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jueves, 6 de marzo de 2014

Dinero libre y sostenible, la solución a los desahucios y a la deuda pública


En este artículo vamos a analizar cómo haríamos la transición desde nuestro sistema monetario de dinero crédito bancario (como ya sabemos la mayor parte del dinero que usamos está en forma de depósitos en cuentas bancarias, que son creados mediante préstamos bancarios) a un sistema de dinero públicamente emitido libre de deuda. Comprobaremos que esta reforma sencilla, técnicamente estudiada, que se podría realizar con tan sólo unos pocos cambios legales, nos ofrece además una serie de ventajas secundarias que nos pueden ser muy útiles en estos momentos. Ventajas de enorme calado, con ganancias en cuanto al bienestar y la equidad, pero cuya importancia superior sea tal vez a nivel moral, pues restablece un principio de justicia, de dar a cada uno lo suyo, evitando lo que tantas veces en la historia de nuestra sociedad se ha intentado definir de formas diversas, como “el ingreso no ganado” de Henry George, o “los falsos derechos” de Maurice Allais, o directamente “la usura” de Stephen Zarlenga.

Recordemos las medidas que habría que tomar, tal y como eran definidas por Frederick Soddy

La emisión y retirada de dinero deben ser potestad de la nación, realizarse en función del interés general, y debe cesar por completo de proporcionar beneficios a las corporaciones privadas. El dinero no debe devengar intereses a causa de su existencia, tan solo cuando es realmente prestado por su legítimo dueño, que lo da al prestatario.
Una parte muy importante de la deuda nacional debe ser cancelada y la misma suma de dinero Nacional emitido para reemplazar el crédito creado por los Bancos.
Los bancos deben ser obligados a mantener reservas de 'Moneda Nacional' dólar por dólar por cada dólar depositado en ellos, a excepción de los depósitos que están genuinamente 'invertidos', y no estén disponibles para ser utilizados como dinero.

domingo, 23 de febrero de 2014

Crecimiento, la idea que dividió al planeta


Dedicado a los panglossianos de todos los partidos


Un cisma, una herida más profunda que la que infligiera Martin Lutero en el Renacimiento, se abrió hace ya más de 40 años, en la década de los 70, en el seno de la “ostentosa” civilización occidental.

Los elevados niveles de contaminación propiciados por el desarrollismo industrial de las tres décadas anteriores, la llamada Edad Dorada del Capitalismo, durante la cual se alcanzaron las tasas de crecimiento del PIB global más altas de la historia, hicieron sonar la voz de alarma, y a petición del gobierno sueco, las naciones unidas convocaron la primera conferencia internacional sobre el medio ambiente “humano”.


Tan sólo un año después, la cuestión de la contaminación era desplazada por la de los recursos no-renovables, cuando estalló la primera crisis del petróleo. Si bien es cierto que la crisis fue consecuencia de decisiones políticas (la decisión de los productores de cesar la exportación a varios países, incluidos EEUU y sus aliados), puso de relieve la vulnerabilidad del sistema económico a la escasez de ciertas materias primas, así como el declive inevitable en la producción de los campos petrolíferos, como los de los Estados Unidos de América.


Declive que había sido previsto con anterioridad por el geólogo Marion King Hubbert, lo cual era si cabe más inquietante.

Esos hechos, propiciaron el inicio del que será, o incluso ya es, el mayor debate intelectual en la historia de la humanidad. Debate que empequeñece y deja en pañales aquel entre católicos y protestantes, o el de capitalismo contra socialismo: mercado vs. estado.

A un lado se situaron aquellos que pensaban que los problemas se podían resolver uno por uno, según fuesen surgiendo, y que no era necesario realizar cambios profundos en las instituciones que regían nuestros modos de vida. A falta de deslumbrantes argumentos, estos prestidigitadores de la razón tenían su inmenso poder como principal punto de apoyo. El estatus quo económico y político, el poder corporativo y los gobiernos de todo el mundo, han apoyado sin reservas, con hechos, palabras y abundantes fondos, a los contendientes de este lado. La economía neoclásica, convertida, según el historiador Eric Hobsbawm, en la nueva religión, es el principal exponente de esta facción de la academia.

