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martes, 28 de abril de 2015

¿Es la economía una ciencia? El lamentable ejemplo de Politikon y el modelo piramidal de los recursos.


En ocasiones hemos señalado la extraordinaria simpleza de las conclusiones de algunos economistas, como los que establecen que Roma colapsó a causa del socialismo. También hemos señalado lo falso de alguno de sus cimientos conceptuales, como la conocida fábula sobre el origen del dinero a partir del trueque, que con tanto fervor defendió aquí Juan Ramón Rallo, y que se encuentra en la base de falacias como “la propensión natural del hombre al intercambio” de Adam Smith, o en la consideración del dinero como una mercancía, uno de los virus más perniciosos que pueden infectar la mente humana.

Por fortuna no estamos solos en esta crítica, la tolerancia social hacia los economistas es cada vez menor, y en la actualidad se pueden leer artículos como La fraudulenta superioridad de los economistas en medios del mainstream como el diario El País. Pero los austriacos, a los que hacíamos en el pasado blanco de nuestras críticas, son la parte “folclórica” de esta historia. Su relevancia es más política que académica, desplazando hacia el extremo el centro de gravedad del sentido común de la sociedad. Troleándolos nos podemos echar unas risas, pero no cambiaremos el mundo, así que ya es hora de dar un paso más en la dirección correcta y comenzar a denunciar las mismas prácticas de los austriacos en los neoclásicos, precisamente la escuela o paradigma dominante. Dominante a través de métodos que no es ni mucho menos exagerado definir como contrarios al debate científico, pero ese es otro problema que trataremos más adelante.

Para los neoclásicos, el pensamiento y los modelos más avanzados sobre explotación de recursos naturales son, como no podía ser de otra manera, los suyos. Recientemente tuvimos una ocasión única de comprobar los fundamentos de estos modelos, gracias a la contestación al manifiesto Última Llamada realizada desde la web Politikon. La contestación se basa en dos argumentos habituales de la economía neoclásica, el modelo funcional o piramidal de los recursos y la sustitución entre capital natural y el hecho por el hombre, merced al progreso tecnológico y a las señales que emiten los precios. Nos ocuparemos aquí del primero de los argumentos, y espero hablar del segundo en un futuro, ya que ambos son muy discutibles.

¿Qué es lo que plantea el modelo funcional de los recursos? De forma simplificada, que la explotación de los recursos se realiza siguiendo un orden, extrayéndose primero los de mejor calidad, y que además la abundancia relativa también sigue un orden, siendo los recursos de mejor calidad escasos, y los de peor calidad muy abundantes. Este efecto crea una paradoja, según estos “expertos” de la economía: cuantos más recursos gastamos, más tenemos, aunque puede ser a costa de un mayor precio. En palabras de Juan de Ortega (pseudónimo usado por la gente de Politikon cuando no quieren firmar con su nombre).

Es cierto que las vetas más rarificadas necesiten una cantidad “exponencial de energía” para su extracción (Philips and Edwards, “Metal Prices as a Function of Ore Grade”, Resources Policy, 1976) pero las cantidades alcanzables en cada nivel de rarificación también crecen exponencialmente. La consecuencia económica es que para una tecnología constante, cada punto de incremento porcentual del precio de un mineral tiene un impacto multiplicativo sobre la cantidad obtenible a ese precio. No es el milagro de los panes y los peces: aquí al final la cantidad hay que pagarla.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Última llamada: una respuesta y una breve reflexión sobre la cooperación

Hace dos días desde la asociación Autonomía y Bienvivir publicamos un texto colaborativo en el conocido blog de Antonio Turiel The Oil Crash. Dado que en la actualidad tres cuartas partes de los lectores de La Proa del Argo no se cuentan entre los peakoilers, creo que tiene sentido publicarlo aquí también, pasado un plazo suficiente para dejar a Antonio la primicia, dado que nos ofrece la mejor tribuna a la que podemos acceder (también estuvimos en la radio, pero eso es otra historia).

El texto es una respuesta al manifiesto Última llamada. Es por tanto una enmienda a la totalidad del sistema socio-económico actual, y a los graves problemas de nuestra civilización, un sistema que nos obliga a crecer en grave detrimento del capital natural, de los stocks que nos proporcionan los servicios para la subsistencia y el disfrute de la vida. El texto deja a un lado en gran medida la descripción de los problemas para centrarse en las soluciones, si alguien quiere entrar en más detalle en la problemática puede consultar en este mismo blog las entradas Por qué #nodebemos #__pagamos y siguientes, El pensamiento económico de Frederick Soddy, De la mirada del broker a la del astronauta, La insostenibilidad de los sistemas de precios y La utopía de la inclusión: 1. El problema.

Es también el momento de hacer una breve reflexión sobre la andadura de la asociación y la cooperación. Lo poco que hayamos podido conseguir es fruto de la cooperación estrecha, codo con codo, con otras trece personas. Es indudable el valor de la cooperación, lo que la exigua fuerza de una persona es incapaz de lograr, puede lograrse con la ayuda mutua. Sin embargo, según Polanyi, la sociedad de mercado debe funcionar con ausencia de cooperación consciente. La misma conclusión parece extraerse de las observaciones del gran sociólogo Pierre Bourdieu, retomando el texto que comentábamos en Para la Libertad... (Excurso): La utopía de las cero opciones:

En nombre de este programa científico de conocimiento, convertido en programa político de acción, se cumple un inmenso trabajo político (denegado, porque en apariencia es puramente negativo), que busca crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”: un programa de destrucción sistemática de los colectivos.
El movimiento se posibilita a través de la política de desregulación financiera, en marcha hacia la utopía liberal de un mercado puro y perfecto; se lleva a cabo a través de la acción transformadora y, hay que decirlo, destructora de toda medida política que pretende cuestionar todas las estructuras colectivas que puedan obstaculizar la lógica del mercado puro. Entre ellas se encuentran: a) la nación cuyo margen de maniobra no cesa de recortar; b) los grupos de trabajo que afecta a través, por ejemplo, de la individualización de los salarios y las carreras en función de las competencias individuales y la atomización de los trabajadores que ello desencadena; c) los colectivos de defensa de los trabajadores, los sindicatos, las asociaciones, las cooperativas: d) la familia misma, la que pierde una parte de su control sobre el consumo a través de la constitución de mercados por rangos de edad.

Mi impresión es que sin necesidad de fuerzas coactivas, que sin duda existen, la cooperación es frágil. Varias personas han rehusado participar en esta empresa apasionante por matices nimios. A ello se une el sabor de boca que me deja la recepción del artículo, que ha sido entusiasta por parte Antonio Turiel, calificándolo en su Facebook como “posiblemente uno de los post más importantes que se hayan publicado en el blog”, frente a la recepción de sus lectores habituales, de los que hemos obtenido pocas palabras de aliento, al menos hasta el momento. No tengo una explicación cabal para este fenómeno, quizás, especulando, al hacerse nuestra sociedad más compleja los itinerarios educativos y afectivos de los individuos se hacen cada vez más divergentes. La individualización se hace extrema, y un arroyuelo de discrepancia se convierte en un abismo insalvable.

Dijo Mancur Olson, en su obra La lógica de la acción colectiva que el simple hecho de buscar un objetivo común entre varias personas hará que la mayoría de ellas no se esfuercen, al no poder ser excluidas de los beneficios comunes. Está lógica se rompe cuando disfrutamos con la cooperación, cuando el trabajo por el objetivo común se convierte en un placer, en una forma de ocio que nos proporciona sentido, y cuando disfrutamos aprendiendo de los compañeros de viaje. Satisfacemos de esta forma varias necesidades humanas: participación, identidad, entendimiento, ocio, creación.

No hay alternativas a la cooperación, pero gracias a Dios el viaje promete ser apasionante. Les dejo ahora con nuestro

 Programa para una Gran Transformación


 

lunes, 26 de mayo de 2014

La insostenibilidad de los sistemas de precios


Tras debatir con algún panglossiano sobre los sistemas de precios, me aparto un poco de la línea que tenía trazada para realizar un breve artículo sobre esta cuestión, que es tan sólo un corolario de la exposición realizada en De la mirada del broker a la del astronauta: causas profundas de nuestra crisis económica, pero corolario que creo puede tener cierto interés, dada la enorme confusión que existe al respecto.

Incluso aquellos que son críticos con la idea del crecimiento ilimitado, asumen que un sistema de precios puede contribuir de forma significativa a la sostenibilidad. Asumen por tanto el argumento de los economistas, que fue expresado de la siguiente forma por Paul Samuelson:

La omisión fundamental en los modelos de Meadows y Forrester es la escasa atención que en ellos se presta al efecto de la escasez sobre el precio y el uso. En el mundo real, cuando los recursos comienzan a escasear y los cuellos de botella del aprovisionamiento comienzan a lentificar las tasas de crecimiento, como ocurre en la simulación de Forrester, los precios concretos suben.

Lo primero que se podría alegar ante esto es ¿y qué? ¿Qué implica que suba el precio? Lo que está implícito en este razonamiento es que la señal de la subida del precio nos da los incentivos adecuados para encontrar una solución. Los economistas se creen esto a pies juntillas, y sin embargo, como es obvio, aun teniendo los incentivos adecuados podemos ser incapaces de encontrar las soluciones adecuadas, el futuro no está escrito, y nadie nos garantiza encontrar soluciones a todos los problemas, y mucho menos en el plazo que a nosotros nos resulta conveniente, entre otras cosas porque puede haber problemas sin solución. Esto se suele obviar y se echa una manta metafísica sobre la cuestión, al final la idea de progreso funciona de forma similar a la idea de Dios.