarias accediesen a la educación universitaria, y por tanto, tendido un puente que disolvía de forma aparentemente definitiva las diferencias de clase, o las suavizaba. Los neoliberales entendieron mucho mejor que los marxistas cómo funciona el cambio social, y conceptos clave como el deseo mimético, y lanzaron un ataque que en poco tiempo condujo a una auténtica revolución, condenando al marxismo a convertirse, en la práctica, en una molesta pieza de museo. Molesta puesto que sus fétidos restos todavía tienen el poder de capturar los imaginarios de una inmensa mayoría de la población, que vería con agrado un cambio, pero que siente pavor ante el mundo de “instituciones públicas fuertes”, es decir, burocratización racional kafkiana, que les prometen los neomarxistas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Última llamada: una respuesta y una breve reflexión sobre la cooperación

Hace dos días desde la asociación Autonomía y Bienvivir publicamos un texto colaborativo en el conocido blog de Antonio Turiel The Oil Crash. Dado que en la actualidad tres cuartas partes de los lectores de La Proa del Argo no se cuentan entre los peakoilers, creo que tiene sentido publicarlo aquí también, pasado un plazo suficiente para dejar a Antonio la primicia, dado que nos ofrece la mejor tribuna a la que podemos acceder (también estuvimos en la radio, pero eso es otra historia).

El texto es una respuesta al manifiesto Última llamada. Es por tanto una enmienda a la totalidad del sistema socio-económico actual, y a los graves problemas de nuestra civilización, un sistema que nos obliga a crecer en grave detrimento del capital natural, de los stocks que nos proporcionan los servicios para la subsistencia y el disfrute de la vida. El texto deja a un lado en gran medida la descripción de los problemas para centrarse en las soluciones, si alguien quiere entrar en más detalle en la problemática puede consultar en este mismo blog las entradas Por qué #nodebemos #__pagamos y siguientes, El pensamiento económico de Frederick Soddy, De la mirada del broker a la del astronauta, La insostenibilidad de los sistemas de precios y La utopía de la inclusión: 1. El problema.

Es también el momento de hacer una breve reflexión sobre la andadura de la asociación y la cooperación. Lo poco que hayamos podido conseguir es fruto de la cooperación estrecha, codo con codo, con otras trece personas. Es indudable el valor de la cooperación, lo que la exigua fuerza de una persona es incapaz de lograr, puede lograrse con la ayuda mutua. Sin embargo, según Polanyi, la sociedad de mercado debe funcionar con ausencia de cooperación consciente. La misma conclusión parece extraerse de las observaciones del gran sociólogo Pierre Bourdieu, retomando el texto que comentábamos en Para la Libertad... (Excurso): La utopía de las cero opciones:

En nombre de este programa científico de conocimiento, convertido en programa político de acción, se cumple un inmenso trabajo político (denegado, porque en apariencia es puramente negativo), que busca crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”: un programa de destrucción sistemática de los colectivos.
El movimiento se posibilita a través de la política de desregulación financiera, en marcha hacia la utopía liberal de un mercado puro y perfecto; se lleva a cabo a través de la acción transformadora y, hay que decirlo, destructora de toda medida política que pretende cuestionar todas las estructuras colectivas que puedan obstaculizar la lógica del mercado puro. Entre ellas se encuentran: a) la nación cuyo margen de maniobra no cesa de recortar; b) los grupos de trabajo que afecta a través, por ejemplo, de la individualización de los salarios y las carreras en función de las competencias individuales y la atomización de los trabajadores que ello desencadena; c) los colectivos de defensa de los trabajadores, los sindicatos, las asociaciones, las cooperativas: d) la familia misma, la que pierde una parte de su control sobre el consumo a través de la constitución de mercados por rangos de edad.

Mi impresión es que sin necesidad de fuerzas coactivas, que sin duda existen, la cooperación es frágil. Varias personas han rehusado participar en esta empresa apasionante por matices nimios. A ello se une el sabor de boca que me deja la recepción del artículo, que ha sido entusiasta por parte Antonio Turiel, calificándolo en su Facebook como “posiblemente uno de los post más importantes que se hayan publicado en el blog”, frente a la recepción de sus lectores habituales, de los que hemos obtenido pocas palabras de aliento, al menos hasta el momento. No tengo una explicación cabal para este fenómeno, quizás, especulando, al hacerse nuestra sociedad más compleja los itinerarios educativos y afectivos de los individuos se hacen cada vez más divergentes. La individualización se hace extrema, y un arroyuelo de discrepancia se convierte en un abismo insalvable.

Dijo Mancur Olson, en su obra La lógica de la acción colectiva que el simple hecho de buscar un objetivo común entre varias personas hará que la mayoría de ellas no se esfuercen, al no poder ser excluidas de los beneficios comunes. Está lógica se rompe cuando disfrutamos con la cooperación, cuando el trabajo por el objetivo común se convierte en un placer, en una forma de ocio que nos proporciona sentido, y cuando disfrutamos aprendiendo de los compañeros de viaje. Satisfacemos de esta forma varias necesidades humanas: participación, identidad, entendimiento, ocio, creación.

No hay alternativas a la cooperación, pero gracias a Dios el viaje promete ser apasionante. Les dejo ahora con nuestro

 Programa para una Gran Transformación


 

martes, 9 de septiembre de 2014

La utopía de la inclusión: 2. La solución



En la primera parte de este artículo realizamos una breve descripción de uno de los problemas centrales de nuestra sociedad: el problema de la inclusión. En nuestra sociedad no existe el derecho a participar en los costes y beneficios de la producción, quedando esta condicionada a la demanda de empresas y agentes, y de forma indirecta al crecimiento económico.

Es complicado polemizar una realidad tan sólidamente sedimentada en nuestros hábitos y en nuestro día a día, hasta el punto que pocos se atreverían a cuestionar lo que puede llegar a parecer el orden natural de las cosas. Nada más lejos de la realidad, tal y como mostramos, si bien el trabajo siempre acompañó al hombre en su relación con el medio natural y en la búsqueda de su sustento, la creación del mercado de trabajo es un suceso histórico, nada natural, más bien al contrario, el resultado de una gran coacción. Otras sociedades, en el pasado, institucionalizaron el derecho a la inclusión, tradicionalmente a través de los bienes comunes, y lo hicieron porque es tanto racional como sostenible.

El problema no es sólo todo el sufrimiento que provoca la exclusión, imposibilitando la satisfacción de necesidades humanas básicas, sino que la solución indirecta a este problema, a través del crecimiento económico, se ha convertido en un móvil en sí mismo. De esta forma, problemas ficticios como producir más bienes en un mundo con abundancia de bienes, se convierten en centrales, por sus consecuencias sobre el bienestar de las personas. Es así como entramos en una lógica perversa, según la cual no se pueden resolver los problemas reales, como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, o el agotamiento de materias primas, puesto que están condicionados por problemas ficticios. El problema no se puede resolver, puesto que está mal planteado, necesitamos replantear el problema. Es preciso entender que la economía está para servir al ser humano y no el ser humano para servir a la economía.

lunes, 28 de octubre de 2013

Para la libertad… (Epílogo): El futuro de la libertad


¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡Os maldigo!
<<George Taylor>> Personaje protagonista de “El planeta de los simios” (1968)

Queridos lectores,

El futuro no está escrito, vamos encontrando situaciones y vamos eligiendo, y ese elegir va creando el futuro. Así pensamos en cuanto a nuestra vida individual, dentro del estrecho marco en el que se nos concede capacidad de elección, entre nuestra limitada agenda de opciones, y nuestra limitada capacidad para imaginar otras opciones.

Una elección ineludible para cada uno de nosotros es encontrar un lugar dentro del mercado de trabajo, un lugar donde no podemos elegir los recursos destinados a la producción, ni la tecnología empleada, ni el objetivo último de dicha producción, ni nuestra autonomía en el puesto de trabajo, ni la cantidad producida, ni las horas dedicadas a la misma. Todo ello es decidido por un orden racional aparentemente impersonal, pero distintas preguntas a lo largo de la historia han cuestionado ese orden, primero fue ¿por qué no puedo trabajar a mi manera?, luego ¿por qué mi participación en la plusvalía en tan pequeña?, y en la actualidad ¿para qué producir tanto? La respuesta de nuestra sociedad a estas preguntas ha sido siempre la misma: el orden panóptico de Jeremy Bentham

Si un hombre no quiere trabajar, nada tiene que hacer, de la mañana a la noche, salvo comer su pan malo y beber su agua, sin un alma con quien hablar… Ese estímulo es necesario para que haga todo lo posible, y no es necesario nada más que eso. [1]