Lo curioso es que hemos hecho a una ciencia social, y por tanto humana, la brújula que guía nuestros destinos. Una ciencia humana que abstrae el proceso económico del resto de lo que constituye lo humano: su psique, sus relaciones sociales, su entorno natural. No sólo eso, sino que entra en contradicción flagrante con el resto de ciencias que estudian lo humano, la psicología, la biología, la sociología, la antropología, la ecología, y asume esa contradicción con impasibilidad. El símil mecánico, “la mecánica de la utilidad y el interés propio” de la que hablara Stanley Jevons, permitió introducir matemáticas avanzadas en la teoría económica. La matemática, en vez de utilizarse para construir modelos a partir de los hechos, se utilizó para construir modelos que suplantasen a los hechos, una manta metafísica sobre la realidad.

Conviene tener siempre presente las palabras de Edgar Morin al respecto de este burdo mecanicismo:

La economía, que es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia social humanamente más retrasada, pues ha abstraído las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y ecológicas inseparables de las actividades económicas… Quizá la incompetencia económica haya pasado a ser el problema social más importante

lunes, 20 de enero de 2014

Dinero vs Energía: El pensamiento económico de Frederick Soddy


Casi siempre los hombres que logran estos inventos fundamentales de un nuevo paradigma han sido muy jóvenes o muy nuevos en el campo cuyo paradigma cambian.
Thomas S. Kuhn La estructura de las revoluciones científicas (1962)


¿Es posible que el mayor legado de un premio Nobel haya permanecido por largo tiempo en el olvido? Tal parece ser el caso de Frederick Soddy, cuyo pensamiento económico está siendo recuperado por defensores de su reforma monetaria como Stephen Zarlenga, y por economistas ecológicos como Herman Daly.

Cuando Soddy comenzó a interesarse por la economía era ya premio Nobel de química, por su contribución al estudio de los fenómenos radioactivos y la demostración de que existían átomos con las mismas propiedades químicas y distintos pesos moleculares, que denominaron isótopos. El trauma de la I guerra mundial le hizo plantearse el sentido de su actividad investigadora ¿Para qué descubrir las leyes de la naturaleza si estas serían empleadas en el diseño y creación de máquinas de guerra destinadas a la destrucción?

¿Qué clase de mundo alcanzaríamos si la energía atómica alguna vez llegase a estar disponible […] Si el descubrimiento se realizara mañana, no hay una nación que no se lanzase en cuerpo y alma a la tarea de aplicarlo a la guerra, tal y como lo están haciendo ahora en el caso de las recientemente desarrolladas armas químicas de gas venenoso. […] Si [la energía atómica] llegara bajo las condiciones económicas existentes, significaría la reducción al absurdo de la civilización científica, una aniquilación rápida en lugar de un colapso no muy persistente. [1]

lunes, 4 de marzo de 2013

Por qué #nodebemos, #__pagamos (conclusión)





Fraude operacional frente a fraude estructural

Los problemas de financiación de la deuda pública española, a pesar de que no tenían demasiada relación con el nivel presente y futuro de esta, fueron la justificación para una serie de medidas de carácter impopular, que por ejemplo pretendían adjudicar la gestión de ciertos servicios a empresas privadas ineficientes, que obtendrían un beneficio básicamente de reducir salarios a los trabajadores. De esta forma el dinero se distribuye de forma cada vez más desigual, profundizando el proceso insostenible de acumulación exponencial de poder y recursos en un número cada vez más reducido de individuos.

El pueblo entiende de forma instintiva que esta acumulación extraordinaria, realizada de forma fácil y rápida, como por arte de magia, es síntoma de una enfermedad profunda y larvada, pero incontables recursos y esfuerzos se dedican día tras día a elaborar oscuras teorías sobre la naturaleza humana, el sistema socioeconómico, el dinero o la sostenibilidad de los ecosistemas y del planeta, para justificar esa obscena realidad.

En ese contexto rebrota el concepto de “deuda ilegítima”, que sería aquella deuda contraída contra los intereses de la población de un país y con el completo conocimiento del acreedor. La legitimidad es algo más que la legalidad, sin embargo, creo que el concepto sugiere un fraude operacional, lo que entendemos como “corrupción”, más que un fraude estructural: un sistema y una ley corrupta, sancionada por la costumbre.

Cualquier consideración sobre la deuda debe realizarse teniendo en cuenta el dinero y el sistema monetario. Un cambio en las características del dinero puede cambiar por completo la relación entre deudores y acreedores, tal y como vimos con las reformas de Solón en la Grecia clásica. Zarlenga nos ofrece un ejemplo más cercano, en la colonia inglesa que llegaría a ser los Estados Unidos de Norteamérica: